Lev Tolstói, entre la filosofía, el aforismo y la predicación

Héctor J. Porto REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Retrato en color de Lev Tolstói en la propiedad de Yásnaia Poliana, realizado por Prokudin-Gorskii en mayo de 1908
Retrato en color de Lev Tolstói en la propiedad de Yásnaia Poliana, realizado por Prokudin-Gorskii en mayo de 1908

Traducida por Selma Ancira, el sello Acantilado rescata la obra última del gran autor ruso, «El camino de la vida», una pieza testamentaria inédita hasta ahora en castellano

05 nov 2019 . Actualizado a las 08:56 h.

Lev Tolstói (Yásnaia Poliana, 1828-Astápovo, 1910) era hombre de abarcarlo todo, no solo en su literatura, también en su vida, una persona apasionada, tormentosa, intensa, nunca de medias tintas, que a lo largo de sus procelosos días atravesó severas crisis de fe. Pasó por todas las fases, y en su última época se entregó a la filosofía, tras el secreto de una buena existencia, que además quería transmitir a los demás, al pueblo. Ese es, por ejemplo, el motor de El Evangelio abreviado, un proyecto que desnudaba las trampas de la religión y la Iglesia, que quería ahondar en el verdadero mensaje de Cristo, que consideraba socialmente útil. Despojaba así las escrituras de lo que consideraba tergiversación interesada y dogma.

Ese es en buena medida el Tolstói que el lector hallará en El camino de la vida, obra de publicación póstuma -apareció en 1911, unos meses después del fallecimiento del autor de Guerra y paz en la estación ferroviaria de Astápovo-, con carácter nítidamente testamentario, inédita en castellano y que ahora rescata Acantilado de la mano de Selma Ancira. Y nadie mejor que la traductora mexicana, quien conoce muy bien el universo del genial narrador ruso, del que, por cierto, preparó la monumental edición de su correspondencia y de sus diarios. Ancira advierte de que el libro es su «último trabajo de amplia envergadura y largo aliento» y que el propio autor lo consideraba la expresión más completa de su pensamiento religioso y moral.

«Lo que se debe hacer»

«Para que el hombre pueda llevar una vida de bien, es necesario que sepa lo que debe y lo que no debe hacer. Para saberlo, debe entender qué es él mismo y qué el mundo en el que vive». Con este indisimulado ánimo pedagógico inicia Tolstói el breve prolegómeno que abre El camino de la vida, una obra en la que pretende condensar el pensamiento de «los hombres más sabios y más buenos de todos los pueblos». Porque, a su entender -anticipándose de algún modo al mitólogo estadounidense Joseph Campbell-, más allá de sus procedencias, culturas y religiones, todos coinciden en lo esencial, también «en lo que a cada ser humano le dicen su razón y su conciencia».