El museo Guggenheim de Bilbao ensalza a Lee Krasner, pionera del expresionismo abstracto

Relegada durante mucho tiempo a esposa del pintor estadounidense Jackson Pollock, la obra de la artista neoyorquina emerge al fin con fuerza

Detalle de «Sirena», óleo sobre lienzo elaborado por Lee Krasner en 1966. A la derecha, retrato de la artista de Brooklyn realizado por el fotógrafo Irving Penn en Nueva York, en 1972
Detalle de «Sirena», óleo sobre lienzo elaborado por Lee Krasner en 1966. A la derecha, retrato de la artista de Brooklyn realizado por el fotógrafo Irving Penn en Nueva York, en 1972

redacción / La Voz

El Guggenheim de Bilbao reivindica la importante trayectoria de la artista Lee Krasner (1908-1984), pionera del expresionismo abstracto y relegada durante mucho tiempo al papel de esposa de un titán, Jackson Pollock. El museo inaugurará el próximo 18 de septiembre Lee Krasner. Color vivo, una retrospectiva de la creadora que reúne piezas que abarcan cincuenta años de trabajo. Comisariada por Eleanor Nairne, de la Barbican Art Gallery, y por Lucía Agirre, por el propio Guggenheim, el recorrido que proponen comienza en sus tempranos autorretratos y dibujos al natural de finales de la década de los años veinte, y sigue por sus abstracciones inspiradas en la naturaleza (de los cuarenta) para pasar por sus collages de los cincuenta y rematar en las monumentales obras de inicios de los sesenta.

Su obra vivió a lo largo de la carrera una constante reinvención, movida por la vocación de búsqueda, de exploración, y, como neoyorquina que trabajaba en su ciudad, vinculada a la meca del arte en la época de la posguerra. Nacida en Brooklyn en el seno de una familia inmigrante judía ortodoxa, decide que quiere ser artista ya a los 14 años.

En 1942 la obra de Krasner se incluye en la exposición de pintura americana y francesa que se celebra en la galería McMillen Inc., junto a la de sus amigos Willem de Kooning y Stuart Davis. El único de los participantes en aquella muestra al que ella no conoce es Jackson Pollock, a quien visitará en su estudio y con quien se casará poco después, en 1945.

A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Lee Krasner rechaza la idea de elaborar una «iconografía de firma» por parecerle demasiado rígida; la artista trabaja en ciclos y busca continuamente nuevos medios para una expresión auténtica, según señalan fuentes del museo.

Después del fallecimiento de varios de sus seres queridos en los años 50, incluso en sus épocas más difíciles como la que sucede a la repentina muerte de Pollock en un accidente de automóvil, en 1956, prosigue con sus indagaciones estéticas y formales. Tras un período de duelo caracterizado por una producción en tonos ocres, Krasner permite en la década de los sesenta que aflore de nuevo la luz y que el color vuelva a estallar en su pintura.

Krasner logró al final de su vida, en los años ochenta, el reconocimiento generalizado para su obra, aunque ella decía que el hecho de que se le hubiera ignorado había sido una bendición y que le había permitido ser libre en sus elecciones artísticas.

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