Depardieu y Houellebecq orquestan entre algas y barro sus autoparodias en «Thalassos»
CULTURA
«El Fiscal, la Presidenta y el espía», documental que devuelve a la actualidad el asesinato o suicidio del fiscal Nisman y la posible implicación de Cristina Fernández de Kirchner
25 sep 2019 . Actualizado a las 08:40 h.Michel Houellebecq ya ha probado su capacidad para orquestar en torno a su persona y su singularidad pública como polemista algunas experiencias cinematográficas no desdeñables. En El secuestro de Michel Houellebecq fantaseaba con su rapto a manos de una familia de robaperas. Thalassos tiene algo de secuela de aquella. Pero más que nada, al menos en lo realmente sustancioso, supone el encuentro de dos de los egos más grandilocuentes de lo que podríamos llamar como una Francia insumisa en clave de sol reaccionario. Nadie ha hecho más por poner en cuestión los valores republicanos de su país que el escritor, obsesionado en coquetear con discursos xenófobos o con posiciones en torno al sexo que desbordan los marcos de lo políticamente correcto. Y que el actor colosal y su supuesta nacionalización como ciudadano ruso para evadir impuestos. A Depardieu el deterioro físico y las amistades peligrosas lo han convertido en un outsider millonario, el mejor amigo de Putin, el ninot aún imponente en su desmesura. En Thalassos, uno y otro funcionan bien como dueto cómico muy autoconsciente. El marco de una clínica de desintoxicación es perfecto para que, en batín o remojados en algas y barro, desarrollen su barroquismo delirante, fumen y vacíen botellas de vino (Houllebecq se dice harto del tinto francés y recomienda Ribera del Duero o argentino Malbec) a escondidas de los enfermeros o metiéndoles billetes de 50 euros bajo manga servidos por las manazas como de mafioso de Depardieu. Solo Guillaume Nicloux, que es amigo de ambos y se ha especializado en mantenerlos activos como actores o algo así, podría tener la capacidad de armonizar este vodevil narcisista ma non troppo sin que uno -o ambos- se le escapen del plató para ir a dedicarse a sus vicios privados o ya casi semipúblicos. En realidad, digamos que la esperada provocación que se podría esperar de esta entente de bárbaros dionisíacos está muy rebajada porque los dos se mueven siempre en el humor autorreferencial y en una parodia de sí mismos que hace relativamente inofensivas sus boutades. Houellebecq sigue desarrollando su teoría de la conspiración, según la cual François Hollande, siendo presidente de la República, habría querido asesinarlo para evitar que el escritor se presentase y ganase las presidenciales. «Me ha querido asesnar como hicieron con Coluche», afirma Houllebecq en una de las más desopilantes ocurrencias del filme, que remiten a aquel cómico que compitió con Mitterrand en las elecciones de 1981 y que falleció en un accidente de tráfico en el cual el humor conspiranoico anunció el magnicidio del payaso.
Depardieu y Houllebecq ofician en Thalassos como payasos de las letras y de la escena. Y sus gansadas -el relato de la lista de las divas del cine francés o de los actores norteamericanos con los que tuvo sexo uno; la adoracion del escritor por Louis de Funes y por un Sly Stallone que surge como fantasma en la última playa- resultan divertidas durante un buen rato. Luego ya se agotan en sí mismas, se van volviendo plúmbeas. Y agradeces que la bacanal de los clowns no exceda la hora y media de ver y escuchar quién la cuenta más grande.
Los cadáveres en el armario de Cristina Fernández de Kirchner
En el 2015, en plena agonía de su larga década de mandatos, el clan Kirchner vio cómo su desmoronamiento se aceleraba tras la muerte violenta del fiscal Nisman, justamente el día antes de que presentase en tribunales su denuncia de implicación de la -a la sazón- presidenta argentina Cristina Fernández en el ocultamiento y protección de los terroristas proiraníes que hicieron volar en 1994 el edificio de la AMIA en Buenos Aires. Nunca se pudo probar si Alberto Nisman se suicidó -poco probable algo así el día antes de presentar un caso de acusación en el cual llevaba trabajando 15 años- o si fue ejecutado por el poder acorralado. El Fiscal, la Presidente y el espía rescata, en un trabajo documental de 6 horas, ese caso. Y nos devuelve a la atmósfera del probable terrorismo de estado, de las sentinas o las cloacas donde se pergeñan crímenes convenientes para la perpetuación o el salvamento de los gobernantes. Es una obra formidable cuyo estreno mundial aquí funcionará como detonación en el hemisferio austral porque en Argentina van a decidir en estos días si -como apuntan todos los signos- Cristina retorna a los mandos de la patria, ahora como vice. Aunque Kirchner nunca será subalterna de nadie. No tengo certeza de que alguna plataforma en España haya comprado este material de interés político mayúsculo. Así lo espero. Me imagino que si llega a la Argentina del otoño porteño será como vídeo pirata.
Oliver Laxe eclipsa a la sección oficial
En la competición por la Concha de Oro -que en esta edición casi funesta se está poniendo a precio de baratija- sufrimos un filme canadiense titulado Llueven pájaros, de Louise Archambault. Sucede en una zona del Canadá que en el pasado sufrió los llamados Grandes Incendios, aunque en la pantalla no brille ni un rescoldo de interés en un dramita de personajes de edad muy avanzada que viven, follan o mueren, pero siempre de modo muy ridículo y estomagante. Te lleva a acordarte con nostalgia hasta de Cocoon, aquella peliculita ochentera y gerontofílica de Ron Howard. Una sola imagen de aquellos venerables Don Ameche o Jessica Tandy valen por estas más de dos horas de espanto canadiense, otro en la suma ya abundante del concurso.
La brasileña Pacificado se ambienta en el estado de excepción que se aplicó a las favelas de Rio de Janeiro durante la celebración de sus juegos olímpicos. Y en el vacío de poder que dejó esta tierra quemada antes de que los bosses del crimen barrial recuperasen su status quo de poder. Pero no hay en ella -ni en el drama del capo expresidiario que trata de rehacer su vida, a lo Carlito’s Way pero en encefalograma dramático plano- ni un ápice de autenticidad. Es una incursión nada menos que de la Fox en el macrocosmos favela. Y por eso la fotografía es tan limpia, los ambientes tan alcanforados, las soluciones argumentales tan torpes y trilladas. La dirige Paxton Winters, uno de esos mercenarios del audiovisual que vale igual para un drama turco que para un reparto de fierro, pizzas y sangre en la Rozinha de Río.
Tanta maldad que encauza este año la sección oficial lleva a que -más que nunca- la atención y los comentarios generales se deriven hacia secciones como la de Perlas, destinada a grandes hits de otros festivales. Y allí refulgió ayer O que arde, con el sold out de las entradas para la excelente película de Óliver Laxe, que llegará a las salas comerciales ya mismo.