Hergé, Goscinny y Uderzo: ahora sí, este es el final del trío más popular del cómic europeo

Reuters

Desde hace más de sesenta años, la puerta de entrada al cómic moderno para generaciones de medio planeta han sido las aventuras de Astérix y Obélix (en España también Mortadelo; no es incompatible, de hecho, comparten muchas cosas). Que alguien sea capaz de eso, de ser el introductor a un género para millones de lectores, le hace merecedor de un puesto de honor en la historia de la cultura del siglo XX. En este caso, ese alguien fueron dos: Albert Uderzo y René Goscinny. Junto a Hergé, los más populares del tebeo en Europa.

A ese trío maravilloso, irrepetible en el tiempo, solo le sobrevivía el primero de ellos. Aunque desde hace años había que hablar en pasado del Uderzo creador -ya estaba más que retirado-, hasta ayer era como la última sombra de las grandes décadas del cómic de masas.

Fue un gran dibujante. Y lo fue más allá de la icónica e hiperactiva aldea de los galos; para escépticos, revisen la serie de Tanguy y Laverdure, previa a Astérix. Un creador camaleónico que en su tira más conocida puso humor a las guerras en la Galia, fue hábil para humanizar la naturaleza (nadie que haya leído sus aventuras ha vuelto a ver un jabalí como lo hizo él), y mantuvo una sorprendente capacidad para caricaturizar a los antagonistas: era algo común que en sus historietas colara la imagen de actores y políticos. La repentina muerte de su hermano Goscinny le obligó a reciclarse también como escritor. Y no desentonó.

En medio de la mayor crisis sanitaria en cien años, su adiós no puede pasar sin la merecida gloria en los papeles. Sería imperdonable. Gracias por tantísimo.

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