Bienvenida a la excelencia más cercana

«Año tras año, se rompe el campo de fuerza que presuntamente nos separa de las élites intelectuales, artísticas, deportivas o institucionales, y se produce esa transferencia de experiencias entre premiadas y premiados y la ciudadanía»

Uno de los actos celebrados en la pasada edición en Gijón: Sin azul no hay verde, con Sylvia Earle, en el IES Doña Jimena
Uno de los actos celebrados en la pasada edición en Gijón: Sin azul no hay verde, con Sylvia Earle, en el IES Doña Jimena

Redacción

La excelencia deslumbra por sí misma. Pero resulta aún más admirable cuando se percibe, además, el calor que puede llegar a transmitir con su cercanía. Durante sus casi 40 años de vida, los Premios Princesa de Asturias se han convertido en uno de los más impresionantes registros del talento de nuestra época, en cualquiera de sus disciplinas, actividades y manifestaciones. El repaso del palmarés, el catálogo apabullante de nombres y entidades que han desfilado por el escenario del teatro Campoamor para recibir sus galardones, sigue impresionándonos por mucho que lo conozcamos y que lo hayamos ido asociando, año tras año, a nuestra memoria de este tiempo, la personal y también la sentimental.

Pero impresiona aún más pensar que muchos de esos hombres y mujeres extraordinarios a los que unas veces ya admirábamos y otras se nos han revelado gracias a los Premios, han llegado a formado parte durante unos días de la realidad cotidiana de esta tierra; y que no solo compartieron con nosotros nuestro mismo paisaje cotidiano, nuestras mismas calles, nuestra gastronomía o nuestro patrimonio sino también sus conocimientos, sus puntos de vista, sus conversaciones y sus enseñanzas a partir de aquellas destrezas y talentos en los que destacan y cuyos méritos les trajeron hasta Asturias. En mi opinión, buena parte de la aceptación, vitalidad y arraigo de los Premios Princesa de Asturias reside en la intensidad de esa cercanía y en el acierto con el que, año tras año, se rompe el campo de fuerza que presuntamente nos separa de las élites intelectuales, artísticas, deportivas o institucionales, y se produce esa transferencia de experiencias entre premiadas y premiados y la ciudadanía.

Como docente, no puedo más que elogiar la eficiencia, el ingenio y la convicción con la que la Fundación Princesa de Asturias sigue apostando por ese empeño de enorme valor divulgativo y didáctico y por su afán de dar con vías seductoras e imaginativas para desplegar las actividades de la Semana de los Premios: un programa cada vez más intenso, cada vez más extendido a través de nuevas sedes y cada vez más esperado por el público asturiano como parte de un solo acontecimiento expandido que culmina en la brillante ceremonia del teatro Campoamor. Su solemnidad y peso institucional, que este año será aún mayor con la presencia de la Princesa de Asturias, siguen siendo el acto central del programa, no cabe duda. Pero ya no podría haber Premios sin Semana de los Premios.

Estoy convencida de que, como en el resto de localidades adonde llega su programa, en Gijón la aparición de los grandes expositores de acero cortén en las calles del centro de la ciudad, incluso antes de que aparezcan los retratos o las fotografías de las premiadas y premiados, se asocian con unos días muy especiales de octubre. Las gijonesas y gijoneses acogemos encantados un año más a los que visitarán la ciudad a lo largo de la Semana de los Premios, conforme a un programa en el que resuenan numerosas afinidades entre visitantes y anfitriones. Bajo el signo de la concordia, brindamos nuestra más cálida bienvenida a los representantes de Gdansk, la ciudad polaca con la que compartimos el carácter industrioso, reivindicativo, de urbe abierta y viva que alimentan nuestro común horizonte marino y una memoria reciente en la que están muy presentes los astilleros, la lucha obrera, la dignidad y la resistencia en tiempos de guerra o tiranía.

Saludamos también con gratitud y afecto a Siri Hustvedt, Premio Princesa de las Letras que traerá hasta el teatro Jovellanos sus muchos mundos. Lo que tenga que contarnos desde su peculiar posición entre lo literario y lo científico, entre la narración y el ensayo lo escucharemos con atención, pero también con la complicidad que encontrará su feminismo de fondo en esta ciudad de hondas convicciones feministas, que ha sido pionera y referencia en no pocas luchas por la plena igualdad de las mujeres. Bienvenido sea también Salman Khan y su exitoso empeño en convertir internet en un poderoso recurso para democratizar la enseñanza entre millones de niñas y niños; un empeño del mismo modo atendido y especialmente apreciado en esta ciudad que se sabe y se quiere educadora, y en la convicción de que la educación es el derecho que abre la puerta a todos los demás derechos.

Y finalmente, damos también nuestra más afectuosa bienvenida a las dos galardonadas con el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica, Joanne Chory y Sandra Myrna Díaz. Sus trabajos, que el jurado reconoció como «trascendentales» en el campo de la botánica para la lucha contra el cambio climático y la defensa de la biodiversidad, se dejarán oír con fuerza entre una ciudadanía muy concernida por la cuestión medioambiental y por la responsabilidad para darle respuesta, en el suelo local y en el ámbito global. Su visita al Botánico y a LABoral sintoniza con nuestra convicción en el papel básico de la educación, la divulgación y la investigación en la defensa de una forma de gestionar los recursos naturales de forma sostenible. Gracias a todas ellas y ellos por acudir hasta esta ciudad para compartir una parte de su saturada agenda asturiana,  y gracias también a la Fundación Princesa de Asturias por mantener la confianza y complicidad que permiten que la excelencia nos contagie un año más con toda su pasión y su poder para mejorarnos y mejorar el mundo.

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