Centenario de Fellini, el magistral filmador de sueños

Se cumplen cien años del nacimiento del genial creador y se suceden los homenajes; Rímini, su ciudad natal, abrirá un museo y se convertirá en el epicentro de la nueva explosión del universo «felliniano»

Los actores Marcello Mastroianni (el periodista romano Marcello Rubini) y Anita Ekberg (la diva del cine Sylvia), en la mítica escena del filme «La dolce vita» (1960) en que ella se da un baño en la Fontana de Trevi.
Los actores Marcello Mastroianni (el periodista romano Marcello Rubini) y Anita Ekberg (la diva del cine Sylvia), en la mítica escena del filme «La dolce vita» (1960) en que ella se da un baño en la Fontana de Trevi.

La Real Academia Española de la Lengua -tampoco la Real Academia Galega- no reconoce todavía el adjetivo «felliniano», de uso frecuente entre críticos y cinéfilos, pero en Italia ya lo admiten como «grotesco, surrealista, onírico, como las situaciones y los personajes típicos de las películas de Fellini: las atmósferas de Fellini; una mujer felliniana, voluptuosa». El propio cineasta lo dijo en su discurso de agradecimiento en Hollywood, en marzo de 1993, cuando viajó a recoger su Óscar honorífico: «Me siento narcisamente contento de haber hecho de todo para conseguir ser un adjetivo». Va siendo hora de que su uso se fije por estos pagos, señores académicos. Fue Fellini un cineasta excepcional para entender el cine de la segunda mitad del siglo XX, e incluso la propia Italia de la que es patrimonio nacional. Sus vecinos romanos lo despidieron colgando de muchas ventanas, pancartas con un «Ciao, Federico», tal como recoge Charlotte Chandler en Yo, Fellini, publicada un año después del deceso.

El reportero Orlando rema en un bote salvavidas que lleva al rinoceronte en «Y la nave va» (1983).
El reportero Orlando rema en un bote salvavidas que lleva al rinoceronte en «Y la nave va» (1983).

El 31 de octubre de 1993, sobre las 12.00 horas, después de quince días de agonía a causa de un derrame cerebral, fallecía en el hospital Umberto I, a donde pidió trasladarse semanas antes para estar cerca de su esposa, Giulietta Massina, igualmente ya muy enferma y que apenas le sobreviviría unos meses. Pretendía celebrar con ella su medio siglo de convivencia. Fueron funerales de Estado en la basílica de Santa María degli Angeli, aunque antes sus paisanos velaron el cadáver en el mítico Plató 5, en los estudios Cineccitá, de los que se había despedido en su penúltimo filme La entrevista (1987), pues su adiós artístico con La voz de la luna (1990) hubo de rodarlo en los romanos Stabilimenti Cinematagrafici Pontini. Su muerte provocó conmoción mundial, desde el presidente de la República, Oscar Luigi Scalfaro a François Mitterrand, Boris Yeltsin, e incluso el emperador de Japón, Akihito, entre muchos otros, sumaron sus condolencias al mundo del Arte en general, conscientes de que desaparecía un personaje y un creador, únicos. Como afirmó su amigo Billy Wilder, a la desgracia de su muerte, lo peor era que «ya no habrán más películas de Fellini».

Los actores Magali Noël (Gradisca) y Bruno Zanin (Titta), en «Amarcord» (1973).
Los actores Magali Noël (Gradisca) y Bruno Zanin (Titta), en «Amarcord» (1973).

Se cumplen cien años de su nacimiento en Rímini, región de Emilia-Romaña, al norte de Italia, a orillas del Adriático que ahora está engalanada con murales de sus filmes. Allí, en el panteón familiar, reposa junto a su esposa. Es Rímini, que en diciembre abrirá al mundo el Museo Fellini, la que encabeza los numerosos homenajes a los que se sumarán cinematecas, festivales, televisiones e incluso cine clubs de medio mundo. Supondrá también el regreso a las pantallas de sus filmes, muchos restaurados, así como reediciones de sus guiones y otros textos. En Rímini se podrá disfrutar de Fellini 100 Genio Immortale. La mostra, ubicada en el Castel Sismondo, antigua casa de los Malatesta, que el propio Fellini cita con frecuencia en sus numerosos textos autobiográficos, siempre presididos por los sueños, que para él eran la vida en sí misma. Cuenta Chandler que en sus últimos días, cuando su salud se escurría, confesó que ya apenas soñaba, lo que equivalía a un premonitorio encuentro con la muerte, que imaginaba para su guion nunca rodado, El viaje de G. Mastorna, como «una mujer muy hermosa de unos cuarenta años. Lleva un vestido de satén rojo, rematado con encaje negro. Su cabello es de un rubio claro, pero no amarillento (…). Es alta, esbelta, serena, graciosa, confiada».

 Bibliografía

La bibliografía sobre el cineasta es tan abundante y tan variada que apenas quedan aristas por las que hurgar en su personalidad. Dejando atrás sus inicios como dibujante de tiras cómicas, meritorio, coguionista e incluso codirector, inicia su trayectoria en 1952 con El jeque blanco, que rezuma renovados aires del neorrealismo evolucionando hacia la comedia. Aquel niño que había nacido a la pantalla grande en el viejo cine Fulgor riminesi, acabaría realizando un puñado de obras memorables, cuatro de ellas merecedoras del Óscar, récord que compartía con el también mítico John Ford. El primero con La strada (1954), brindando a su ya esposa Giulietta Massina la memorable Gelsomina, a la que volvería en Las noches de Cabiria (1957), inolvidable retrato de una infeliz soñadora de amores. Vendría el magistral canto de amor al cine Ocho y medio (1963), brindis a su inseparable amigo y alter ego Marcello Mastroianni. Finalmente, la autobiográfica y evocadora Amarcord (1973), de la que muchos jóvenes que nacíamos a la cinefilia en los años setenta pasamos a ser devotos. Aunque el tío Óscar haya olvidado otras, no impide que sean magistrales: Los inútiles (1973), La dolce vita (1960), Giulietta de los espíritus (1965), Satiricón (1969), Roma (1972) y Casanova (1976), entre muchas otras, grueso del muy singular universo felliniano.

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