Mujeres al «tran tran»: alpinismo y feminismo

El capítulo 10.º de la segunda de las dos partes de La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista, de Pablo Batalla Cueto


Lo que sigue es el capítulo 10.º de la segunda de las dos partes de La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista, de Pablo Batalla Cueto, en cuyos veinte capítulos se defiende un montañismo disidente del reloj, la velocidad y el consumo frente a las múltiples apropiaciones con que el capitalismo pervierte hoy la práctica del montañismo. Este episodio concreto versa, en primer lugar, sobre cómo el montañismo puede ser un espacio para la adquisición de una conciencia feminista al proporcionar a las mujeres que lo practican una conciencia viva de su fortaleza y de su capacidad y constituir de por sí una forma de rebeldía frente a la característica inmovilidad a que el patriarcado ha sometido históricamente a las mujeres. Trata también sobre de qué maneras impregna el machismo en la actualidad el mundo montañero, desde el acoso sexual que aseguran haber sufrido muchas escaladoras durante las expediciones hasta la presión que las mujeres reciben para que la maternidad las haga abandonar el alpinismo.

En el capítulo se hace referencia, como a algo conocido —pues el lector ya lo ha conocido en el primer capítulo de la segunda parte, titulado «Querer es poder» y que versa sobre tres pioneras femeninas decimonónicas del alpinismo— a sendas grandes alpinistas: Annie Smith-Peck y Henriette d’Angeville. D’Angeville (1794-1871) fue la primera mujer en escalar el Mont Blanc por sus propios medios (antes lo había hecho Marie Paradis, pero llevada a hombros por escaladores masculinos), y de ella se cuenta que garabateó en la nieve de la cumbre la frase «Querer es poder». Smith-Peck (1850-1935) fue una arqueóloga, aventurera y montañera estadounidense que coronó decenas de cumbres emblemáticas de todo el mundo y desató un pequeño escándalo al escalar el Cervino en pantalones. Sufragista también, ponía sus gestas alpinistas al servicio de la causa, sabedora del eco periodístico que alcanzaban: en una ocasión, por ejemplo, clavó una bandera con el lema «Vote for woman!» en la cumbre del cerro Coropuna, en Bolivia.

Parvaneh Kazemi empezó a escalar tarde: tenía ya treinta y cinco años cuando coronó su primera montaña: el Tochal, en los Elburz Medios, muy cerca de Teherán. Era por entonces —además de profesora de matemáticas— jugadora de bádminton, entrenadora y árbitro; pero odiaba —cuenta hoy— la tensión de la competición; «la pelea y el estrés para ganar». Al Tochal acudió aquel día de 2005 buscando, en un momento de especial agobio, una válvula de escape; «calma, algo de paz, silencio y relajación». Lo encontró efectivamente, y el Tochal, después, fue convirtiéndose para ella en un mudo psicoanalista al que acudía cada vez que necesitaba un respiro. Pronto, lo complementario devino principal; la válvula de escape, motor de la existencia. Kazemi descubrió que aquel, y no los que hasta entonces había practicado, era su deporte. Dejó el bádminton e inició una carrera que la convertiría, andados los años, en la primera mujer iraní en escalar el Muztagh Ata, el Manaslu, el Ama Dablam, el Lhotse, el Makalu y el Dhaulagiri y la primera del mundo en coronar el Everest y el Lhotse en una semana. Pero no trasladó la tensión competitiva que detestaba a esta nueva pasión: cuando hoy le preguntan cuál es su motivación para escalar, responde que, «en simples palabras, la belleza de la montaña. Un sentimiento especial cuando ves el amanecer en lo alto nunca te deja y te empuja a ir una y otra vez».

Mujer y escaladora no es un binomio fácil de anudar en Irán. La familia de Kazemi se opuso al principio a aquella nueva afición; y aunque terminó por superar ese obstáculo, siguió encontrando otro en lo imposible, para una mujer, de obtener ayuda de patrocinadores en su país. Kazemi se ha visto obligada a pagarse ella misma sus expediciones al Himalaya y aun a vender su piso a fin de financiárselas. También perdió su empleo, y hoy se gana la vida como guía de montaña. No es nada personal: las cosas no habían sido diferentes para su ídolo y referente, Leila Esfandiary, quien también vendió su casa y aparcó su carrera como microbióloga en un hospital de Teherán para consagrarse al montañismo a tiempo completo. «¡Era tan valiente! Su lema era: las mujeres iraníes podemos; podemos conseguir lo que nos propongamos a pesar de tantas dificultades. Y yo me lo creo», dice hoy una admirada Kazemi. Esfandiary falleció en 2011 en el G2, en Pakistán; y unos meses después, Kazemi ascendió al Ama Dablam con una camiseta que decía: «The Iranian women can», o sea, «las mujeres iraníes pueden». La primavera siguiente, holló el Everest y el Lhotse.

Pero no es solo Irán. Como dice Kazemi, «una mujer en alta montaña es un poco extraño en el Himalaya todavía hoy en día». Existen, por supuesto, herederas numerosas de Annie Smith-Peck que en expediciones heroicas siguen demostrando la fortaleza del sexo débil: desde Melissa Arnot, que ha escalado el Everest seis veces, pasando por Lynn Hill, que realizó la primera ascensión en estilo libre de la vía The Nose de El Capitán, en Yosemite, hasta Edurne Pasaban, primera en coronar todos los ochomiles del Himalaya. Pero la propia Pasaban afirma que «la montaña es un mundo muy machista».

El sexismo montañero adopta formas diversas: por ejemplo, la mayor atención prestada a las gestas de los escaladores con respecto a las de las escaladoras. O que una marca de ropa promocione su nueva temporada con un reportaje fotográfico que utiliza la escalada como ambientación, pero muestra a los hombres practicándola y a las mujeres observándolos desde abajo, sentadas. O el ‘mansplaining’ (anglicismo que ha triunfado como forma de referirse a una explicación condescendiente, por parte de un hombre, a una mujer de la que da por hecho su ignorancia) que todas las escaladoras expertas aseguran haber sufrido por parte de compañeros de menor nivel. O que la presión social para formar una familia que puede hacer, rebasada cierta edad, que se deje la escalada sea poderosísima para ellas y apenas exista para ellos. O que sea muy frecuente que de las escaladoras, en las pocas ocasiones en que sí se presta atención a sus proezas, se destaque su belleza en lugar de su fortaleza; y, más aún, que se desprecie más o menos explícitamente a aquellas a quienes el deporte ha conferido una fisonomía musculosa y se encomie paralelamente a las que conservan las formas de la feminidad canónica. Cuando se escribe «mujeres escaladoras» en el buscador de Google, la primera sugerencia del autocompletador es «mujeres escaladoras en bikini». Tal como escribiera Simone de Beauvoir en ‘El segundo sexo’, «la sociedad no pide a la ropa de la mujer y su cuerpo que señale su trascendencia, sino que haga detener las miradas. La sociedad exige a la mujer que se haga objeto erótico. La finalidad de la moda a la cual está sujeta no es revelarla como un individuo autónomo, sino desprenderla de su trascendencia para ofrecerla como una presa a los deseos masculinos; no se intenta servir a sus proyectos, sino trabarlos».

El trecho que media entre la mirada y la agresión machistas no suele ser muy largo; y no lo es en los círculos alpinísticos según un estudio que arrojó que un 47% de las escaladoras han sufrido acoso durante expediciones mixtas y una encuesta de la revista sobre escalada femenina ‘Flash Foxy’ que concluyó que un 64% de las participantes se habían sentido incómodas, insultadas o menospreciadas durante su entrenamiento.

También hay machismo en las carreras de montaña. Lo viene denunciando Azara García de los Salmones, corredora española impulsora de una campaña titulada #NoSomosInvisibles y que persigue evidenciar el menosprecio de que siguen siendo objeto las mujeres en todos los deportes y por supuesto en este. En una entrevista para Desnivel en marzo de 2018, relataba varias experiencias propias. Así, por ejemplo, de 2016 no olvidará nunca, dice, «un viaje precioso a una carrera que me hacía mucha ilusión y que ha quedado en mi recuerdo con muy mal sabor. Inocente de mí, se me ocurrió ponerme en la primera fila de la línea de salida. De repente, empezaron a gritarme y a empujarme hasta que entendí que las mujeres teníamos que dejar salir primero a todos los hombres. Luego me miraban como si hubiera hecho algo gravísimo».

Meses más tarde, García corrió el maratón de Los 10.000 del Soplao, en su Cantabria natal. Ganó la carrera femenina y se hizo con la quinta plaza en la clasificación absoluta, pero no apareció en el vídeo resumen de la carrera. Al día siguiente, la mayor parte de los medios que cubrieron la prueba silenció también el logro. Y fue entonces cuando decidió lanzar su campaña, que, según cuenta, «ha ido creciendo y ahora muchas chicas se ponen en contacto conmigo para que les ayudes a denunciar». ¿Denuncias como cuáles? Premios más cuantiosos para los hombres o el caso de Rafaela Román, que resultó vencedora del Ultra Trail Sierras del Bandolero en 2016 después de veintiuna horas y cuarenta minutos de esfuerzo bajo la lluvia, pero a quien nadie esperaba en la meta a su llegada. No había ‘speaker’ y le tuvo que poner la medalla su propia pareja. Al ganador masculino, sin embargo, lo recibieron en olor de multitudes. Y «lo peor de todo —dice Azara García— es que la primera reacción siempre es intentar buscar justificaciones, excusas, cuando lo que hay detrás es un machismo tan extendido que a veces hasta pasa desapercibido». Por otro lado, el porcentaje de mujeres apuntadas a las carreras suele rondar el diez por ciento, y a veces es aún menor.

Chus Lago, segunda española en coronar el Everest (en 1999; Araceli Segarra lo había hecho ya en 1996) y primera en alcanzar el Polo Sur en solitario (en 2009), también ha sufrido el sexismo montañero. «Cuando regresé de mi expedición en el Everest, recuerdo que me dedicaron un espacio muy pequeño en la esquina de la portada de un periódico o una revista. Y la foto de la portada era la de una ‘miss’. Una vez más, a las mujeres se nos valora por nuestra apariencia», relata por ejemplo. Lago, por cierto, es una persona interesada en la política: en las elecciones municipales de 2007 concurrió como número dos en la lista socialista para el Ayuntamiento de Vigo, y fue nombrada después concejal de Medio Ambiente; y en 2016 inició una campaña llamada ‘Compromiso con la tierra’ que aquel año la llevó a Laponia, en 2017 a Canadá —donde realizó en compañía de Verónica Romero y Rocío García la primera travesía femenina del casquete glaciar de Barnes, en la isla de Baffin—, en 2018 a Groenlandia y en 2019 al lago Baikal, siempre con el doble objetivo declarado de concienciar sobre el cambio climático y servir de inspiración a otras mujeres. También es Lago una mujer de notable sensibilidad, que dice cosas como esta cuando se la entrevista, casi preliteraria y prefilosófica y que recuerda a algunos pasajes de los poetas románticos: «¡Qué paisajes! Ese hielo, saber que la población más cercana está lejísimos, que no hay otras expediciones, que no hay nada… y luego, los contrastes del hielo… Es que el paisaje es bello; dan ganas de arrodillarte y decir «entiendo por qué la gente tiene dioses y reza». Este lugar es bellísimo. Ves paredones impresionantes que salen del hielo como si fueran cortados con un cuchillo y abajo el fiordo o el lago con los icebergs que se han quedado presos hasta el verano. No hay ni un animal ni nada… El cielo es azul, el hielo es azul, la noche es breve y el amanecer se queda enganchado allí durante horas. Es bellísimo».

Como Parvaneh Kazemi y Leila Esfandiary, o en otro tiempo Henriette d’Angeville y Annie Smith-Peck, Chus Lago asume con naturalidad la dimensión política que inevitablemente adquieren sus hazañas. «La sociedad necesita referentes femeninos. En pleno siglo XXI, las figuras femeninas son necesarias en cualquier ámbito: aventura, exploración, deporte… Es necesario que las mujeres den un paso adelante; que se visualicen», dice. Cualquier heroicidad alpinística femenina sigue siendo en el siglo XXI, como lo fuera la ascensión al Mont Blanc de D’Angeville, la proclamación orgullosa de un «querer es poder»; una refutación pertinazmente necesaria del Rousseau que —repugnantemente machista como lo han sido tantos hombres brillantes— decía que «las mujeres deben aprender muchas cosas, pero solo las que conviene que sepan […]. Dad sin escrúpulos una educación de mujer a las mujeres, procurad que amen las labores de su sexo, que sean modestas, que sepan guardar y gobernar su casa […]. Las impetuosidades deben ser aplacadas, puesto que son la causa de muchos vicios propios de las mujeres. No debéis consentir que no conozcan el freno durante un solo instante de su vida. Acostumbradlas a que se vean interrumpidas en sus juegos y a que se las llame para otras ocupaciones sin que murmuren».

Visualizarse como Chus Lago ruega a las montañeras es lo que han hecho, en Bolivia, las Cholitas Escaladoras, un grupo de mujeres de etnia aimara que ha dedicado los últimos años a ascender montañas con el fin de atraer la atención sobre la doble problemática femenina e indígena en una nación que solo recientemente ha comenzado a sacudirse siglos de opresión machista y blanca. Las mujeres del grupo, ‘cholitas’ (término condescendiente empleado para referirse a las indígenas), eran cocineras y porteadoras en el Huayna Potosí, uno de los cerros icónicos de Bolivia, de 6088 metros, pero nunca pasaban de Campo Alto, campamento situado a 5100 metros en el cual se pernocta antes de hacer cumbre. En un momento dado se preguntaron: ¿por qué no ir más allá? «Yo veía a los turistas regresar cada vez, contentos los que habían logrado hacer cumbre y tristes los que no. Cada cliente que bajaba de la montaña nos preguntaba: ¿y tú? ¿Ya subiste al Huayna Potosí, o al Illimani o a cualquier otra montaña? Y teníamos que decirles que no, pero cada vez nos fue creciendo más la curiosidad sobre cómo sería llegar arriba», cuenta Lidia Huayllas, miembro del grupo.

Las Cholitas Escaladoras ascendieron en primer lugar aquella montaña que tantas veces habían dejado a medias. Después, animadas por su éxito, encaminaron sus pasos hacia otros cerros ilustres: Illimani, Parinacota, Prapami o Sajama, el más alto de Bolivia. Y después pasaron a buscar desafíos mayores fuera del país. El 14 de enero de 2019, Analía Gonzáles y Elena Quispe, miembros del grupo, se convirtieron en las primeras mujeres indígenas de América Latina en coronar el Aconcagua. Mientras se escriben estas líneas, las Cholitas preparan una expedición al Everest.

Todo es maravillosamente refrescante en lo que respecta a las Cholitas Escaladoras, de quienes lo primero que llama la atención es que acometen sus expediciones con sus atavíos tradicionales: pollera (falda de colores), sombrero de hongo y un mantón que utilizan tanto para arroparse como a fin de acarrear objetos. «Para hacer las cumbres no hemos dejado nuestra vestimenta, porque es lo que siempre nos ha caracterizado. Tampoco podríamos dejarla», explica Lidia Huayllas, coordinadora del grupo, que en las expediciones más concurridas ha sido de dieciséis mujeres y en las menos, de cinco. Cuando coronan una cumbre, se fotografían desplegando la ‘wiphala’, bandera cuadrangular de siete colores que es la étnica del pueblo aimara y fue reconocida como símbolo del Estado boliviano, en pie de igualdad con la bandera tricolor roja, amarilla y verde, por la Constitución de 2008. Y también es una delicia leer cómo estas mujeres valerosas explican su proceso de adquisición de confianza. Así lo hace, por ejemplo, Dora Magueño: «Yo también empecé como cocinera y tenía miedo al principio cuando subía a Campo Alto, pero no por la altura, sino porque pensaba que lo que yo cocinaba a los turistas no les iba a gustar. Así que empecé con temor. Luego me fui habituando a la montaña y me fueron creciendo las ganas, ahora lo disfruto, cómo brillan las estrellas de noche y el silencio que hay allá arriba, pero sobre todo llegar… Llegar es lo mejor. Es una felicidad difícil de explicar».

Se podría decir que la montaña ha sido para las Cholitas Escaladoras la habitación propia (una del tamaño del mundo) por la que suspiraba Virginia Woolf o lo que en una entrevista concedida a Suzanne Pagé y Béatrice Parent explicaba la artista francesa Louise Bourgeois con respecto a su taller: «Cuando yo me siento desanimada en mis relaciones con mi familia y amigos, encuentro refugio en el taller. Allí, mis obras me dan energía. Ellas son una especie de energía que me permite abordar la vida cotidiana, que encuentro muy difícil. El taller es siempre el pasaje de lo pasivo a lo activo». No otra cosa es el feminismo en general que ese pasaje de la pasividad a la acción; que romper los grilletes que la poetisa Faith Wilding describió de este modo en 1972: «Esperando a que mis pechos crezcan./ Esperando para casarme./ Esperando a coger en brazos a mi bebé./ Esperando a que me salga la primera cana./ Esperando a que mi cuerpo se deteriore, a ponerme fea./ Esperando a que mis pechos se marchiten./ Esperando una visita de mis hijos, una carta./ Esperando enfermar./ Esperando el sueño». De dejar de esperar se trata, de adjudicarse a una misma las riendas de la vida propia y de galopar; de todo ello en este siglo que, solo superficiales y en cualquier caso precarias todas sus aparentes emancipaciones, apegado todavía a un imaginario masculino del aventurero, continúa encontrando insólita, cuando no disparatada, la imagen de una mujer atravesando sola el Polo Sur o ascendiendo el Everest.

Los anuncios machistas de hombres escalando y mujeres observándolos renuevan con brillo de papel cuché un linaje antiquísimo de mitos naturalizadores del orden patriarcal; actualizan a Adán y Eva, a Tiamat y Marduk o al Ulises veinte años ausente mientras Penélope lo espera, paciente, en Ítaca, tejiendo y destejiendo una y otra vez su telar para excusarse ante sus admiradores pese a ignorar el paradero de su marido, si vivía o no y si no podía o quería regresar. Sigue sacralizando el presente a la mujer quieta, pasiva, obediente, como el telar de Penélope; y al hombre móvil, activo, bélico, aventurero, como el barco de Odiseo batiéndose en las mareas y tempestades del Mediterráneo. En el mundo clásico no era posible, no podía serlo, y aún hoy cuesta que lo sea, una Ulises mujer; una argonauta femenina como Chus Lago. Y si por un descuido llegaba a serlo, la osadía se penalizaba rápidamente. Fue lo que sucedió con Egeria del Bierzo, una peregrina medieval hispana que a finales del siglo IV atravesó Europa en un viaje de varios años para conocer los Santos Lugares, escribiendo además el primer libro de viajes femenino conocido. Egeria —relató Valerio del Bierzo—, «inflamada con el deseo de la divina gracia y ayudada por la virtud de la majestad del Señor, emprendió con intrépido corazón y con todas sus fuerzas un larguísimo viaje por todo el orbe». No mucho después, la Iglesia comenzó a penalizar la peregrinación femenina. Eran los tiempos en que los Padres escribían —esta es de Tertuliano— cosas como esta: «¿Y no sabes tú que eres una Eva? La sentencia de Dios sobre este sexo tuyo vive en esta era: la culpa debe necesariamente vivir también. Tú eres la puerta del demonio; eres la que quebró el sello de aquel árbol prohibido; eres la primera desertora de la ley divina; eres la que convenció a aquel a quien el diablo no fue suficientemente valiente para atacar. Así de fácil destruiste la imagen de Dios, el hombre. A causa de tu deserción, incluso el Hijo de Dios tuvo que morir».

Corrieron los siglos y estos dogales fueron aflojándose, pero otros nuevos vinieron a sustituirlos. Silvia Federici expone en ‘Calibán y la bruja’ cómo el capitalismo temprano, allá por los siglos XVI y XVII, desarrolló el estereotipo de la bruja para atornillar a las mujeres al espacio doméstico después de una época, la Baja Edad Media, que, como Federici también demuestra, había significado una cierta liberación. Se perseguía penalizar a aquellas que no cumplían lo que se necesitaba del sexo femenino: amas de casa que cuidaran abnegadamente a los trabajadores de las nacientes fábricas y los parieran. La bruja era una anciana —infértil por lo tanto— que viajaba de aquí a allá con su escoba y elaboraba pociones con las que envenenaba a los niños: referencia evidente a los métodos contraceptivos naturales que las mujeres venían utilizando desde hacía milenios. En contrapartida, en la misma época la representación artística de vírgenes lactantes experimentó un auge que no era casual en absoluto, porque el arte que una época dada produce nunca lo es. «La sociedad —explica Susana Carro— tachaba de anómala o de enferma a cualquier mujer que intentara superar el restringido horizonte de la procreación abriéndose a los vastos confines de la creación».

Solo en los siglos XIX y XX algunas mujeres comenzaron de nuevo, tímidamente, a recorrer los caminos, aunque, como expone Cristina Morató en ‘Viajeras, intrépidas y aventureras’, a las que respondían a esos tres adjetivos no se las dejó de tachar de locas, excéntricas, marimachos o ridículas durante mucho tiempo. Mari Carmen Arribas Quer, alpinista española nacida en 1929 y orlada con un impresionante historial de escaladas en los Alpes y los Dolomitas, incluido el Cervino, recuerda todavía cómo aquellas gestas de los años cincuenta hacían que se la llamara justamente eso: ‘marimacho’. Las leyes jurídicas ya no le impedían salir del hogar y experimentar por sí misma la magia de los largos días, pero las leyes sociales —pertinaces, deslizadizas— viven su propia vida y tardan mucho más en derogarse.

En una ocasión preguntaron a Arribas si alguna vez había sentido miedo en la montaña. Respondió esto: «Nunca lo he sentido. En el Cervino tuve que hacer un paso dificultoso porque a Aníbal [su marido] le daba terror y le dije: “Quita, quita, quita”. Me puse al tran tran y pum, pum, pum, lo pasé». ‘Tran, tran; pum, pum’. Como el agua toda del océano en un pequeño pozo de arena en cierta alegoría teológica de san Agustín, milenios de lucha caben en esas onomatopeyas. En ese ‘tran, tran, pum, pum’ se hallan las mujeres todavía hoy; en que, periclitada ya la edad de los héroes, perdure sin embargo el relámpago memorable de una edad de las heroínas y las ensanchadoras de horizontes. Sigue siendo este para ellas, parafraseando el ‘A cántaros’ de Pablo Guerrero, «tiempo de vivir y de soñar y de creer». De vivir, soñar y creer en esto que escribiera Amantine de Dudevant, bajo el seudónimo masculino George Sand, en 1855: «Vivir de este modo en la soledad de las montañas sublimes […], por encima, moralmente y realmente, de la región de las tormentas, solo o con amigos de igual estilo, en presencia de Dios; estar acorde con la vida física, con los lobos y los osos, con los peligros del aislamiento y los furores de la tempestad, para sentirnos, como el animal que somos, ingenioso, ágil, valiente y fuerte; tener para uno largas horas de recogimiento, la contemplación del cielo estrellado, los ruidos mágicos del desierto, la posesión de aquello que hay de más bello en la creación unida a la posesión de uno mismo».

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