La memoria del presidio de Caetano Veloso, una enmienda al Brasil de Jair Bolsonaro

El rescate del cara a cara de «Hopper/Welles» muestra en Venecia al autor de «Ciudadano Kane» aplastando al entonces «enfant terrible» que venía de «Easy Rider»

Caetano Veloso, en el filme documental «Narciso em Férias»
Caetano Veloso, en el filme documental «Narciso em Férias»

Venecia / E. La Voz

Narciso em Férias es un ejercicio de cine testimonial privilegiado. Ver y escuchar a Caetano Veloso, solo en plano fijo, relatar lo que fueron sus días de presidio en enero de 1969, en los momentos más duros de la dictadura brasileña, se siente un prodigio de narrativa desde la palabra desnuda. Asisto hipnotizado en el festival de cine de Venecia al relato de Veloso, donde pormenoriza su reclusión, simultánea a la de Gilberto Gil, y cómo desgrana las angustias, la soledad o la incapacidad para sentir (expresada en dos imposibilidades: la de llorar y la de tener una eyaculación).

La evocación del cantante fluye construida desde una emotividad que abarca desde momentos de flaqueza, cuando sí afloran las lágrimas -al recordar el castigo que sufrió el sargento que permitió que abrazase a su mujer-, al humor ante la rememoración de las ridículas acusaciones bajo las cuales fue encarcelado: parece que su música, el movimiento tropicalista que abanderó junto a Gil, «desvirilizaba» a la juventud brasileña. Narciso em Férias se va destilando como obra de honestidad personal porque no hay en su protagonista ni asomo de dramatización. No carga las tintas en su experiencia. No hubo torturas. E incluso Caetano Veloso reconoce que él siempre estuvo muy lejos del socialismo marxista.

Con esa misma legitimidad cobra mayor peso su denuncia de aquellas cárceles de la dictadura -y de las actuales- como una segunda esclavitud porque a los desheredados de las favelas no se les trataba como a seres humanos. Son memorables en su relato las explosiones de esperanza de libertad, que él asocia al Hey Jude de los Beatles. O el perfil del interrogador más siniestro, un tipo que cada día se sentaba horas frente a él, que había sido formado en la norteamericana Escuela de las Américas y acusaba a Caetano Veloso de terrorismo cultural y de seguir las ideas del filósofo Marcuse.

Contra el negacionismo

La memoria, su necesidad imperiosa, brilla con tal coraje cuando alguien de la relevancia artística y la sensibilidad inteligente de Veloso se despoja ante la cámara de cualquier atrezo físico o emocional que entiendes la fuerza nobilísima y el alcance urgente de una obra como Narciso em Férias: está rescatando con sus risas, su voz a veces quebrada, su minuciosa materialización de ese tiempo oscuro, una verdad a la que, ahora mismo, nada menos que el presidente de su país aplica un negacionismo cuasi delictivo.

El blanqueamiento por Jair Bolsonaro de la dictadura militar que imperó en Brasil entre 1964 y 1985 -en la que él mismo fue orgulloso capitán- aparece como contraparte a la que Caetano Veloso elegantemente invisibiliza. Ni una sola vez menciona su nombre en esta pieza serena, poética, esta proeza del testimonio que, cuando Brasil supere esta página tan negra, debería exhibirse en todas sus aulas.

Welles humilla a Dennis Hopper

Es Welles/Hopper un esqueje de El otro lado del viento, el material del filme no concluido de Orson Welles que esta Mostra recuperó hace dos años. Durante ese rodaje, el director mantuvo un pulso dialéctico con uno de sus actores, Dennis Hopper, entonces enfant terrible que venía de Easy Rider y parecía apuntarse como émulo del joven Welles. Mucho de eso hay, sin duda, en la forma en que Hopper es pasado a cuchillo por las dagas de lucidez y cinismo aplastante del cineasta en su ocaso. Contemplar esa escabechina es un pantagruélico y algo cruel show que deseas que dure más que sus 130 minutos.

Gianfranco Rosi, el apandador

En la competición pasó Gianfranco Rosi. Es este uno de esos golfos apandadores de premios en festivales: ha ganado con documentales tramposos y manipuladores nada menos que un Oso de Oro, manoseando la crisis de los refugiados del 2015, mostrando cadáveres extraídos del mar. Y el León del mismo color aquí mismo en el 2013. Con Notturno supongo que aspirará a repetir. Esta vez el espíritu carroñero quiere abarcar la tragedia en Siria, Irak y Líbano: se sirve literalmente de enfermos mentales de un psiquiátrico y de niños que dibujan las matanzas naíf. Solo los niños y los locos dicen la verdad. Y los borrachos. Tipos como este Rosi, al frente de una cámara ebria de ambición, carente de cualquier ética, venden un hemisferio terráqueo por una libra de oro cercana al corazón.

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