«Aunque planteen cosas que a alguien no le gusten, no se pueden prohibir libros institucionalmente»

Javier García Rodríguez recopila en «Y el quererlo explicar es Babilonia» sus artículos publicados en la Voz de Asturias, cargados de ironía y lucidez en su explicación del presente

Javier García Rodríguez
Javier García Rodríguez

Redacción

Javier García Rodríguez (Valladolid, 1965) huye de la denominación «autor», tal vez con una modestia del que prefiere verse a sí mismo como un observador/intérprete periférico del tiempo que le ha tocado vivir. Este escritor y profesor titular de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Oviedo, director durante dos años de la Cátedra Leonard Cohen, recopila en «Y el quererlo explicar es Babilonia. Oviedades, 2014-2017» (Eolas ediciones) los artículos y columnas que publicó a lo largo de tres años, primero en Asturias 24 y luego en La Voz de Asturias. Divertidos, lúcidos, ácidos, punzantes, rabiosamente irónicos… muchos adjetivos pueden aplicarse a estas pequeñas ventanas al mundo desde el originalísimo punto de vista de su autor. Una visión, como él reconoce, a medio camino entre «la literatura y el sinsentido»

-¿Qué recuerda de aquellas «Oviedades»?

-Para mí fue un momento muy especial, porque yo comencé esporádicamente en los tiempos de Asturias 24 y luego ya en La Voz de Asturias. Las colaboraciones esporádicas se convirtieron en semanales y ya que nos comprometimos ambas partes en darle esa continuidad le pusimos esa etiqueta de «Oviedades», que tenía la gracia de mezclar algo muy nuestro y cercano, al mismo tiempo con la constante sorpresa que yo recibía con lo que pasaba en el mundo. Cosas que cuando se miraban con cierta distancia resultaban extravagantes, como somos todos nosotros.

-¿Se le quedó algún tema en el tintero?

-No. Cuando hablé con Juan Carlos Gea, entonces subdirector de La Voz de Asturias, me dio siempre total libertad. Escribí lo que quise y como quise, utilizando una forma que iba, en muchos casos, en contra de lo esperable en una columna periodística, incluso tipográficamente. Lo que concluimos es que yo lo que quería hacer era literatura y sinsentido. Que se confundiera lo íntimo y lo social; la información y la autobiografía; el homenaje privado y el dato erudito… la vida y la literatura. Me llamaba la atención un aspecto de la actualidad, pero al trabajar semanalmente ésta ya queda penalizada siete días después. Yo no quería renunciar al aspecto de la actualidad, pero me iba a otras cosas distintas. Quería reflexionar, pero también hacer literatura. De hecho hay bastantes de estos artículos que mezclan realidad y ficción con naturalidad y sin ningún problema.

-¿Cómo y cuándo surge la idea de compilar todos esos artículos en un libro?

-Hablando con la editorial de la posibilidad de publicar con ellos un libro de otra temática y acerca de cuestiones diferentes les dije que tenía esto y que podía tener en su conjunto un valor más allá de la mera actualidad, porque yo no escribía esas columnas con menor inquietud, atención o trabajo que cualquier otro de los libros que he publicado. No sé escribir mejor de lo que lo hacía en las «Oviedades». He hecho relatos, libros para jóvenes y adultos y yo no veía diferencia en la diligencia por mi parte a la hora de crearlas. Al editor le pareció que era una propuesta de interés, porque excede la actualidad.

-¿A qué se refiere ese «y quererlo explicar es Babilonia»?

-Yo terminé una de las «Oviedades» con esos tres versos. Es curioso, o no tanto, que es la columna que cierra el libro. Forma parte de un terceto de un muy oscuro erudito de Huesca del XVII que se llamaba Francisco José de Artiga. Lo que remite es a la idea de la Torre de Babel y que corresponde a esa necesidad de explicarnos las cosas y la absoluta dificultad de lograrlo, porque a veces es todo un sinsentido. Me parecía que esa imagen de la confusión de lenguas e ideas remitía muy bien a nuestra situación social, cultural y como civilización. El sinsentido no me molesta. No creo que sea un mal lugar en el que estar. Considero que es un buen punto a partir del que seguir avanzando.

-De hecho, Dalí decía que la confusión es la forma más perfecta de comunicación.

-Me parece que es así. En un libro puede haber cosas muy mezcladas y que se puede opinar respetuosamente. Que el colaborador, más allá de catequizar quiere elevar el lenguaje y poner al lector en la tesitura de pensar, desde los aspectos más superficiales a los más profundos. Yo vengo del estudio de la literatura y de la cultura, por lo que siempre hay elementos de ese tipo. Mis referentes son la literatura, el cine, la música y no tengo pudor en mezclar a Mazinger Z con Harold Bloom, si en ese momento me interesa, o a Enrique Morente y Arturo Fernández. Nada me es ajeno. También hay una importante cantidad de crítica social, pero sin renunciar a que eso tenga una calidad estética.

-Los artículos no solo exponen realidades, sino que también invitan a la reflexión.

-Es que estamos obligados, porque desde otros ámbitos nos han quitado esa capacidad de discernimiento. Los políticos impiden ese pensamiento. Hay una globalización de las ideas y todo lo que se sabe de ella se hace extraño y peligroso. Se hace necesario vivir en la periferia, mostrar lo que no está visible y eso se consigue con los temas que se tratan, pero también con las formas que uno aporta. No es distinto el contenido de la forma. Por eso hay «Oviedades» que están en verso, otras son relatos, otras listados… todo aquello que produzca un extrañamiento en el lector y le haga detenerse en lo que se le está planteando, para que no se lo trague como si fuera una píldora.

-¿Con qué criterio se estructuran los artículos en el libro?

-Con el único que me pareció que no los manipulaba, es decir, por orden alfabético del título. Eso, por otra parte, ha dado algunas sorpresas. Algunos críticos me han planteado que no parece casual que ese orden haya hecho, por ejemplo, que un artículo titulado «Aiguón tulif in América», que trata sobre los presidentes americanos, vaya seguido de uno titulado «Arick y Connie no votan a Trump». Hay algunas preciosas coincidencias, pero el orden es alfabético. A mí también me gustaba que el lector se encontrara con que un artículo hablaba del verano y al siguiente pudiera estar hablando de la Navidad, en lo que los estudiosos llaman el extrañamiento. Las columnas, como la poesía, tienen una lectura que va más allá de la pura narrativa. En las columnas quería que el lector sintiera que uno podía quedarse un rato a montar su campamento, a leer de arriba abajo y de derecha a izquierda.

-¿Cómo le propuso a Julián Hernández, de Siniestro Total, que prologara?

-Aparte de una excelente persona, Julián es un músico y un referente excepcional desde hace muchos años. Yo, que soy una persona de orden, profesor universitario y padre de familia, también nací en el 65, por lo que los 80 me pillaron de maravilla. Tenía 16 años cuando Siniestro Total empezaron a tocar y 20 cuando alcanzaron su máximo apogeo. Hay una especie de alma punky que queda en muchos, en mí también, que entronca mucho con la gente de orden. Julián vino a actuar y participar en una actividad en la Cátedra Leonard Cohen, cuando yo la dirigía, y establecimos una relación muy cordial y amistosa. El leía las «Oviedades» todas las semanas y hablaba de ellas en sus redes sociales y colaboraciones periodísticas. Hace tiempo, hablando de otras cosas, me dijo que si el libro salía alguna vez él tenía que hacer el prólogo. Muy amablemente lo hizo. Es un prólogo tan loco como las propias «Oviedades». El me decía que no sabía si iba a ser capaz, pero él ha escrito varios libros sobre el rock, una novela y colabora semanalmente con medios de comunicación, por lo que tiene callo y está muy leído. Le dije que hiciera lo que quisiera, porque para mí ya era muy gratificante que mi yo de veinte años se reencontrara con Siniestro Total tantos años después. Entonces él planteó este prólogo tan loco que juega un poco a destapar sin hacerlo del todo algunas cosas del libro, de manera muy poco académica y un poco punky.

-En «Libros que le prohibiré leer a mi hija de doce años» hace un repaso en clave irónica de obras maestras de la literatura universal que la corrección política y piel fina de la sociedad actual seguramente impediría publicar, ¿la libertad de expresión es hoy un lujo en el arte?

-Ese es uno de esos artículos que nació de la mismísima actualidad, como nació «Quadrophenia Lucense», sobre la violencia adolescente de esos chavales que quedan para pegarse a la puerta del instituto, o los insultos de los campos de fútbol. Yo no creo gran cosa en la corrección política desde un punto de vista teórico, lo que sí que pensé es que no se puede prohibir un libro porque diga cosas que molesten. En aquel caso era un libro de literatura juvenil de María Frisa, a quien yo no conocía de nada pero había leído en mi casa porque mi hija en ese momento tenía doce años. Más allá de que puedan plantear cosas que a alguien no le gusten, no se pueden prohibir libros institucionalmente. Entonces recordé qué libros podrían prohibirse con los criterios de ahora sin ningún problema, desde el «Lazarillo de Tormes» a «Lolita», «Cien años de soledad» o casi cualquier cosa. Eso es lo que más me preocupa. A mí no me parece que sea penalizable que alguien lance un insulto en un campo de fútbol en un cántico con una rima. Si eso se hace así la violencia queda muy reducida. Me parecen muchísimo más violentos los programas de televisión donde la gente explota a un niño que sale a llorar y a cantar o aquellos donde las vísceras se ponen por delante. Todo lo que se queda en el lenguaje no hace daño. ¿Que hay que medir? Sí, pero prohibir… una vez que se abre la puerta ya no hay cierre. En este aspecto hemos perdido muchísimo con respecto a hace treinta años.

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