FICX, cine como terapia, redención y catarsis

El Festival Internacional de Cine de Gijón abre las pantallas a la realidad social y a la reflexión sobre el dolor íntimo y también el histórico como vía de exorcismo

Fotograma de la película «Amor sin ciudad», dirigida por Pedro Sara y Violeta Pagán
Fotograma de la película «Amor sin ciudad», dirigida por Pedro Sara y Violeta Pagán

El cine, aparte de como hecho lúdico, puede ser afrontado como medio de acercamiento, canalización, reflexión e incluso purgación de diversos temas, preocupaciones o situaciones, un hecho que implica tanto a los creadores que lo exorcizan como al propio espectador que lo recibe.

A este tipo de cine es al que nos acerca el FICX (Festival Internacional de Cine de Gijón), y buen ejemplo de ello es Amor sin ciudad (Pedro Sara y Violeta Pagán, España, 2020), ejercicio de catarsis para toda una serie de estudiantes de la Escuela Dentro Cine (Madrid) y Unocine (Salamanca). De la mano de sus profesores (y directores del filme), estos jóvenes en situación de vulnerabilidad escriben, interpretan y realizan unas historias que son las propias, unas experiencias personales tamizadas por el filtro de la ficción -pero reales al fin y al cabo- que se muestran a modo de relatos cruzados y que son una herida abierta, que empieza su sanación al «dejarse al aire».

Rodada justo antes de que explotase la pandemia, cuando las clases aún eran presenciales, Amor sin ciudad se muestra tosca en alguno de sus planteamientos, con desigual interés y calidad de unas historias frente a otras, pero en conjunto, ofrece un mosaico que conforma una catarsis colectiva y un ejercicio de psicología ante las cámaras. Cine como terapia, pero también como proceso artístico y pedagógico.

Junto a ella, se han visto estos días otras propuestas como la japonesa Voices in the wind (Nobuhiro Suwa), triste, y también redentor, relato sobre la pérdida a través de los ojos de una adolescente huérfana. Historia de dolor personal pero a la vez colectiva, al extrapolar el sentir de esta joven al de un país con sucesivas catástrofes en su Historia reciente (tsunami del 2011, accidente nuclear de Fukushima, bomba atómica de Hiroshima…), heridas profundas que aún no han sanado y que laten bajo la superficie de cicatrices -físicas y emocionales- de toda una población.

Y heridas de su pasado reciente conserva también Rumanía, como vemos en Uppercase Print (Radu Jude), interesante simbiosis entre imágenes televisivas de archivo y la plasmación a modo teatral del proceso (real) al que fue sometido un estudiante por la realización de pintadas-protesta. Gracias a ello, ofrece un fresco sobre la Rumanía socialista de principios de los 80, con especial incidencia en el papel de la Securitate (Servicio de Inteligencia Rumano), dando como resultado un documental ficcionado de original formato e importancia histórica.

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