Los 100 libros cuya lectura le cambió la vida a David Bowie

Una guía revisa su impacto en su carrera y su personalidad

Actuación de David Bowie durante el Doctor Music Festival celebrado en 1996 en La Guingueta Daneu.
Actuación de David Bowie durante el Doctor Music Festival celebrado en 1996 en La Guingueta Daneu.

redacción / la voz

Igual que sus canciones tocaron la vida de muchas personas, también David Bowie fue permeable a muchas creaciones. Su afinado radar cultural nunca se desactivó y fue clave en sus constantes reinvenciones artísticas. De esa voracidad hablan el centenar de libros que el músico enumeró en una lista que se pudo ver en la exposición que el museo Victoria & Albert de Londres le dedicó al artista en el 2013. ¿Esa lista equivalía a un hipotético club de lectura con Bowie? Algo así pensaron en la editorial barcelonesa Blackie Books, quien le confió el proyecto al periodista británico John O’Connell, quien, con las imágenes del ilustrador gallego Luis Paadín, ha entregado El club de lectura de David Bowie, una guía a cien títulos tan eclécticos como interesantes, a la vez que ilumina aspectos cruciales de la vida y la trayectoria del músico.

O’Connell remarca el papel que tuvieron las lecturas en Bowie desde su juventud: en el colegio solo destacó en la asignatura de arte, lo que se interpreta como un desinterés por el programa reglado de estudios, no una falta de curiosidad o capacidad. Como autodidacta, el futuro músico se construyó su propio bagaje en virtud de su propia curiosidad, guiado por su instinto o aquellas personas en las que confiaba. Como su hermanastro mayor Terry, quien le puso en las manos una de esas primeras lecturas iniciáticas, En el camino, de Jack Kerouac. Para el antólogo, el clásico de la literatura beat ejerció una triple influencia en el Bowie adolescente: un deseo por recorrer Estados Unidos, el interés por la prosa espontánea y una búsqueda espiritual a través del budismo.

El capítulo dedicado a este libro es ilustrativo del trabajo de O’Connell, quien ofrece un análisis breve pero incisivo de la obra en cuestión, además de ponerlo en relación con Bowie, por lo general el período vital y artístico en el que llevó a cabo la lectura. Así, van desfilando grandes clásicos, desde la Ilíada de Homero y el Infierno de Dante al Gran Gatsby de Scott Fitgerald, la Lolita de Nabokov, el Herzog de Saul Bellow o el 1984 de Orwell. Pero no todo son clásicos o anglocentrismo, pese al evidente interés del músico por sus contemporáneos (McEwan, Barnes). Ahí están también autores de otras latitudes -Mishima, Junot Díaz, Tanadori Yakoo, Evgenia Ginzburg o Mijaíl Bulgákov- y ensayistas como Camille Paglia o George Steiner. Nombres de alta intelectualidad que conviven sin problemas con revistas como Private Eye o tebeos como The Beano. Y, tratándose de Bowie, no podían faltar otros clásicos, los de la historiografía del rock y el pop, los casos de Nik Cohn o Jon Savage. Otras lecturas, como las de Peter Ackroyd o Bruce Chatwin testimonian el interés de Bowie por lo que se ha bautizado como «psicogeografía»; este último ejemplo también lo vincula al nomadismo: como él mismo dijo en una entrevista, «No vivo en ningún sitio».

Cada uno de estos títulos se convierte así en una pieza desde la que interpretar ese mosaico que fue David Bowie, aportando claves de su visión creativa, sus intereses o sus inquietudes musicales. Por si no fueran suficientes, el libro cierra cada capítulo con una sugerencia de escucha del amplio cancionero de Bowie -ejemplos: China Girl para Historias de Pekín, de David Kidd, o Please Mr Gravedigger para Mientras agonizo, de Faulkner- y una recomendación del mismo autor u de otros similares con los que expandir ese club de lectura que tuvo en Bowie su maestro de ceremonias.

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