César Antonio Molina confronta su vida ante el espejo de la poesía en «Para el tiempo que reste»

Xesús Fraga
xesús fraga REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

El escritor, gestor cultural y exministro socialista César Antonio Molina
El escritor, gestor cultural y exministro socialista César Antonio Molina

La confluencia del mundo clásico con el contemporáneo nutre los versos del escritor y exministro de Cultura

18 mar 2020 . Actualizado a las 09:12 h.

«Llega un momento en la vida en que uno empieza a ser ex... con dos excepciones, la de doctor y la de escritor», sostiene César Antonio Molina (A Coruña, 1952), narrador, gestor cultural, periodista, profesor pero, de raíz, poeta. «Uno nunca puede dejar de ser escritor, porque sus libros siguen ahí y seguirán», reflexiona quien acaba de publicar Para el tiempo que resta (Fundación José Manuel Lara, colección Vandalia), un poemario en que ahonda, como en buena parte de su obra, en esa relación que imbrica vida y verso. Se trata de un libro que confronta la existencia ante el espejo de la poesía, que devuelve la imagen de lo vivido, lo visto y lo leído, que, en el caso de Molina, son lo mismo, porque las artes son indisociables de su biografía y así lo refleja su lírica.

«La Cultura es la única garantía para una sociedad más humana», proclama uno de los versos de Para el tiempo que reste y, en ese armazón vital, destaca la constante presencia del mundo clásico en el libro, que el autor agradece al profesor Riesco que le dio clase de griego en la adolescencia: «Un día, que estábamos traduciendo a Jenofonte, nos interrumpió para leernos a poetas contemporáneos, y nos recitó El viejo, de Cavafis, y Helena, de Yorgos Seferis», recuerda Mollina. «Fue una apertura al mundo y que me sentó el ejemplo de lo que iba a hacer en la vida. Mi poesía, mi literatura, siempre se ha alimentado de esa mezcla de lo clásico con lo contemporáneo», añade. Un mundo clásico que le sirve para interpretar acontecimientos de hoy, como se ve en el poema Itálica Manhattan -inspirado por los atentados de las Torres Gemelas- pero que no se circunscribe solo a la cultura grecolatina, sino que se nutre también del mundo céltico y Galicia: lo demuestran poemas como Acantilados de Finisterre o la elección del dibujo de un barco grabado en la piedra de Santa María do Azougue de Betanzos.

Crecer desde las raíces hacia el mundo es otra de las constantes de la poesía de Molina, que contrapone el cosmopolitismo de sus versos al «localismo en el peor sentido de buena parte de la poesía española, que fue central para la historia de la poesía, pero que en los siglos XVIII y XIX se descarriló, aunque Rosalía y Bécquer, a su manera, trataron de encarrilarla», analiza. «La Generación del 27 lo consiguió, pero luego se volvió a perder con la guerra y el franquismo, aunque después llegarían Octavio Paz, maestro y amigo, Valente, Gamoneda, Robayna, Ángel Crespo...».