La excelente película francesa «El ángulo muerto» aborda la idea del hombre invisible a partir de un guion de Emmanuelle Carrère
05 oct 2019 . Actualizado a las 09:52 h.Conocimos a Andie McDowell en 1989. En realidad fue una eclosión no solo de ella, que solo había sido hasta entonces la novia de Tarzán, sino de todo el equipo de aquella joya en bruto llamada Sexo, mentiras y cintas de vídeo, que consagró a Steven Soderbergh en Cannes y en el mundo. Pero, así como Soderbergh sigue muy vivo, asestando más machetadas que Maceo en Peralejo, del triángulo de actores que daba carne a aquel debut refulgente solo James Spader se mantiene a flote, gracias a la serie The Blacklist. Andie McDowell enriqueció algunas de las más celebradas comedias de los 90 (Matrimonio de conveniencia, Atrapado en el tiempo, Cuatro bodas y un funeral) se fue desvaneciendo hasta el punto de que -en este mismo año- nos acordásemos de ella por la aparición efervescente de su hija, Margaret Qualley, que es Pussy, la chica Manson a la que Brad Pitt recoge en autostop en Érase una vez en Hollywood.
Por esto reconforta la reaparición de McDowell en la pantalla -aquí en Sitges- en una comedia muy negra, Ready or Not (Noche de bodas) que viene a ser como una relectura del Déjame salir de Jordan Peele, solo que ahora el personaje amenazado por un ritual de secta, por una cacería humana, no lo es por cuestión racial sino de clase: Samara Weaving -actriz poderosa que aquí descubrimos- es la novia working class de un aristócrata. Y la ceremonia de boda trae consigo, como rigodón, el sometimiento a una tradición familiar: la prometida debe ser asesinada antes del amanecer para que no perezca el clan plutócrata.
La dupla de directores, Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillet le ponen ganas a un guion que firma el golden boy de la narrativa televisiva más brillante, oscura y gótica, Ryan Murphy. Y el filme -sin llegar ni de lejos a los niveles de Déjame salir, de la cual no deja de ser una sátira de brocha no fina-, se maneja bien como opereta macabra en la cual Samara Weaving es desde el comienzo, novia a la fuga, desde muy pronto novia ensangrentada. Y en su lucha por ser ella la que vista de luto -y no esa familia siniestra que la quiere finiquitar- aguanta muy bien el grandguiñol de golpes de gore en los cuales Andie McDowell es la suegra de Weaving. Y su faz y su piel -que han sido negocio de casas de cosméticos- terminan deformados por las cruentas batallas este festín de violencia inofensiva al servicio de la causa de la risa con hemoglobina, tan celebrada en este festival.
El poder de desaparecer
La francesa El ángulo muerto, tambien con dirección colectiva, de Patrick Mario Bernard y Pierre Trividic, se inspira en una idea original de Emmanuelle Carrére: una historia que entronca con el fantastique no desde una perspectiva del cine de género, sino a partir de una posibilidad fantasmática, el poder de algunos elegidos para desaparecer de la visibilidad de los demás a su antojo, en un proceso de ida y retorno de ese espacio sin límites. La película -mucho más allá de las situaciones previsibles en una cinta de hombre invisible- explora territorios en los que nunca pensó el clásico de James Whale. Propone una reflexión sobre la alteridad, sobre la ceguera, el voyeurismo sentimental, el deseo y la soledad, encarnados en el protagonista, Jean Christope Folly, que vive su poder no como un horizonte de expectativas sino como una onerosa carga. Y en ese punto, El ángulo muerto, desarrolla momentos de poética del desarraigo y del desamor muy bellos, en los que Folly se ve acompañado por Isabelle Carré y la iraní y mesmerizante Golsifteh Farahani.
Un subgénero
La danesa Suicide Tourist tiene como leit-motiv uno de los recurrentes argumentos de la tradición nórdica: el del suicidio. Igual que en Hong-Kong se generó el soja-western de artes marciales, daneses noruegos y suecos hallan en el drama del ser humano quitándose la propia vida un subgénero en sí mismo, un filón. Lo que ocurre es que estos dramas que se enorgullecen a la hora de abordar la eutanasia ante una enfermedad letal o un vacío en la existencia están más cerca de la frialdad de la manufactura que de la huella de Bergman. Suicide Tourist es celuloide vacuo, no deshonesto pero si totalmente prescindible. Se supone que está aquí porque lo acompaña Nikolaj Coster-Waldau, el Jaime Lannister de Juego de tronos. Y, como tal, fue ovacionado y salió poco menos que en hombros, por más que en la pantalla nos anuncie que se ha ido en viaje sin retorno con la parca.