La escritora indaga la historia de las hermanas Soong, que configuraron la China moderna
11 feb 2026 . Actualizado a las 18:40 h.Autora de superventas como Cisnes salvajes, la demoledora y polémica biografía Mao (coescrita con su marido, el historiador Jon Halliday), y Cixi, la emperatriz, sus libros han sido traducidos a más de cuarenta idiomas y han vendido 15 millones de ejemplares. Ahora Jung Chang (Yibín, Sichuan, 1952), escritora china residente en Londres, publica Las hermanas Soong (Taurus), dentro de su proyecto de contar la historia moderna de su país a través de figuras fascinantes y poderosas.
Las tres protagonistas de su última obra, Ei-ling, la Hermana Mayor (1889-1973), Ching-ling, la Hermana Roja (1893-1981) y May-ling, la Hermana Pequeña (1898-2003), tuvieron un papel destacado en la creación de la China moderna. Estuvieron casadas con personalidades históricas muy importantes. Dos eran anticomunistas furibundas y la otra, la Hermana Roja, llegó a ser vicepresidenta de Mao. Sus maridos fueron H. H. Kung, primer ministro de la China nacionalista y el hombre más rico del país; Sun Yat-sen, considerado el padre de la China moderna; y Chiang Kai-shek, líder máximo del país durante 22 años, antes de Mao. «Son mujeres con vidas extraordinarias, apasionantes, personajes muy complejos, con luces y sombras», afirma.
-Ha investigado usted la China moderna, ¿cómo ve la de hoy?
-Ahora en China hay más represión que nunca desde la muerte de Mao. Está en su momento más álgido. Yo siempre dudo a la hora de hacer cualquier tipo de predicción porque me he equivocado en el pasado. Durante muchos años nunca pensé que China pudiera tener un líder que, de manera genuina, quisiera devolver al país a la época de Mao, que realmente creyera en el maoísmo. Yo no predije ni intuí que alguien como el señor Xi Jinping llegara al poder. Lo más importante para ellos es mantener el control por parte de un partido único, al tiempo que consiguen que la economía funcione y que el nivel de vida de los chinos sea relativamente satisfactorio.
-¿Qué reputación tiene Mao actualmente en China?
-Su retrato está en la puerta de Tiananmen, su cuerpo en el mausoleo para que la gente lo adore, y su cara en todos los billetes, así que sigue siendo venerado por parte del régimen. Ahora más que nunca desde su muerte. Hubo un período en el que en lugar del rostro de Mao en los billetes había cuatro caras de otros dirigentes, las estatuas de Mao fueron derribadas, su Libro Rojo desechado, pero está volviendo. No se puede debatir sobre él, si alguien lo hace puede perder la pensión o ir a la cárcel, es muy peligroso. Estamos ante esta represión del Estado y de tal forma se ha preservado su memoria. El régimen ha suprimido esos recuerdos sobre Mao y la gente simplemente repite lo que quiere que repita.
-¿Qué recuerdos le vienen a la cabeza cuando piensa en la época de Mao?
-Le voy a dar uno, aunque parezca banal. Cuando iba a la escuela un día nos dijeron: «Tenéis que salir de la clase para arrancar la hierba del jardín y las flores», porque Mao decía que tenerlas era una costumbre burguesa y había que acabar con todos los jardineros. Al jardinero de mi escuela durante la Revolución Cultural lo apalearon hasta la muerte, o se suicidó, no recuerdo bien.
-¿Mao fue un genocida a la altura de Hitler y Stalin?
-Mao es de la misma liga que Hitler o Stalin. Fue el responsable de como mínimo setenta millones de muertos durante un período de paz. Esa resurrección de su imagen y el ahogo de toda crítica a Mao son muy desalentadores.
-¿Cómo es su situación personal respecto a China?
-Mis libros están prohibidos. Cuando publiqué la biografía de Mao se difundió mediante fotocopias. Era emocionante. Pero a lo largo de los años estas copias han ido desapareciendo y ahora es prácticamente imposible hallar en la Red una sola mención. Después del 2006, cuando se publicó la biografía de Mao, me prohibieron visitar a mi madre, pero gracias a la ayuda del Gobierno británico pude visitarla 15 días al año. Es lo que he hecho entre el 2007 y el 2018, en el que no fui porque el clima político había cambiado tanto que por una leve crítica a Mao te detienen. Me aconsejaron no ir. Este año tampoco iré por la pandemia. Cada vez que volvía estaba como en una burbuja, solo podía ver a mi madre, que ahora tiene 90 años, y a mi familia más allegada, a nadie más. Eso me crea mucha ansiedad porque ella es frágil y va frecuentemente al hospital. Es el precio que se paga por escribir la historia de China honestamente.
-¿Cree que el covid es una creación de China, como dicen algunos, para perjudicar a Occidente mientras allí está controlado?
-No sé. Tenemos que esperar a que haya investigaciones independientes con científicos internacionales. Para llegar a la verdad hay que profundizar, porque muchas veces las cosas no son como parecen. En cuanto a si está controlado, China tiene un nivel de control que no puede tener una democracia occidental. Si te dicen que te quedes en tu piso, no te mueves, pueden rastrear a todas las personas. El Gobierno sabe perfectamente a quién has visto y dónde has ido. Yo antes me muero de coronavirus que padecer este control impuesto.
La niña que rompió su primer poema por miedo a las represalias
Jung Chang cuenta que siempre quiso ser escritora, pero en la China de Mao resultaba imposible, porque «prácticamente todos fueron perseguidos, muchos acababan en el gulag o eran ejecutados». Incluso escribir para uno mismo era peligroso. «Tenía 16 años, estaba en la cama puliendo mi primer poema, escuché un golpe la puerta y era la Guardia Roja, que había entrado en nuestro piso. Si lo encontraban, mi familia y yo habríamos tenido problemas, por lo que salí corriendo al lavabo, lo rompí en pedacitos y tiré de la cadena», relata. «Los años siguientes trabajé como campesina, operaria del metal y electricista», recuerda. Durante la Revolución Cultural su familia cayó en desgracia. Tras el fallecimiento de Mao, en 1976, «China empezó a cambiar, me dieron una beca, fui del primer grupo de chinos que llegamos al Reino Unido». En 1982 obtuvo un doctorado en Lingüística en la Universidad de York. «Ya podía escribir, pero me había abandonado el deseo de hacerlo, había llegado a un mundo completamente distinto, era como aterrizar en Marte, y quería dedicar cada minuto a empaparme de él», evoca. «Escribir para mí es mirar atrás y hacia dentro en un pasado que en ese momento quería olvidar, pues era muy doloroso para mí», señala. En 1988 su madre fue a Londres y empezó a contarle «historias suyas, de mi abuela, su relación con mi padre, no podía parar». Cuando a los seis meses se marchó, le dejó 60 horas de cintas grabadas y así fue como empezó a escribir Cisnes salvajes, publicado en 1991. Después abordó la biografía de Mao, «porque dominaba toda mi vida interior y alteró completamente la de millones de personas».