Maribel Verdú: «Leo los guiones con Lexatin, me muero de los nervios»

En «El doble más quince», que llegó ayer al cine, Maribel encarna a una mujer de 47 años que vive un «affaire» con un chico de 15. «Mantener una relación con tanta diferencia de edad es difícil, pero un matrimonio de 20 años como el mío también», dice


No hay reto que se le resista a Maribel Verdú (Madrid, 1970). Pero no todo es lo que parece en el interior de una actriz que, aun siendo toda una referencia en el cine español, confiesa que tiene más miedos que nunca: «Es una caquita esto de ser veterana. Cuantos más años pasan, más insegura me siento». Como es habitual, responde sin filtros.

-En «El doble más quince» Ana tiene 47 años y Eric 15, pero ambos tienen en común que no saben qué hacer con sus vidas.

-Sí, ella es una mujer de 47 años que puede dar la sensación de que ya lo ha hecho todo. Se ha casado, tiene hijos, una buena casa, perrito y esas cosas, ¿no? Pero de repente se plantea, ¿esto es todo? ¿Va a ser así el resto de mi vida? Y detrás de esa ecuación sin nombre un día decide meterse en una página y conoce a un chaval. Pasan 24 horas juntos y son una compañía perfecta porque el chico se siente igual de perdido y son dos personas solitarias, que necesitan que simplemente alguien las escuche. Son perfectos para escucharse y empatizan entre ellos. Pasan esas 24 horas que quedarán siempre en su recuerdo, pero no se volverán a ver nunca más.

-¿Has tenido en algún momento esa sensación?

-Desde luego, siempre en algún momento de la vida una se ha sentido perdido, una se ha replanteado qué es de su existencia o si está bien lo que estás haciendo, o si le gustaría cambiar. Yo he tenido momentos en mi vida en los que, claro, obviamente reflexionas y te planteas muchas cosas. Ahora afortunadamente estoy en uno bastante equilibrado y bastante tranquilo, que no tengo que comerme la cabeza de esa manera, pero claro que sí, eso yo creo que nos ha pasado a todos. Y además es lógico y bueno que pase.

-Esta historia habla de esa parte nuestra que ocultamos por miedo y por temor a ser juzgados, incluso por nosotros mismos.

-Eso siempre, eso es lo terrible, ¿no? Que siempre o estamos juzgando o nos están juzgando. Y quitarse ese lastre de encima es muy complicado, mucho. Porque los prejuicios hacen mucho daño y hacen que te pierdas muchas cosas en la vida. ¿Qué harías si no fueras prejuicioso o no sintieras que te van a juzgar por lo que estás haciendo?

-Este ha sido uno de los rodajes más felices de tu carrera. ¿Quizás por el esfuerzo que supuso sacar adelante esta película?

-Sí, costó esfuerzo para los de producción, pobres, hasta que consiguieron sacar el proyecto adelante. Pero para nosotros, para Germán [Alcanzaru] y para mí, fue un rodaje feliz, ¿sabes de esos rodajes que cada día suena el despertador y que lo único que quieres es estar con tus compañeros y gozar y disfrutar? Nunca desde el dolor ni desde la agonía, sino desde el disfrute pleno. Y con una compenetración y una complicidad con el director [Mikel Rueda] fuera de lo normal. Somos los tres muy amigos, muy amigos, forman parte de algo muy importante en mi vida los dos.

-¿Qué le pides a un director?

-Pues mira, que yo sienta que tiene seguridad. Que sea el capitán del barco realmente, que mande, que tenga autoridad pero que sea tierno, cariñoso y, por favor, con mucho sentido del humor. Pero que sientas que él te va dirigiendo, te va llevando por los derroteros que él quiere, pero que también te deja una libertad para crear, porque nosotros somos creadores también. Que no te coarten, porque este es un trabajo de equipo y, en este caso, de director-actor, también de dos.

-¿Reunía Cuerda estas cualidades? Vimos una publicación tuya muy emotiva recordándole.

-Y Cuerda, efectivamente, reunía todas estas condiciones. Era un hombre que estaba claro que él mandaba, era el director, pero te escuchaba, te dejaba aportar, le gustaba de hecho que lo hicieras. Y luego, él tenía muy mal genio, pero era tan buena gente que se pasaba el día el pobre pidiendo perdón todo el rato por sus exabruptos, ¡ja, ja! Tenía ese pronto que no podía controlar, pero luego era una maravilla y un hombre muy, muy generoso.

-¿Es la diferencia de edad una barrera para la relación? Aquí hablamos de una diferencia muy, muy grande.

-Bueno, yo ni me lo planteo, pero siempre la diferencia enorme de edad al final no funciona. Puede durante un tiempo ser a lo mejor estupendo, pero llega un momento en el que por naturaleza, por lógica, por sentido común, hay una distancia según vas creciendo uno tiene unas necesidades vitales y otro va a tener otras sí o sí.

-No sé si es casi más difícil mantener un matrimonio de 20 años como el tuyo.

-Pues yo creo que las dos cosas son muy difíciles, ¡ja, ja! Lo que pasa es que, bueno, en mi caso, es que no entiendo la vida sin mi chico. Es que nosotros somos uña y carne. Lo que es muy fácil es mantener un matrimonio de 20 años, eso por supuesto. Hay mucha gente que lo mantiene. Lo difícil es mantenerlo sano, de verdad y auténtico. Y saber quererse bien, eso es lo difícil, con respeto y con admiración. Que reúna todas esas condiciones es complicado.

-Vuelves al desnudo. ¿La edad te hace afrontar con más o con menos seguridad este tipo de escenas?

-¡Noooo!, a mí no me hacía sentir segura ni cuando tenía 17 años, ¿cómo me va a hacer sentir segura ahora? No, no, nunca. Lo que pasa es que tú no puedes decir que no, imagínate, a una historia maravillosa como la de esta película por tener una historia subida de tono. Realmente en eso sí que yo creo que nunca me he sentido tan confiada, tan confiada con un director como con Mikel de decir: ‘Mikel, aquí estoy y confío en tu sentido de la estética, en tu pudor y en tu manera de narrar’. Me puse en sus manos absolutamente y, de hecho, cuando lo vi montado, dije: ‘Joder, si es que es impecable’. Es un hombre que no te puedes ni imaginar la sensibilidad que tiene, es algo fuera de lo normal, de verdad.

-¿Afrontas la lectura de los guiones con Lexatin?

-Sí, con Lexatin. Es un momento para mí crítico siempre, porque yo creo que leo muy mal los guiones en alto, no sé, y es ese el momento en que te escuchan. No sé, siempre pienso que es ese el momento en el que van a llamar a mi representante y van a decir: ‘Mira, mejor buscamos a otra’, ja, ja. Me muero de los nervios, ¡me muero! Entonces intento estar como segura, que no sé si se me da muy bien aparentar esto. Pero luego en un rodaje ya es mi modus vivendi de alguna manera, ¿no? Llevo haciéndolo muchísimos años y es mi hábitat natural, así que ahí sí que ya me siento como Pedro por mi casa.

-¿Lo de ser veterana para esto no computa entonces?

-Qué va, es una caquita esto de ser veterana. No, no, qué va. Cuantos más años pasan, más insegura me siento, más responsabilidades tienes encima o, por lo menos, tú te las creas. Y cuando eres joven eres una inconsciente, para ti esto es un juego. Para mí lo sigue siendo, porque hay una parte lúdica que además no quiero perder en la vida, pero hay un peso ahí como detrás que, buah, es durito. Hay que luchar mucho, trabajar mucho la mente y al cabeza y decir: ‘No, no, me quiero agarrar fuerte, no soltarme y confiar en mí’. Confiar en tu ilusión, en tu experiencia y en las ganas que le pones a las cosas.

-Y vuelves a la televisión.

-Y vuelvo a la televisión, sí, con una serie que me tiene subyugada y a la vez aterrorizada, porque es una protagonista muy protagonista. La serie se llama Ana, que es mi personaje, una abogada penalista, criminalista, que me fascina, sobre todo porque toca un tema que no se suele tratar, que es el de la ludopatía, el del juego, y cómo destroza la vida de las personas. Y cómo se lucha en este caso contra el más poderoso, que son las empresas.

-¿Contra qué lucharías tú si te dejasen elegir una causa?

-Yo, contra el abuso de poder y la injusticia.

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