La incontinencia creativa de una Taylor Swift que enamora

«Evermore» sucede a «Folklore» y muestra a una artista en racha. Una joya. Otra más


Es necesario recordarlo para los adanistas, los que consideran que las cosas empiezan a existir cuando ellos levantan el pulgar de aprobación: Taylor Swift ya era una artista excepcional antes del 2020, cuando ese público y esa crítica que ahora le ofrecen todo tipo de piropos la veían como un olvidable producto comercial. Ahí está 1989 (2014) para quien desee saborear la excelencia previa al giro dado con Folklore (2020) y que ahora, solo cinco meses después, corrobora el recién editado Evermore. De nuevo por sorpresa, en Internet y de un día para otro. Un autosuficiente y glorioso «hago lo que me da la gana» que se ha convertido en uno de los picos del año.

Al lado de la oleada de grandes discos de veteranos como Bob Dylan o Bruce Springsteen y de la confirmación (y aceptación) de Bad Bunny y J. Balvin, el resumen del 2020 pide un hueco muy especial para estas dos colecciones de deliciosas canciones. De nuevo, repite clima otoñal, tono pretendidamente íntimo, producción tenue (Aaron Dessner de The National) y, sobre todo, inspiración. Hay mucha magia flotando por estas 15 canciones maravillosas. Cosas como Gold Rush, que se abre como una flor melódica de pétalos radiantes, son de lo mejor que se ha podido escuchar en meses. Su cameo con Bon Iver en la titular Evermore, con la que concluye el álbum, deja con ganas locas de adquirir la inminente copia física (con dos temas más). Y su juguetón No body, no crime con Haim (¡con reminiscencias del Poison de Alice Cooper!) da otra cara de un disco unitario pero lleno de matices. Una joya. Otra más.

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