Mujeres al «tran tran»: alpinismo y feminismo

CULTURA

El capítulo 10.º de la segunda de las dos partes de La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista, de Pablo Batalla Cueto

22 dic 2019 . Actualizado a las 21:57 h.

Lo que sigue es el capítulo 10.º de la segunda de las dos partes de La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista, de Pablo Batalla Cueto, en cuyos veinte capítulos se defiende un montañismo disidente del reloj, la velocidad y el consumo frente a las múltiples apropiaciones con que el capitalismo pervierte hoy la práctica del montañismo. Este episodio concreto versa, en primer lugar, sobre cómo el montañismo puede ser un espacio para la adquisición de una conciencia feminista al proporcionar a las mujeres que lo practican una conciencia viva de su fortaleza y de su capacidad y constituir de por sí una forma de rebeldía frente a la característica inmovilidad a que el patriarcado ha sometido históricamente a las mujeres. Trata también sobre de qué maneras impregna el machismo en la actualidad el mundo montañero, desde el acoso sexual que aseguran haber sufrido muchas escaladoras durante las expediciones hasta la presión que las mujeres reciben para que la maternidad las haga abandonar el alpinismo.

En el capítulo se hace referencia, como a algo conocido —pues el lector ya lo ha conocido en el primer capítulo de la segunda parte, titulado «Querer es poder» y que versa sobre tres pioneras femeninas decimonónicas del alpinismo— a sendas grandes alpinistas: Annie Smith-Peck y Henriette d’Angeville. D’Angeville (1794-1871) fue la primera mujer en escalar el Mont Blanc por sus propios medios (antes lo había hecho Marie Paradis, pero llevada a hombros por escaladores masculinos), y de ella se cuenta que garabateó en la nieve de la cumbre la frase «Querer es poder». Smith-Peck (1850-1935) fue una arqueóloga, aventurera y montañera estadounidense que coronó decenas de cumbres emblemáticas de todo el mundo y desató un pequeño escándalo al escalar el Cervino en pantalones. Sufragista también, ponía sus gestas alpinistas al servicio de la causa, sabedora del eco periodístico que alcanzaban: en una ocasión, por ejemplo, clavó una bandera con el lema «Vote for woman!» en la cumbre del cerro Coropuna, en Bolivia.

Parvaneh Kazemi empezó a escalar tarde: tenía ya treinta y cinco años cuando coronó su primera montaña: el Tochal, en los Elburz Medios, muy cerca de Teherán. Era por entonces —además de profesora de matemáticas— jugadora de bádminton, entrenadora y árbitro; pero odiaba —cuenta hoy— la tensión de la competición; «la pelea y el estrés para ganar». Al Tochal acudió aquel día de 2005 buscando, en un momento de especial agobio, una válvula de escape; «calma, algo de paz, silencio y relajación». Lo encontró efectivamente, y el Tochal, después, fue convirtiéndose para ella en un mudo psicoanalista al que acudía cada vez que necesitaba un respiro. Pronto, lo complementario devino principal; la válvula de escape, motor de la existencia. Kazemi descubrió que aquel, y no los que hasta entonces había practicado, era su deporte. Dejó el bádminton e inició una carrera que la convertiría, andados los años, en la primera mujer iraní en escalar el Muztagh Ata, el Manaslu, el Ama Dablam, el Lhotse, el Makalu y el Dhaulagiri y la primera del mundo en coronar el Everest y el Lhotse en una semana. Pero no trasladó la tensión competitiva que detestaba a esta nueva pasión: cuando hoy le preguntan cuál es su motivación para escalar, responde que, «en simples palabras, la belleza de la montaña. Un sentimiento especial cuando ves el amanecer en lo alto nunca te deja y te empuja a ir una y otra vez».

Mujer y escaladora no es un binomio fácil de anudar en Irán. La familia de Kazemi se opuso al principio a aquella nueva afición; y aunque terminó por superar ese obstáculo, siguió encontrando otro en lo imposible, para una mujer, de obtener ayuda de patrocinadores en su país. Kazemi se ha visto obligada a pagarse ella misma sus expediciones al Himalaya y aun a vender su piso a fin de financiárselas. También perdió su empleo, y hoy se gana la vida como guía de montaña. No es nada personal: las cosas no habían sido diferentes para su ídolo y referente, Leila Esfandiary, quien también vendió su casa y aparcó su carrera como microbióloga en un hospital de Teherán para consagrarse al montañismo a tiempo completo. «¡Era tan valiente! Su lema era: las mujeres iraníes podemos; podemos conseguir lo que nos propongamos a pesar de tantas dificultades. Y yo me lo creo», dice hoy una admirada Kazemi. Esfandiary falleció en 2011 en el G2, en Pakistán; y unos meses después, Kazemi ascendió al Ama Dablam con una camiseta que decía: «The Iranian women can», o sea, «las mujeres iraníes pueden». La primavera siguiente, holló el Everest y el Lhotse.

Pero no es solo Irán. Como dice Kazemi, «una mujer en alta montaña es un poco extraño en el Himalaya todavía hoy en día». Existen, por supuesto, herederas numerosas de Annie Smith-Peck que en expediciones heroicas siguen demostrando la fortaleza del sexo débil: desde Melissa Arnot, que ha escalado el Everest seis veces, pasando por Lynn Hill, que realizó la primera ascensión en estilo libre de la vía The Nose de El Capitán, en Yosemite, hasta Edurne Pasaban, primera en coronar todos los ochomiles del Himalaya. Pero la propia Pasaban afirma que «la montaña es un mundo muy machista».

El sexismo montañero adopta formas diversas: por ejemplo, la mayor atención prestada a las gestas de los escaladores con respecto a las de las escaladoras. O que una marca de ropa promocione su nueva temporada con un reportaje fotográfico que utiliza la escalada como ambientación, pero muestra a los hombres practicándola y a las mujeres observándolos desde abajo, sentadas. O el ‘mansplaining’ (anglicismo que ha triunfado como forma de referirse a una explicación condescendiente, por parte de un hombre, a una mujer de la que da por hecho su ignorancia) que todas las escaladoras expertas aseguran haber sufrido por parte de compañeros de menor nivel. O que la presión social para formar una familia que puede hacer, rebasada cierta edad, que se deje la escalada sea poderosísima para ellas y apenas exista para ellos. O que sea muy frecuente que de las escaladoras, en las pocas ocasiones en que sí se presta atención a sus proezas, se destaque su belleza en lugar de su fortaleza; y, más aún, que se desprecie más o menos explícitamente a aquellas a quienes el deporte ha conferido una fisonomía musculosa y se encomie paralelamente a las que conservan las formas de la feminidad canónica. Cuando se escribe «mujeres escaladoras» en el buscador de Google, la primera sugerencia del autocompletador es «mujeres escaladoras en bikini». Tal como escribiera Simone de Beauvoir en ‘El segundo sexo’, «la sociedad no pide a la ropa de la mujer y su cuerpo que señale su trascendencia, sino que haga detener las miradas. La sociedad exige a la mujer que se haga objeto erótico. La finalidad de la moda a la cual está sujeta no es revelarla como un individuo autónomo, sino desprenderla de su trascendencia para ofrecerla como una presa a los deseos masculinos; no se intenta servir a sus proyectos, sino trabarlos».

El trecho que media entre la mirada y la agresión machistas no suele ser muy largo; y no lo es en los círculos alpinísticos según un estudio que arrojó que un 47% de las escaladoras han sufrido acoso durante expediciones mixtas y una encuesta de la revista sobre escalada femenina ‘Flash Foxy’ que concluyó que un 64% de las participantes se habían sentido incómodas, insultadas o menospreciadas durante su entrenamiento.

También hay machismo en las carreras de montaña. Lo viene denunciando Azara García de los Salmones, corredora española impulsora de una campaña titulada #NoSomosInvisibles y que persigue evidenciar el menosprecio de que siguen siendo objeto las mujeres en todos los deportes y por supuesto en este. En una entrevista para Desnivel en marzo de 2018, relataba varias experiencias propias. Así, por ejemplo, de 2016 no olvidará nunca, dice, «un viaje precioso a una carrera que me hacía mucha ilusión y que ha quedado en mi recuerdo con muy mal sabor. Inocente de mí, se me ocurrió ponerme en la primera fila de la línea de salida. De repente, empezaron a gritarme y a empujarme hasta que entendí que las mujeres teníamos que dejar salir primero a todos los hombres. Luego me miraban como si hubiera hecho algo gravísimo».