Woody Allen se sincera en sus memorias, sin olvidar pasar factura

Trata la polémica sobre la acusación de abusos a Dylan, su hija con Mia Farrow


Se supone que antes de publicar las más de cuatrocientas páginas, sus abogados habrán examinado con lupa que nada de lo escrito pueda perjudicar a su autor y a otras personas. Casi un centenar se centran en la actriz Mia Farrow, que fuera compañera -sin matrimonio- de Woody Allen y que sale mal parada, sin necesidad de trazo grueso, incluso con elogios hacia su calidad dramática en las varias películas que filmaron juntos. La descripción de su peculiar vida en común en Nueva York -no compartían vivienda- parece levantarse sobre un cráter lunar. Confiesa Allen que desde siempre pasaba de lo publicado sobre él y su faceta creativa -admite ser un horror con el clarinete, y cree que la gente acude a escucharle por su fama como cineasta-, y que siempre rechazaba los consejos sobre entrar al quite, pero su affaire con Mia, acusándole de abusos con la hija de ambos, Dylan, cuando era una niña, y la posterior presión del movimiento #MeToo, le llevaron a reaccionar.

Todo empezó cuando con cincuenta y seis años, comenzó una relación con una hija adoptiva de Mia, Soon-Yi Previn, de veintiuno. No lo afirma, pero da por supuesto el morbo lector hacia A propósito de nada (Alianza), un volumen ameno y chisposo -aunque carezca de índice onomástico, al menos en la edición en castellano-, al más puro estilo alleniano, con una prosa brillante y mordaz, sin evitar flagelarse e incluso ningunearse, pues en absoluto se considera un genio y un intelectual, «me asombra cuantas veces me describen como un intelectual. Esa es una concepción tan falsa como el monstruo del lago Ness». Se muestra muy defraudado con su periódico de siempre, New York Times, que «se puso muy en mi contra y (…) estaba de acuerdo con la idea de que yo había abusado sexualmente de mi hija». Admite que «numerosos actores y personas del mundo del espectáculo (…) me comentaron en privado que estaban consternados por la publicidad claramente injusta y asquerosa que yo estaba recibiendo y que estaban a mi lado; pero cuando yo les preguntaba por qué no alzaban la voz y decían algo al respecto, todos admitían que temían repercusiones profesionales. Me pareció irónico, porque esa era exactamente la misma razón que esgrimían las mujeres para justificar que no hubiesen denunciado en público a las personas que les acosaron durante tantos años: porque eso perjudicaría sus carreras».

Cita entre quienes le defendieron, a todas sus ex, a Almodóvar, a Penélope Cruz -«uno de los seres humanos más sexis de la faz de la tierra»- y Javier Bardem -«uno de los mejores actores del séptimo arte»-, y no olvida sus estancias en España para varios de sus rodajes, o el premio Príncipe de Asturias aunque «no hice ningún mérito que justifique un retrato escultórico, salvo dejar que ahorcaran un muñeco igual a mí. Oviedo es un pequeño paraíso, solo estropeado por la antinatural presencia de una imagen en bronce de un pobre infeliz». Veintidós años después, Allen se confiesa feliz junto a Soon-Yi, «mientras sigo con mi vida de clase media» y cuando le hablan de si dejará un legado, cierra afirmando que «más que vivir en los corazones y en las mentes del público, prefiero seguir viviendo en mi casa». Y un consejo a los directores jóvenes: «Sudad la gota gorda. Trabajad. Disfrutad de vuestro trabajo o cambiar de oficio».

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