Richard Ford y los momentos cruciales de las vidas corrientes

El sello Anagrama publica en castellano en primicia mundial el último libro del escritor estadounidense, el volumen de cuentos «Lamento lo ocurrido»

El narrador Richard Ford, hace unos días, en Barcelona, donde habló de su último libro, el volumen de cuentos «Lamento lo ocurrido»
El narrador Richard Ford, hace unos días, en Barcelona, donde habló de su último libro, el volumen de cuentos «Lamento lo ocurrido»

Redacción / La Voz

En el epílogo del libro Entre ellos -que reúne sendos textos que dedicó a la memoria de su padre y de su madre-, recordaba Richard Ford las razones de su admiración por un poema de Auden (Musée des Beaux Arts) en cuanto que muestra «su profundo conocimiento del hecho de que a menudo los momentos más importantes de la vida apenas los perciben los demás, si es que llegan a percibirlos». El poema, dice, ofrece una conclusión «escarchada de pathos e ironía» como una especie de verdad vital perdurable que podría resumirse así: «El mundo, a menudo, no nos presta atención». Ford explica que «tal entendimiento» supuso «un impulso crucial» para la mayor parte de lo que ha escrito en los últimos 50 años. «La mía -incide- ha sido una vida de percatarme de las cosas, de hacer de testigo».

Esta reflexión, motivada por su viaje al pasado en busca de los retratos de sus padres, sirve, sin embargo, perfectamente para enfocar en buena medida el alma de su (gran) literatura. No es casual que con esta perspectiva, acrecentada con la edad, sea uno de los defensores mayores de la obra de Chéjov, de quien elaboró una de las mejores antologías que se hayan publicado: Cuentos imprescindibles. Precisamente en el prólogo que escribió para este libro hablaba de la «aparente sencillez» y «engañosa accesibilidad» de los relatos del genio ruso, y de ahí tiraba la conclusión de que no se leían igual siendo un niño, un adulto o un anciano: no podrían sentirse concernidos «por las mismas inquietudes, por las mismas verdades, con independencia de qué profundas o intensas sean».

Podría bien Richard Ford (Jackson, Misisipi, 1944) estar hablando de sus propias inquietudes o preocupaciones como narrador o como persona, las mismas que han forjado, de modo intransferible, la personalidad de su preciosa prosa. Prosigue el autor afirmando que la obra de Chéjov tiende a ser más provechosa y espléndida cuando dirige su atención «hacia sentimientos maduros, hacia complicadas reacciones humanas y casi imperceptibles alternativas morales en dilemas mayores cualquier parte de las cuales, si las encontráramos en nuestra compleja y precipitada vida con los demás, pasaría inadvertida incluso a la observación más sutil».

Hijos de Chéjov

Ford es uno de los hijos aventajados de Chéjov en EE.UU., junto a figuras como Cheever, Carver, Yates, Hempel... No en vano, armó otro muy hermoso libro (casi imprescindible) en la Antología del cuento norteamericano que refrenda esa filiación, aunque abre el espectro con generosidad.

Viene todo esto a cuento de la nueva publicación de Richard Ford, Lamento lo ocurrido, una reunión de cuentos inéditos que Anagrama llevó este miércoles a las librerías. Es más, ha aparecido en castellano en primicia mundial como una suerte de agasajo del autor al editor (y amigo) Jorge Herralde en un festejo más del 50.º aniversario del sello barcelonés -en su país no se podrá leer en inglés hasta marzo-. Aunque el mejor agasajo sería que la Academia Sueca confirmara el final de su eterna candidatura al Nobel de Literatura y le otorgase el premio, de justicia incuestionable. A lo mejor toca este año -el veredicto se prevé en apenas unos días y se esperan dos agraciados, para compensar el vacío del 2018 debido al escándalo interno que vivió la venerable institución, abusos sexuales y nepotismo incluidos-. 

En un cierto sentido, no sería descabellado describir la literatura de Ford como la de un Carver pasado por el cedazo sureño, entendible si se piensa que, pese a nacer en Misisipi, vive en la atlántica y fría Maine. Él mismo da una pista en el epílogo de Lamento lo ocurrido, en donde celebra esos dos polos al rendir tributo a la amistad y la inspiración de Eudora Welty y de James Salter, que bien pueden representar esa dualidad estilística y geográfica, entre la prodigalidad de su paisana de Jackson y la austeridad neoyorquina del autor de En solitario.

Irlandeses

En Lamento lo ocurrido elabora diez historias que comparten la raíz irlandesa, en tanto que pivotan de alguna manera en torno a irlandeses instalados en EE.UU. (y a americanos en Irlanda). Ford pone en jugo sus propias raíces familiares irlandesas, aunque en ningún momento pretenda dejar sentada una guía de interpretación del ser irlandés. Después de todo el escritor entiende que en su país hay irlandeses por todas partes y ya se han fundido dentro de la cultura y la vida americanas.

Es más, podrían ser armenios o afroamericanos. Al final, de lo que trata Lamento lo ocurrido es de personas corrientes en momentos cruciales de su existencia, encrucijadas puntuales o encuentros derivados del puro azar. Ocurre un poco como en su anterior volumen de relatos, Francamente, Frank, salvo que aquí Ford no cuenta como guía con su querido Frank Bascombe -protagonista de la trilogía que conforman sus novelas El periodista deportivo, El Día de la Independencia y Acción de Gracias-. No es que su ausencia desmerezca la obra, pero el lector caerá en la tentación de echarlo de menos. De todos modos, el autor anunció hace unos días en Barcelona que prepara nuevas andanzas de Bascombe.

El escritor anunció hace unos días en Barcelona que prepara un libro con nuevas andanzas de su mítico personaje Frank Bascombe

El libro aborda los grandes temas de Ford, agravados -aunque sin perder ese fino y cálido humor- por la conciencia de haber cumplido los 75 años, lo que, él mismo admite, le hace pensar más en la muerte. Sus personajes viven trances de adulterio, separación, divorcio, enfermedad, vejez, fallecimiento, pero también se debaten en la amistad y el amor. Ford es especialista en describir esas leves fisuras inapreciables, aparentemente sin importancia, capaces de desencadenar una quiebra definitiva pero que, a veces, se quedan en nada. También es un maestro en traslucir esos jirones de felicidad serena que tiñen en ocasiones el impás de tristeza.

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