La Luna es la luciérnaga de Giselle

Kor'sia estrena en los Teatros del Canal su visión del mito balletístico, imponiéndole su estilo contemporáneo para leer lo romántico como huérfano de memoria humana

Kor?sia estrena en los Teatros del Canal su visión del mito balletístico
Kor?sia estrena en los Teatros del Canal su visión del mito balletístico

No era fácil: mimetizarse con lo mítico de un ballet romántico como Giselle, pieza por antonomasia del repertorio clásico, destrozarlo y, desde un escrupulosísimo respeto, presentar un discurso dramático completamente nuevo con un lenguaje contemporáneo de altura. Presentar, digo, una historia que intenta imprimir en el mito la realidad más actual, haciendo el camino al revés y preguntándose cómo se pueden explicitar, en ese contexto, los sentimientos que ahora son propios de la especie humana en el marco de un vapuleadísimo siglo XXI.

Y tan al revés: la versión de Giselle que Kor’sia estrenó en los Teatros del Canal el pasado día 11 de diciembre comienza con una defunción, la de la doliente doncella. Así, mientras el público toma asiento, con el telón echado y ante la presencia de un féretro en vertical, acompañado por un clarinete con uno de los leit-motiv de la partitura de Adam, nos vemos de inmediato presos de la curiosidad de saber qué cosas nos van a contar en una hora y treinta minutos sobre alguien (o algo) -su historia y misterio- que está muerto. O que necesita renacer.

La primera pregunta que surge ante el ataúd de alguien a quien podríamos tomar por Giselle (el clarinete nos incita a ello) es por qué los ideales nos han abandonado, qué ha pasado, qué nos ha pasado. Y a partir de estas preguntas tan elementales, ir viendo qué nos desmenuzan los 90 minutos de pauta contemporánea, en un lay out tan enérgico y potente -del que por otra parte es deudor la propia compañía-, ante el enorme espectro en forma de planetario emocional al que nos intentan trasladar los chicos de Kor’sia. Ese espectro (es muy conveniente señalar aquí la doble senda de significación que adquiere el término y ponerla en relación con el libreto original de Gautier: espectro como múltiple abarcable, espectro tomado como individualidad), mejor dicho, la totalidad de ese espectro, nos permite situarnos en dos momentos clave de la obra: el de la locura y el del renacimiento; todo ello atravesado hermosamente por el amor, por el hecho de volver a amar. (Ambos ámbitos presentes, repito, en el libreto original; y esa es una de las grandezas de esta coreografía: contar lo de allá, acá.)

Todo arranca con una frase. «My name is Carolina», dice en varias ocasiones un off en inglés (Carolina es cualquier mujer, porque Giselle es cualquier mujer), mientras se va abriendo en el escenario el que será uno de los mundos de esos dos importantes momentos. Un campo de golf en plena campiña de color rojo-rubí, por un lado; y, por otro, un espacio -el otro mundo, que aquí es nuevo mundo- que se crea para volver a ocupar el suelo. Al fondo unas montañas, un green, banderines y hoyos, material deportivo, un monopatín, y un ordenador que, a lo largo de esta primera parte, la más narrativa y lineal de las dos, pasa de unas manos a otras, de una persona a otra, mientras en la pantalla se lee constantemente la palabra «love».

Como dos únicos volúmenes escenográficos, de carácter total y protagónico, está un larguirucho foco, exactamente igual que Wall-e, el robot espacial y sensible de Pixar, y un imponente círculo que hace las veces de gran Luna, el satélite que preside cenitalmente la obra y el escenario. Esa luz, la luz de la noche, pero también del día, es el horizonte perdido de un grupo de deportistas, hombres y mujeres, que viven inmersos en la danza de la velocidad, del intacto, y del sesgo individualista perfectamente conectado a la vez que extremadamente in.

Es entonces cuando el estilismo cobra un especial sentido dramático y narrativo. Los diez bailarines, ilustrando realidad, se nos presentan vestidos de ejecutivos con corbata y ropa de marca, todos jóvenes y súper bien peinados, derrochando una juventud tan insultante como hedonista. Parecen competidores, son competidores. Aquí el hecho bailado se faja de un contemporáneo en la fluidez del no tocarse, de pasarse un ordenador unos a otros como si con ellos no fuera lo de relacionarse. Son sucedáneos o simulacros de sí mismos, y solo paran cuando la hermosa Luna los llama. Es entonces que, casi sin querer, se agrupan y miran hacia arriba, recordando «humanamente» qué bueno es hacer de un «todos separados» (código de barras que carga obsolescencia emocional) uno único que sea capaz de unificar una mirada. Así de claro se ve.

Y también hay paso a dos, claro. Pero uno sin rastro de la idea romantizada de bailar. Y mientras eso es así, el modo en que se participan se hace enormemente cercano y hermoso. A base de contorsión, un hombre y una mujer se alían para enseñarnos qué grato recuerdo es el tacto, qué bueno es saber que la piel comunica como todo lo demás; como siempre ha sido. Está realmente bien planteado este paso a dos. Y muy bien ejecutado: lento y armónico, pese a lo rudo de algún movimiento. Eso es lo que lo hace bello: la dulce tosquedad.

Y es que la técnica contemporánea que desenvuelven estos bailarines, alimentada directamente desde el clásico, es muy buena, no solo por la agilidad en la calidad de sus movimientos, sino por el ámbito que abarcan sus extensiones y elasticidad y la composición de sus fraseos.

¿Aparece en algún momento el ballet clásico? Pues sí, lo hace. Y qué bien queda. De uno en uno, de dos en dos, o de tres en tres. Danza campestre, abrupto lirismo resumido como si se tratará de una tira de storyboard; ritmo arrítmico que llama al clásico golpeándolo suavemente. Sencillo y maravilloso. De agradecer el guiño.

La consigna es renacer

Pues tras el green, llega el no-green, y el momento del arrebato, y como si de repente se planteara una carrera, algo que ellos muestran y profesan, sucede el momento de la locura, presentado aquí como la consciencia en el plomo absoluto de la soledad. La agitación física llega al paroxismo (y volvemos aquí a señalar la energía de esta compañía), para acabar desapareciendo todos. La Luna se pierde y baja. Pero es esa misma Luna la que llama a un nuevo futuro. La que sin ninguna duda lo afirma en el círculo de su propia luminosidad.

Porque el futuro viene de abajo, siempre de abajo, de un útero oculto en el suelo del que al dente, y en mitad de una densa niebla (alusión al bosque romántico), van saliendo cuerpo a cuerpo, ahora ya vestidos sencilla y limpiamente, personas que encarnan la esperanza con el ánimo de encontrar un nuevo tipo de individuo; uno que vuelva a la oralidad, que ame; que lo haga como quiera, pero que vuelva a amar; en realidad, a reaprenderse amando. La lentitud de los cuerpos en correspondencia con ese nuevo mundo -aquí no inframundo- encuentra abrazos y besos, besos y abrazos, corros, manos unidas; lo propio ante una Luna omnipresente que esta vez, sí, es mirada como tiene que ser:  con la ilusión de que sin ella no volvería a ser posible la vida en el planeta.

Porque, si algo queda claro en esta obra es la importancia que adquiere la caja mágica, el cine en el espacio, la astronomía; y el efecto, entre emocional y espiritual, o sea, antropológico, que todo eso produce. Merece mucho la pena detenerse un poco en este aspecto. Poner en primera persona el efecto circular de la Luna, especificado precisamente en eso, en el círculo, no en la esfera, es aludir directamente a los antecedentes del monumento megalítico de Stonehenge, tan venerado por William Stukeley (1687-1765), que ha estado presente en alguna de las versiones de la Giselle del siglo XIX. El efecto del cénit solar sobre las piedras, la magnanimidad espacial que en plena Tierra alberga eso. Es algo monumental y totémico. En palabras de Mattia Russo, una de las cabezas visibles de Kor’sia, es algo así como «querer volver a trabajar con el universo, y la Luna está cerca, observar los planetas y su efecto nos hace sentirnos poca cosa. Mirarla cambia nuestros ánimos y a la vez es un símbolo de nacimiento». Tal cual.

Y exactamente igual que la Luna alimenta mareas y partos, símbolo de nacimiento también es el agujero del suelo, porque renacer es volver a salir de nuevo nuevo. «Es tiempo de volver a sentirnos de otra manera, de volver a tocarnos de verdad, de no estar tanto tiempo delante de una pantalla, del tamaño que sea; es algo que la pandemia ha evidenciado, además de estar en la permanente búsqueda del error ajeno, cuando puede que no sea tal». Eso lo que demuestra es la constancia de, en realidad, no querer estar.

Tecno, bases rítmicas y Adam; tó_junto, gloria

Adolphe Adam (1803-1856) compuso casi por arte de magia la música original de este clásico de del ballet. Entre lo rápido que era y que siempre tuvo clara la idea del encargo, la partitura estuvo lista en seguida para llenarse de coreografía. Adam, considerado un romántico puro, es uno de los primeros en proveer a la música para danza de algo tan moderno como la reiteración de un leit-motiv para dar paso una variación (momento estelar de la bailarina o bailarín por su belleza y dificultad) y cambiarlo en otro momento, pero reconociéndose musicalmente como tal.

El sueco Mats Ek, en 1982, mezcló clásica con bases electrónicas y no quedó mal. Pero lo que nos dieron los de Kor’sia con su manera de entender la mezcla desde el respeto es otra cosa. Es difícil explicar por qué no parece una chorrada y que se entienda. En música, si hago una mezcla debo tener en cuenta de dónde vengo para que la mixtura no salte por los aires y desmerezca de la obra original; que los elementos musicales acontezcan parejos y con sentido ante el cuerpo que baila, y se conviertan en un conjunto (lo bailado con lo sónico) que se encomiende a tres santos: precisión, cuerpo y rol. Porque de esa manera estamos incidiendo en lo que se quiere contar, y no al revés, como a veces suele suceder.

Así que, entre la composición musical de Susana Hernández y las aportaciones de Naomi Velissaoriou y Joost Maaskant, cuya producción musical copa el trap, el hardcore o el tecno, hay perfecta excusa para bien tocar, bien acompañar el siglo XIX. Nada molesta, nada interrumpe ni estorba. No es fácil mezclar eso, pero en este caso se ha hecho.

A modo de remate hay que decir que Mattia Russo y Antonio de Rosa, integrantes en su día de la Compañía Nacional de Danza, son las cabezas pensantes y más mediáticas de Kor`sia, y también quienes sostienen una inquietud más investigadora, retándose a sí mismos en cada nueva producción. Un variado eclecticismo, que toma muchas veces de referencia aspectos y temática clásicos -como, por ejemplo, su visión sobre la vida de Nijinsky-, les permite abordar cada creación con la novedad que llega desde lo más noble del juego estilístico, proyectando sobre el escenario imágenes que definen un hecho bailado de carácter propio. Es importante esto.

El resto del elenco, con una gran técnica, la que todo buen contemporáneo requiere, por otra parte, despliega físico a raudales, pero lo pone al servicio, ya no de la obra, que también, sino del otro. Es algo enormemente llamativo, y también equiparable, salvando las distancias, a la lo que siempre proyecta la compañía israelí Batsheva Dance Company, modélica en su contemporáneo donde los haya, y que tiene por casa «promotora», por así decir, al emblemático centro de danza Suzanne Dellal de Tel Aviv. Bien mirado, equiparable a la relación que Kor’sia mantiene con los Teatros del Canal. Ojalá que continúe y se vaya construyendo futuro de otra manera para otras agrupaciones, aquí en España. Que se dé una Kor`sia ya es un ejemplo.  

Como ejemplo es también que Giselle, nacida en 1841, aun se siga visitando, aun siga tocándonos. Será por algo. Así que, cogiendo por la mano la propuesta de Kor’sia, será importante reconocer lo que cuenta todavía el hecho de tocarnos, el hecho de darnos la mano, de construir una cadena. Hagamos que siga contando.

Ficha técnica y artística

Estreno absoluto

Duración: 1 hora y 30 minutos (sin intermedio)

Idea y dirección: Mattia Russo y Antonio de Rosa

Coreografía: Mattia Russo y Antonio de Rosa en colaboración con los intérpretes

Dramaturgia: Gaia Clotilde Chernetich y Kor’sia

Asistente a la dramaturgia: Giuseppe Dagostino

Asesoría artística: Agnès López-Río

Escenografía: Amber Vandenhoeck

Voz: Patricia Rezai

Repetidora: Marina Jiménez Blasco

Música: Adolphe Adam y PERMANENT DESTRUCTION / Naomi Velissariou & Joost Maaskant

Composición musical: Susana Hernández Pulido

Luces: Marc Salicrú

Idea y diseño de vestuario: Adrian Bernal

Realización y diseño textil: Amedeo Piccione

Maquillaje: Vicent Guijarro

Peluquería: Elías Pedrosa para Oculto Hair Club

Realización de escenografía: Mambo Decorados + Sfumato

Atrezos escenográficos: Scnick Móvil

Foto cartel: Ernesto Artillo

Fotógrafos colaboradores: Paul Rodríguez, Pablo Zamora, María Alperi

Vídeo promocional: Alejandro Garrido

Intérpretes: Mattia Russo, Antonio de Rosa, Agnès López-Río, Giulia Russo, Astrid Bramming,

Alejandro Moya, Christian Pace, Angela Demattè, Claudia Bosch, Gonzalo Álvarez y Jerónimo Ruiz

Producción: Gabriel Blanco y Paola Villegas (Spectare)

Directora técnica: Meritxell Cabanas

Giselle es una nueva producción de Kor’sia en coproducción con Teatros del Canal Madrid, Staatstheater Darmstadt Germany, Bolzano Festival

Con la ayuda de: Ministerio de Educación, Cultura y Deporte - Gobierno de España, Comunidad de Madrid, Ayuntamiento de Madrid, Instituto Italiano di Cultura di Madrid

Kor’sia

Estreno absoluto en los Teatros del Canal el día 11 de diciembre de 2020. Madrid.

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