Matt Dillon muestra la tersura de un actor fiero en «El gran Fellove»

La japonesa «Any Crybabies Around?» habla de monstruos y redenciones


san sebastian / e. la voz

Fue Matt Dillon un caso de irrupción en el cine por la que parecía ruta de los actores que han llegado para crear leyenda. El padrinazgo de Coppola en Rebeldes y La ley de la calle le dio pronta aureola de émulo de aquellos otros outlaw de la era del Actor´s Studio: Brando, Dean, Monty Clift. Y luego Gus Van Sant reforzó sus trazas de maudite en Drugstore Cowboy. Como se sabe, más tarde las cosas no fueron por ahí. Ignoro en qué momento se bloqueó el camino. Quizás cuando aceptó oficiar de segundón de lujo en comedias de los Farrelly como Algo pasa con Mary. O tal vez ya entonces estaba escrito que en su interior algún impedimento le iba descabalgar de las potencialidades exhibidas cuando joven cimarrón.

Hace un par de años, Lars Von Trier lo rescató para darle un rol destroyer: el killer serial de La casa de Jack podría haberle devuelto al cosmos de los intérpretes dotados para la crueldad exterior y la íntima tersura. Dillon, que en tournée a contratiempo viene de ser jurado en Venecia, desembarcó en San Sebastián para presentar su faceta sensible de entomólogo de la música cubana prima della rivoluzione en El gran Fellove, en la que recupera a una figura olvidada de la edad de oro de La Habana de los cabarets, los puentes aéreos de Bing Crosby, Sinatra y los puentes de mando en plaza de Lucky Luciano o Meyer Lansky. Sobre la melancolía de esa ciudad perdida sobre la que edificó sus ríos de melancolía Cabrera Infante se perfila un músico de virtuosismo polifacético que modernizó el género popular cubano, inyectándole el scat que en 1955 trasladaría a México. Como si hubiese previsto que lo que se venía en menos de cuatro años no iba con su talante.

Dillon llevaba trabajando en este documental más de dos décadas. Se reflejan en un riquísimo material de archivo. Después, el pulso de las imágenes es algo balbuciente, a ratos desgalichado. Pero deja constancia de que bajo la máscara de la dureza, lleva este actor inquietudes no habituales en esa profesión.

Homenaje a El Drogas

Además de ello, como completando un díptico de tributos musicales, por el festival pasó Enrique Villareal, uno de esos indomeñables nombres que discurrió en línea musical paralela a la de la gente divina de la muerte y muchas veces esnob de La Movida. El Drogas, como se le conoce desde siempre, fue líder del grupo de rock urbano Barricada. Y de unos himnos que opositaban a la resistencia en los antípodas de los laísmos de Ana Torroja. La película es homenaje a un tipo íntegro, a una música tantas veces excluida del foco por ser considerada working class y periférica. Y, en conjunción con el filme de Julien Temple dedicada al boss de The Pogues le da este festival un toque inhabitual, entre punk y hardcore, en la poesía que rezuman la vejez o casi la consunción de ambos héroes cansados.

Por otra parte, en la sección oficial del festival, el filme japonés Any Crybabies Around?, de Takuma Sato, parte de un arranque muy prometedor: el de la tradición japonesa de celebrar las Navidades aterrorizando a los niños al meter en sus casas a unos monstruos con armadura de paja y cabeza paniqueante. Y el exhibicionismo destructivo de su protagonista, que en ese escenario navideño se muestra en televisión en pelota picada y se convierte instantáneamente en apestado social.

Hay en este filme un interesante trayecto de redención de ese hombre que ha hecho desencarrilar su vida en una noche de furia. Y que se lame las heridas con la nobleza de quien sabe que ya nunca llegará a nada.

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