Verónica Forqué: «A mi ex le dije: Manolito, échate pa' un lado»

«Era una mujer sometida y no lo sabía», asegura Verónica Forqué, que a sus 65 ha descubierto la felicidad. Incombustible, acaba de estrenar «Salir del ropero», la comedia con la que pudo despedirse a carcajadas de su queridísima Rosa María Sardá


Que nadie crea que por dulce es menos directa. La Forqué (Madrid, 1955) tiene carácter, y mucho. El suficiente para renacer de sus cenizas tras una gran depresión que la sumió en la más profunda oscuridad. Hoy, la actriz con más Goyas junto a su compañera Carmen Maura (ambas tienen cuatro), es una mujer muy diferente y, definitivamente, más plena: «¡Estoy muy buenorra!», bromea entre carcajadas como lo que es, una gran dama de la escena española.

—¿Qué te llevas de este último rodaje con Rosa María Sardá?

—Es que es como si la tuviera aquí al lado ahora mismo, fíjate. Era muuuuy graciosa, la gente se va a mear con lo que voy a contar. Me llevo la alegría de que su última película haya estado yo a su lado, me he reído lo más grande, como siempre. Y me ha dicho barbaridades, como siempre, ja, ja. A mí y a todos. Es que era muy burra, taaaan divertida. No te voy a contar anécdotas. Bueno sí, te la cuento. Ella, como todas las actrices de más de 45, no te digo ya de más de 70 que tenía ella, tenía muchas inseguridades. Que si la papada, que si el culo caído, que si el muslillo flacucho, la teta caidilla, la tripilla… Te ves eso. Entonces la ropa hay que pensarla bien para que tú te veas mona. Y ella estaba muy mona porque siempre ha sido muy delgadita, no tenía tripa, un pecho muy bonito, pequeñito, precioso… y una piel que te puedes morir. Que yo le decía: «Rosi, ¿tú te das cuenta de la piel que tienes?». Y ella: «Bueno, algo hay que tener… Eso no me lo he arreglado», ja, ja. Era muy bonica.

—¿Y qué pasó?

—Un día estaba torcida porque de vestuario le pusieron una chaqueta de cuero roja, hacíamos de bolleras, y yo estaba con ella en el camerino y se miraba y se remiraba, y decía: «No me queda bien, me queda estrecha». Y le digo yo: «Rosi, te queda un poco estrecha, pero como la llevas desabotonada... ¡Si además esta chaqueta es tuya!». Y ella: «Sí, pero me viene pequeña». Cada vez estaba más enfadada, y yo le dije: «Rosi, tú no te enfades». Y me suelta: «Tú métete en tus asuntos», ¡ja, ja, ja! Total, que como ya la conozco hago como que me voy a hacer pis y salgo del camerino. Y a los tres o cuatro días estábamos cenando todos los actores y dice la Sardá: «Yo a Verónica le digo barbaridades. Ella hace como que no las oye y yo hago como que no las he dicho», ¡ja, ja, ja! ¿No es genial? Sabía que a veces decía cosas que te hacían polvo, pero era tan buena, tan leal… de las personas más leales que he conocido.

—Era una mujer auténtica.

—Ella se quedó sin madre muy joven, con 12 o 13 años. Era la hermana mayor e hizo de madre con sus tres hermanos más pequeños. Yo la conocí cuando hicimos ¿Por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo? Ahí ya me contó que uno de sus hermanos se estaba muriendo. Yo le di un paquetito de una cremita india milagrosa de mi maestro, y eso yo no lo olvidó.

—Así que tienes un maestro.

—Sí, tengo un maestro espiritual desde hace muchísimos años. Está muerto ya, pero como que no quiero recordar que no está. Todo lo que soy es gracias a él. Bueno a él como si te digo a Jesús, a Buda, a Mahoma… Bueno, a Mahoma no, que le tengo un poco de manía, pero cualquier maestro espiritual te lleva al mismo lugar, que es a quererte a ti mismo, a estar despierto, a mirarte tú a ti, lo que haces bien, lo que no, lo que te falta, lo que te sobra.

—Da miedo eso, ¿no?

—A mí no, porque estoy muy acostumbrada desde los 20 años gracias a mi madre, que era argentina y se vino a España con mi abuelo, que era gallego. Aquí mi mamá conoció a mi papá y se quedó. Pero mi madre traía de Argentina en el 47 unos libros que aún conservo de yoga, que aquí no sabían ni lo que era. Ella hacía ya la vela y el arado, las posturas, y siempre tuvo una gran inquietud espiritual. No era religiosa, creo que ni estaba bautizada porque mi abuelo era muy rojo, pero con esa inquietud enorme como yo. Un día me dijo: «Nena, vamos a ir a un sitio que nos van a enseñar a meditar. Y yo: «¿Eso qué es?». «Como un yoga para la mente», me dijo. Eso te hace decir: «Pero qué hija de puta soy, ¿cómo has podido decirle esto ayer, Verónica?». Porque te limpia la mente, es como si te duchara, porque la mierda, con perdón, se va expandiendo. Y hay veces que no te gusta nada lo que dices, lo que haces o lo que piensas. Eso te ayuda a limpiarte y a quererte.

«Mi abuelo era muy mujeriego, como mi papá. Mi mamá hizo lo que hacemos todas, buscar el modelo»

—¿De dónde era tu abuelo?

—¡De Coruña! Ya hice un reportaje allí una vez, que no sé si estaba separada. Es que yo digo todo antes de la separación o después de la separación, ¡ja, ja! Se fue para Buenos Aires en el año 20, con 18 años, porque tenía un hermano allí que era militar y le dijo: «Vente para acá que en la banda hacen falta músicos». Mi abuelito (José Vázquez Vigo) de música no sabía nada, la flauta... poca cosa. Pero se fue para allí y empezó a ganar su dinerito y a estudiar música. Hizo composición, dirección de orquesta… Mi abuelo era un crac, pero no lo conocí porque murió la misma semana que yo nací, la primera semana de diciembre de 1955. Allí murió en Buenos Aires comiendo con unos amigos de la SGAE de allí, separado, de un ictus… Bendito sea Dios, murió como un ángel porque le cayó la cabeza en el plato, pero muy joven, con 54 años, creo. Se quedó viudo muy joven, era muy simpático, muy guapo y muy mujeriego. Como mi papá, igual (José María Forqué). Mi mamá hizo lo mismo que hacemos todas, buscarnos un modelo como nuestro papá, que es el amor de nuestra vida en realidad.

—¿Y qué sientes cuando vienes a Galicia?

—Oy... me encanta Galicia. Últimamente he ido a muchos cursos de interpretación en Santiago. En A Coruña voy mucho al teatro, y la última vez fue con La respiración. Con esta, Las cosas que sé que son de verdad, empezamos la gira el día 3. Me encanta la dulzura de la gente, la forma de ser sonriente y tranquila del gallego me va mucho. Y la tierra. Y la comida y la lechuga de Galicia, ¡es que me encanta! ¿Cómo hacen ese pan tan rico?

—¿Podemos decir que tu separación fue la última vez que saliste de tu propio ropero?

—Sí, total, total. Vamos, sin ningún género de dudas. Yo era muy desgraciada ya, estaba muy aburrida. Porque Manolo (Manuel Iborra) es un tío cojonudo, hemos hecho películas y nos hemos reído. Lo que más me ha unido a él es mi niña María, que es un sol y la tengo gracias a él. Que me la curré, porque primero él no quería niños, después sí quería niños pero no venía… Bueno, fue muy bonito y ha sido un padre maravilloso, se le ha caído la baba con su niña, se ha ocupado mucho de ella porque yo he trabajado más que él. Luego hemos tenido tata y ayuda en casa, pero le falló el trabajo. Y ser director de cine es muy complicado, hay que tener muchos cojones. Y él no los tenía. Es un hombre muy miedoso, vive instalado en el miedo, y si vives así eres un desgraciado y haces desgraciado a todo el mundo de tu alrededor. Así que dije: «Manolito, échate pa' un lado». Él lo hizo, y para mí sobre todo fue... ¡volver a viviiiiiiiiir! Yo tenía 58 años cuando le dejé y verdaderamente parecía una señora de 78. Ahora hago lo que quiero, no tengo que pedirle permiso a nadie, porque con él había que pedir permiso para todo. No me dejaba viajar, yo no podía ir a Roma a ver a mi amiga, porque me decía: «Tú sabrás», con una cara hasta el suelo. Yo he sido una mujer sometida sin saberlo. Lo he sido durante 34 años.ç

—Pero qué decisión tan difícil…

—Mira, tuve una depresión severa en el 2014 y no sabía lo que me pasaba. Pedí ayuda, fui al psiquiatra, que me mandó una medicación que él no me dejaba tomar y llegué a tomar las pastillas a escondidas. ¡Imagínate! Yo empecé a hacer terapia con un psicoanalista con el que sigo, y un día me dijo: «Es que Manolo, es que Manolo… El problema no es Manolo, el problema eres tú, que permites que Manolo no te deje hacer un viaje con tu amiga, que permites que Manolo no te deje esto y lo otro… Entonces el problema no es él». Y para mí eso fue como ¡Guauuuuuuuuuuuu! ¿Perdona? ¡Que la responsabilidad era mía! Tú tienes que ponerle los límites a las personas, como a los hijos. Él pone límites a todo, como es tan miedoso… Y no estoy hablando mal de él, estoy hablando de él porque me da la gana. Estoy en un punto en el que hago y digo lo que me da la gana, siempre y cuando no haga mal a nadie. Y como con él no puedo hablar porque no quiere y me tiene una manía horrorosa, ¡ja, ja! Y con mi hija tampoco puede hablar de este tema porque de temas personales no habla, pues hablo yo. A ver si le llega algo y se despierta un poquito.

«Yo tuve una depresión y tomaba las pastillas a escondidas»

—Hay un paralelismo con tu personaje en la película…

—¡Eso, eso! ¡Cambiando de tema!

—No, para nada. Precisamente iba a decirte que tu personaje se acepta a sí misma y sale del armario ya con una edad, como tú.

—Exactamente, no lo había pensado. Sofía sale del armario porque reconoce su propio ser, lo que quiere de la vida, y descubre que ya es mayor y que le queda un telediario, y yo hice un poco lo mismo. Dije: «Vamos a ver, hay que salir del armario y hacer locuras, ir de viaje». Yo ahora viajo, voy con mi hija a todos lados, me hago cada viaje…

—Y tú que eres tan espiritual, ¿crees que todo está escrito?

—Yo creo que no todo está escrito ni muchísimo menos. Creo que uno es responsable, no sé si cien por cien, pero en un porcentaje muy alto, de su propia vida. No es que lo crea, es que lo sé. Las decisiones que he tomado, que si esta película la hago o no, que si a este novio me lo follo o no, que si tengo hijos o no, van marcando la película de nuestra vida, naturalmente. Y luego el de arriba, en el que creo cien por cien, te va diciendo: cuidado. Pero necesitamos estamparnos para aprender.

—Bueno, entonces esta es tu mejor etapa, ¿no?

—Yo creo que puedo decir que esta es la época más feliz de toda mi vida, sí. Ojalá estuviera con la teta más mona. Que hasta fíjate, me gusta mi cuerpo más que antes. Porque yo he sido delgadita, aunque con los años la tripita ya sabes. Y me he enganchado al Pilates. Me ayudó mucho a mejorar una lesión de espalda con la que tuve una segunda depresión más leve. Así que desde que hago Pilates estoy muy guay, ¡estoy muy buenorra! Ja, ja, ja.

—La verdad es que cuesta imaginarte triste, sin esa sonrisa. ¿Te lo guardas?

—Pues si me llegas a ver en mis dos depresiones... Por las mañanas me parecía una putada haberme despertado. Es una enfermedad tremenda, se pasa muy mal y se sufre mucho, muchísimo. Lo único que realmente quieres es morirte. Yo recomiendo a todo el que tenga atisbo de depresión, sensación de que va a tener un bajón, que pida ayuda cuanto antes y vaya a un buen psiquiatra y terapeuta. Y siempre hay un motivo. El antidepresivo te saca del muermo, te da ganas de comer, de beber, de ir al cine, de hacer el amor... Bueno, a mí de hacer el amor no, porque ya con este no tenía ganas, ya no le quería. Pero si tú no entiendes por qué has caído ahí, vas a volver a caer. El antidepresivo te saca del pozo, pero también te impermeabiliza un poco frente a la vida, hace que sufras menos y después hay que dejarlo muy despacio y con ayuda. Manolo me confortaba mucho, fue buenísimo: «¿Qué te hago, qué te compro? Date una ducha, vamos a dar un paseo». El pobre mío fue maravilloso. Quién le iba a decir que me iba a poner buena y le iba a decir: «Échate pa'un lado» ¡Ja, ja, ja! Algo bueno hizo, además de a mi hija.

—El trabajo también te ayudó. Alguna vez contaste que «La que se avecina» fue muy importante.

—Yo estaba en plena depresión y me llama mi repre y me dice que nos han llamado de La que se avecina, que me querían para un personaje. Dije que sí, fui e hice de esa alcaldesa medio gilipollas que era genial. Me dio una vida enorme salir de mi casa, vestirme, hablar, disimular… Porque no puedes ir con tu muermo a la gente, ¡solo faltaba! Y allí estuve feliz, todos me acogieron fenomenal. Estaba trabajando muy bien. Gracias a eso y a la medicina a escondidas, me curé.

—Oye, ¿y dónde tienes tus cuatro Goyas? Porque ocupan lo suyo…

—¡Ayyyyy! Tengo uno en casa, que lo traje de casa de mamá cuando murió. Pero uno se lo regalé a mi querida Nanci, que me ayuda, porque me lo pidió. Otro se lo regalé a mi amigo Antonio, que es un peluquero de Granada, y se lo di para su peluquería. Y hay otro que lo tengo traspapelado y no sé donde lo tengo, ¡ja, ja, ja!

—Cosas que pasan, ¿no?

—Claro, si los objetos no valen nada. Lo que vale es la amistad de mis compañeros, y que te sigan diciendo: «Venga, nena, puedes seguir haciendo cosas». Lo veo más como un abrazo que el objeto en sí. Es más bien feo, no me gusta nada. Además no sé por qué coño Goya, tendría que haber sido Buñuel, ¿no? Lo de los Goya no lo entiendo. Lo digo porque además como mi padre, que era un santo, no tuvo nada que ver con esto… Y todo esto te cuento, mi amor, que me enrollo mucho. ¡Un biquiño!

Conoce nuestra newsletter

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Comentarios

Verónica Forqué: «A mi ex le dije: Manolito, échate pa' un lado»