McDormand, orgulloso tallo de hierro en el gigantesco filme «Nomadland»

La realizadora Chloé Zhao lleva a Venecia un cine de elegíaca veracidad


Venecia / E. La Voz

Esta 77.ª Mostra, alicaída y en orfandad, se tenía guardada bajo la manga ya no un as, sino una baraja astral. Esta etapa de Alberto Barbera como director había venido asentando su fortaleza creciente en la evidencia de haber marcado el paso de la película norteamericana de la temporada, en un orden artístico o mediático, desde The Master a Joker, pasando por Gravity, Birdman, Spotlight, La La Land y la incrustación mexicana de Roma. Y así, en la última jornada de estos diez días de desconcierto surgió Nomadland y mandó a parar.

Lo que Chloé Zhao y Frances McDormand gestan en esta abrumadora pieza maestra es un renacimiento de una de las más consolidadas tradiciones americanas: la de la construcción de la vida desde el movimiento, la búsqueda de la esperanza en el camino, en la conquista o en el horizonte. La manera en la que Nomadland enlaza con esa senda que va de John Ford al Terrence Malick de Días del cielo es singularísima. Porque no se construye desde la epopeya de la colonización, sino en sus antípodas: desde la pérdida del lugar, del territorio. Y con la fuga como único camino. El rumbo errante del personaje de McDormand como tallo de hierro desplazado de su vida en uno de esos pueblos vaciados (Empire, Oklahoma) por el desahucio coral de la Gran Recesión. Una mujer abocada a vivir en la precariedad y dentro de una vieja caravana, sobre las cuatro ruedas que la separan de ser homeless.

McDormand se apodera de ese alma de misfit, de supuesta inadaptada, y reconceptúa junto a Zhao el perfil estereotipado de esos millones de norteamericanos marginados por el sistema, empobrecidos, etiquetados peyorativamente como basura blanca. Como carne de cañón, enfurecidos posibles votantes de Trump. En Nomadland directora y actriz abren un rompeaguas y por él fluye un ennoblecemiento de esa white trash. Un cauce, una veta áurea de resistencia en la desubicación. Y por ahí asistimos al nacimiento de una poética de la derrota que inunda la pantalla.

Dos mujeres, la china Zhao y la norteamericana McDormand, exploran territorios que beben de nombres como Steinbeck, Dos Passos, William Kennedy o Cormac McCarthy. Pero que ahora se reencauzan hacia una ruta de emancipación orgullosa e inmanente. McDormand termina de agrandar su leyenda. Y, en un sabio segundo plano, un portentoso actor fetiche del cine independiente, David Strathairn, la lleva a afinar aun más la proeza.

Lo de menos es que la película vaya a ganar los Óscar -que lo hará- o que aquí se lleve el León de Oro o el premio de interpretación para McDormand. Lo esencial es asistir al nacimiento de una de esas obras de fuerza mineral y generosa, de las que te reconcilian con los deseos de libertad en un mundo feo. Y frente a competidores que, en este festival, juegan justo a lo contrario, a explotar las emociones por pura ambición: son la bosnia Jasmila Zbanic, el italiano Gianfranco Rossi o el mexicano Michel Franco, los de Quo Vadis, Aida?, Notturno o Nuevo orden, que pueden engañar a un jurado y salir de aquí con alguna vil victoria. Pero su brillo no resistirá más allá de un titular, y Nomadland es ya cine de la elegíaca veracidad y, al tiempo, de la leyenda.

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