«Host», de broma privada en multiconferencia a gran metáfora de los miedos del confinamiento

La francesa «La nube» alimenta un ejercicio brillante de terror de invernadero que nace de lo íntimo y lleva a la explosión de la plaga de langosta

Fotograma de «Host»
Fotograma de «Host»

Sitges / E. La Voz

Host, que pasa por ser la película-conmoción del confinamiento, surgió de una broma semiprivada. La que Rob Savage gastó a un grupo de amigos al convocarlos a una videoconferencia en Zoom en aquellos días del más áspero encierro. Un asalto con sorpresa mayúscula de susto espiritista fake que trascendió y se fue haciendo viral. Como esas autopistas de las redes admiten velocidades imposibles de asimilar, muy pronto aparecieron unos avezados productores que olisquearon las posibilidades de convertir esa experiencia en una película y en un evento. De ese reguero de pólvora, surgido en los claroscuros de los recintos angostos del encierro forzoso de cada uno de nosotros, nació este Host, que ha devenido obra de culto súbito. Y que es capaz de generar una expectación sobrevenida global con su metraje de multipantalla y tecno-horror que no alcanza el metraje de duración, concretamente 57 minutos. De hecho, su pase único en Sitges, en una jornada de entresemana con las salas del festival semidesértizadas, alcanzó un significativo sold-out. Y un ambiente de asistencia a una ouija virtual más que a una proyección. Y con la pantalla partida como superficie sustitutiva de la ya ancestral mesa camilla circular. En un momento en el cual los duelos del negocio como Disney o Sony han abdicado, de acuerdo a la lógica del capitalismo más egocéntrico, de sus responsabilidades de mantener las columnas basales del negocio resultan especialmente sugestivas aventuras como esta de Host. De momento ya ha logrado distribución en España.

Mis prejuicios de tipo analógico ante cualquier propuesta de interfaz de ordenador -todavía tengo retortijones si pienso en algo de Nacho Vigalondo llamado Open Windows- los vence esta película en la cual el sustito -palabra tomada de un momento estelar de Arturo Ripstein pero desnuda aquí de matiz peyorativo- muda en miedo muy real a medida que esta reunión espiritista de confinados va exhalando su sana mala baba en las ventanas de los invitados a la fiesta de Rob Savage, en la cual el don de lo macabro se trufa con el humor en dosis de inteligente alquimia del terror. Y que nadie me diga que esto se parece al abominable Proyecto de la Bruja de Blair.

Me resulta extremadamente perturbadora la francesa La nube, opera prima de Just Philippot bendecida por el sello Cannes 2020. Pertenece a una rama del cine de terror animal muy específica, una entomología en la cual la plaga de langosta se alimenta de la enfermedad psíquica de su protagonista, una granjera en la ruina que cría saltamontes. Está mucho más cerca de Los pájaros que de El enjambre (aquella cochambrosa superproducción de Irwin Allen con abejas africanas de atrezo). Porque La nube prospera sobre lo que podríamos llamar terror de invernadero: se va fortaleciendo más a partir de las tempestades íntimas de una naturaleza humana en descomposición moral que en función de una montaña de efectos especiales. Y por eso incomodan sus picaduras.

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