Leonardo Padura: «He tenido la tentación del exilio, pero necesito a Cuba para escribir»

Narra las vidas de un grupo de amigos, la mayoría de los cuales abandona la isla


Leonardo Padura (La Habana, 1955) ha escrito la gran novela del exilio cubano, Como polvo en el viento (Tusquets), en la que narra de forma magistral, con una estructura compleja y gran profundidad psicológica las vidas de un grupo de amigos, llamado El Clan, que sobrevive en el tiempo pese a la dispersión, porque la mayoría de ellos se van de su país. El autor responde desde su casa en la capital cubana.

-En su novela hace un retrato amargo, realista y nostálgico de su generación. ¿Queda algo en pie de aquellos ideales que representan los personajes?

-Quedan la fidelidad, la amistad, la complicidad, la fraternidad. Incluso permanece el rechazo a la traición, el engaño, el miedo… Creo que muchas cosas pueden ser coyunturales, dictadas por las circunstancias políticas de un momento o una etapa, pero que si se pierde lo que debe ser permanente entonces la derrota es definitiva, total. Por eso uno de los personajes, medio irónicamente pero muy en serio, dice varias veces: «Vamos de derrota en derrota, hasta la victoria final»… Por suerte, hay esas cosas que no se han perdido y que para mí son esenciales, pues están en mi código ético y hasta genético. Me eduqué en una casa donde los conceptos de fraternidad, de mi padre masón, y solidaridad, de mi madre católica, eran práctica vital sostenida, y en mi caso y en el de varios de mis amigos, acá o allá, los hemos salvado del tsunami.

-¿Es la novela de un fracaso colectivo, el de la revolución?

-El fracaso de muchos miembros de una generación puede tener muchas lecturas, y es lo que pretendo decir en una novela en la que las lecturas políticas van a subir a un primer plano, pero que en el texto están sumergidas, a favor de esas cosas permanentes y esenciales de que hablé antes. Las lecturas políticas son más directas, más fáciles, más reactivas y a la larga más coyunturales. Las lecturas existenciales, humanas, generacionales pueden ser, es lo que pretendo, más viscerales y, en esencia, más ilustrativas de lo que significa el peso y el paso de la historia sobre los individuos, como yo, como mis personajes, como mi generación.

-Usted ha dicho que ni yéndose de Cuba, los cubanos se van. ¿Es tan difícil desprenderse de Cuba?

-Siempre es difícil desprenderse de lo propio. Lo sabemos los cubanos, lo saben los gallegos. La gente no emigra porque quiere, en la mayoría de los casos, sino porque tiene que hacerlo por distintas razones y una parte de su vida queda atrás. Cuba tiene poderes magnéticos, como otros muchos lugares del mundo, y los cubanos vivimos con esos imanes a cuestas.

-¿Nunca ha sentido la necesidad de exiliarse?

-He tenido la tentación, como muchísima gente. En esos años de la década de 1990 en que faltó todo acá en Cuba, lo pensé, como otros muchos. Pero puse en la balanza lo que tenía, lo que podría tener y lo que necesitaba tener, y la necesidad ganó. Yo necesito a Cuba para hacer lo que hago, escribir. Quizás fuera tendría mejores condiciones materiales, me habría comprado otro auto, sigo en mi fiel Subaru de 1997, porque un auto nuevo en Cuba puede costar un cuarto de millón de dólares… Entendiste bien, un cuarto de millón de dólares o de euros, pero de lo que estoy casi seguro es de que no habría escrito lo que he escrito. Y eso para mí es lo importante. Y por eso pago un precio: que en Cuba no me promuevan, que apenas me entrevisten, o que fuera de Cuba digan que soy un oficialista y un mal escritor y me agredan por cualquier cosa que diga o haga. Mientras, acá, en mi casa de siempre, con mi mujer de siempre y mi carro viejo… yo escribo.

-¿Esta novela es la que más le ha costado escribir?

-La gran dificultad tuvo que ver con la estructura, que no es lineal, sino una espiral, acumulativa, lo que implicaba tener una atención especial con cada hecho narrado, ubicándolo en su espacio y tiempo, y los modos de concebir unos personajes que procuré que no fueran esquemáticos, que no fueran representativos, sino, y sobre todo, humanos. Y la dificultad mayúscula fue trabajar con personajes protagónicos femeninos. En la novela hay tres: Adela, Elisa y Clara. Las tres distintas. Las tres complicadas. Las tres con misterios… y de verdad me hicieron sudar esas mujeres tratando de entenderlas.

-¿Planificó la novela o fue improvisando? ¿Releyó, como hace siempre, algún capítulo de «Conversación en La Catedral»?

-Esta vez no releí el inicio de Conversación… ¡Me la volví a leer completa! Pero también releí a Carpentier, Vázquez Montalbán, Franzen, Auster… porque todas las ayudas son necesarias en un proceso como el de escribir una novela tan compleja en su planteamiento dramático y estructural. El método en la primera versión fue simple: sabía lo que iba a pasar en el capítulo 2 y escribí el primero. Luego ese 2 que más o menos sabía. Aunque luego descubrí cosas tan importantes como ciertos deseos ocultos de unos personajes, y me asomé al vacío… A partir de ahí fui avanzando paso a paso hasta un final posible que no fue el definitivo. Y comencé a reescribir todo. Lo reescribí todo ni sé cuántas veces, hasta que sentí que ya no podía más, que ya no soportaba más esa novela y… fin.

«Cuba no es infierno ni paraíso, se debe parecer al purgatorio»

 «Cuba no es ni el infierno que dicen unos ni el paraíso que venden otros y por tanto se debe parecer más al purgatorio. Acá es posible vivir con cierta normalidad en la peculiaridad de una sociedad como la cubana», afirma el autor de El hombre que amaba a los perros.

-En «Como polvo en el viento», Darío pasa de ser un adicto al castrismo a uno del soberanismo catalán. ¿Es una forma de unir dos tipos de fanatismo político?

-Es posible. Pero no lo vi con esa perspectiva. Con Darío y sus opciones políticas quise ver la necesidad de creer en algo, que en su caso se produce por ósmosis, por mímesis. Cree en lo que piensa que debe creer, que es correcto y necesario creer, como mucha gente que conozco, influenciable y voluble, que un día milita en el bando de Dios y al siguiente en el del Diablo, y en los dos desfila con banderas y da gritos a los otros. Un fanatismo de conveniencia más bien. Y en su caso esto se agrava por su necesidad de ser otra persona, por la urgencia de no volver al sitio de donde salió.

-¿Qué ha supuesto la presidencia de Trump para Cuba tras la apertura que significó Obama, con la que acaba el libro?

-Volver a lo que ya conocíamos, a lo de siempre: a la tensión, la confrontación, el odio, la agresión verbal y hasta física. ¡Lo que le gusta a los fanáticos! Estamos en uno de los puntos más bajos de las relaciones entre los dos países. Trump ha elevado los controles y medidas del embargo, ha alentado el odio. Pero nada de eso es raro. Trump ha dividido a los estadounidenses de una forma que puede ser muy peligrosa, está en guerra con medio mundo, habla mal hasta del Gobierno alemán. Así que si también ha afectado a Cuba, pues está en su ADN.

«Ahora hay más tensión en la isla por el acceso a la comida o a los jabones que por el coronavirus»

Leonardo Padura está pasando «regular» el confinamiento. «No me he enfermado, nadie de mi entorno cercano se ha enfermado, tenemos pertrechos suficientes para sobrevivir, se acaban algunos, aparecen otros, resolvemos como decimos por acá, no me ha faltado trabajo, tengo en mente la idea para una nueva novela, pero no poder estar más con los amigos, ni ir a la playa, ni viajar y luego relajarme unos días es complicado», señala. «A veces siento que algunos amigos están cada vez más lejos y que empiezan a perderse en la distancia y eso me afecta», concluye el autor de la serie de novelas protagonizadas por el detective Mario Conde.

-¿A qué atribuye una incidencia tan baja de la pandemia en Cuba comparada con otros países?

-En el plano sanitario, no estamos mal. Ser una isla sin duda ayuda. Pero tener las fronteras cerradas es complicado, más para un país que depende mucho del turismo. Lo que resulta evidente es que el sistema de salud cubano ha funcionado bien. Ahora estamos muy preocupados con un rebrote, se dictan medidas de confinamiento estricto para La Habana, y tenemos unos 50 casos por día y menos de diez muertos en agosto y comparativamente con otros países son cifras ridículas.

-Dice que el mundo al que vamos se parecerá al que retrata Huxley en «Un mundo feliz». ¿En qué nos cambiará la pandemia?

-Ya nos está afectando en lo sanitario, lo económico, lo social, lo familiar. Cuánto cambiaremos se sabrá en el futuro. Lo que me da un poco de miedo es que hemos entregado muchos poderes a los poderes y luego cuesta mucho recuperar lo que hemos prestado bajo la presión del miedo.

-¿Cómo ve la situación actual en Cuba y su evolución futura?

-Muy complicada. La evolución depende mucho de cómo se gestione esta coyuntura que está provocando la crisis sanitaria y la crisis económica global, con incidencia en Cuba, pero potenciada por los problemas económicos internos y la presión creciente del embargo. Ahora en la isla hay más tensión por el acceso a los bienes de consumo más necesarios, desde comida hasta jabones, que por el coronavirus. El Gobierno está proponiendo aperturas económicas, mayor circulación y uso de las divisas extranjeras, unificación monetaria y cambiaria, incremento de las exportaciones. Estrategias para salir lo menos lastimados posible de un proceso que ya es duro para la vida cotidiana de un país que ha vivido por décadas en crisis.

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