Ignacio Martínez Pisón, escritor: «Somos producto de nuestro pasado, por mucho que tratemos de esquivarlo»

Su nueva novela reflexiona sobre los secretos, la madre y la ausencia del padre


Junio de 1977, una carretera junto a la frontera lusa. Dos jóvenes, Juan y Rosa, se dirigen a una clínica abortista. Un accidente acaba con la vida del muchacho, la adolescente de 17 años decide tener a su hijo. A partir de ese suceso, Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) reconstruye la vida de Rosa e Iván en Fin de temporada (Seix Barral). El autor de Carreteras secundarias, El tiempo de las mujeres, El día de mañana o La buena reputación, Premio Nacional de Narrativa, señala que «un golpe del destino puede desarmarlo todo, el joven que debía vivir está muerto y el hijo que no debía nacer está vivo».

-¿Cómo surgió esta novela?

-Los escritores somos bastante fisgones, nos metemos en las vidas ajenas. Un amigo me contó la historia de dos adolescentes que iban a Portugal a abortar y tuvieron un accidente de tráfico. El chico murió y la chica, que salió indemne, decidió tener el hijo. Le pregunté qué fue de esa mujer y ese niño y me dijo que no lo sabía. A partir de ahí me puse a imaginar cómo habría sido su vida veintitantos años después. Ahí se abre un abanico de posibilidades amplísimo. Decidí escribir una novela sobre una fuga, una mujer que escapa a su pasado, que con ese niño va por diferentes lugares de España borrando el rastro para que nadie reaparezca en su vida y esas viejas raíces sean cortadas definitivamente.

-La novela empieza en 1977 y se desarrolla en los años 90, dos Españas muy diferentes.

-Estamos hablando de una España preconstitucional, que tiene todavía todos los resabios del franquismo, y de otra que se ha vuelto tolerante, en la que una madre soltera ya no corre el riesgo de ser considerada una ramera y en la que el aborto ya estaba legalizado. En la novela, Iván siendo un chavalín se pega con unos compañeros que le había cantado aquella canción de «Cuánta ramera y cuánta madre soltera». Yo me acuerdo de la crueldad de los adolescentes que la cantábamos sin darnos cuenta de lo que estábamos haciendo, que era equiparar a una madre soltera con una prostituta. Así pensaba la sociedad española en los 70, lo que habla del grado de corrupción moral que tenía.

-En esta novela ahonda de nuevo en la ausencia del padre. Usted perdió al suyo con 9 años. ¿La literatura le sirve como una especie de terapia?

-Es una tendencia que tardé en identificar. La muerte de mi padre me debió marcar más de lo que fui capaz de reconocer. Es como un leitmotiv constante en mis novelas de familia. A veces las historias nos sirven para hablar de nuestras heridas más profundas. Es algo que cuando te pones a escribir va saliendo porque la literatura tiene algo de extraña terapia que te permite curar heridas de las que ni siquiera eres consciente.

-«Al final, el pasado siempre acaba encontrándote», dice Iván.

-Es uno de los temas fundamentales de la literatura. Somos producto de nuestro pasado que, por mucho que intentemos esquivarlo, acaba haciéndose presente, a veces de forma muy traumática. Esta es la novela de un secreto, que es como una especie de pecado original que el hijo arrastra sin saberlo. En un momento dado se entera de las circunstancias que rodearon su nacimiento y ese descubrimiento abre la puerta al pasado y por ahí entra en un mundo que siempre había estado como latente en su interior, que es esa otra vida que podría haber tenido. Pero esa otra vida jamás habría sido posible porque si hubiera sobrevivido su padre él no habría estado y al revés. Ese descubrimiento basta para convertirlo en otra persona diferente, más compleja y más profunda.

-¿A veces es mejor no conocer los secretos?

-A veces es más indoloro, pero siempre se acaban desvelando. La familia son siempre historias de secretos, creemos que conocemos a las personas más cercanas y luego descubrimos que hay rincones oscuros en ellas a los que nunca hemos accedido.

-Ahonda en una relación materno-filial tóxica.

-Exagero esa tendencia natural de las madres a que el hijo sigue formando parte integral de su propio organismo, ese afán de posesión. Además, es una pareja muy especial, que han vivido juntos, el uno para el otro, al margen de la sociedad, como si fueran una sola persona. De hecho, Rosa siempre está tocando a su hijo, duermen juntos hasta que él tiene 18 años. Hay una sugerencia incestuosa que no llega a concretarse. Si en lugar de ser una novela fuera una película se vería a esa mujer de 37 años con un hombretón de 20, y esa sugerencia incestuosa sería mucho más perceptible. Más teniendo en cuenta que cuando Iván cumple 20 años, la edad a la que murió el padre, es igual físicamente, de modo que el mismo actor podría interpretar a ambos.

-La madre se refugia con su hijo en un cámping, un lugar provisional e impersonal.

-Me gustaba mucho el contraste de paisajes entre el cámping, tan volátil, frágil y efímero, un sitio sin pasado donde la gente está de paso, situado en una playa en la zona menos próspera del litoral catalán, con la presencia de las centrales nucleares, y una ciudad antigua como Plasencia, donde vivía Rosa, con catedral, conventos, grandes muros de piedra, caserones antiguos con escudos heráldicos.

«Las series son más ágiles para contarnos nuestro tiempo»

Martínez de Pisón es un apasionado de las series televisivas. Una de sus novelas, El día de mañana, se trasladó a la pantalla, de la mano de Mariano Barroso. Aunque no colaboró en el guion, está muy satisfecho con el resultado. En el caso de Fin de temporada la ve más como una película, porque es una historia más concentrada que transcurre en poco tiempo. «Pero ahora la potencia de las serie es mucho mayor que la del cine, así que podría ser una serie de cuatro capítulos», señala. Para el autor, las series «son más ágiles que las novelas a la hora de contarnos nuestro tiempo, de explicar la sociedad en la que vivimos, me da la sensación de que los novelistas necesitamos que pasen unos años para captar y transmitir el espíritu de una época», explica. «Cuando Tolstói escribe Guerra y paz han pasado décadas desde las guerras napoleónicas, no cuenta lo que está viendo», asegura. De hecho, Martínez de Pisón es la primera vez que se acerca al siglo XXI, pues la novela concluye en vísperas del 2000. «Mis novelas ambientadas en épocas más recientes acababan en los 80, en la que llego a los 90, Derecho natural, solo fueron tres páginas», afirma. «El título Fin de temporada alude a muchas cosas que están acabando, en la novela la temporada del cámping acaba varias veces, en la propia relación madre-hijo hay un fin de etapa, ya no va a ser entre una mujer y un niño, sino con un adulto, y finalmente hasta el milenio... Me gustaba esa idea crepuscular de cosas que acaban y que lo impregna todo», explica. Ahora, su intención es contar una historia ambientada en los 40: «Aunque mis novelas se parecen y mantienen ese aire de familia, voy a intentar que se parezcan menos», asegura.

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