«El rechazo a la poesía está relacionado con el retroceso de las humanidades y el triunfo de la tecnocracia»

El poeta José Luis Argüelles publica su última obra, «Protesta y alabanza»

José Luis Argüelles Argüelles
José Luis Argüelles Argüelles

«Cada día de nuestra vida es, a la vez, himno y elegía», afirma. Con esa dialéctica de vida y muerte ha construido el poeta y periodista José Luis Argüelles (Mieres, 1960) su nuevo poemario, Protesta y alabanza (Impronta), un libro cultivado con emociones, meditaciones, introspección y hermosos versos.      

-¿Por qué surge Protesta y alabanza y cómo se gestó?

-Nace, como todos mis libros anteriores, de la necesidad de una escritura que permita algún tipo de averiguación sobre mi relación con el mundo. En mis poemas hay mucho de indagación, de «ponerme en claro» o de buscar las zonas de sombra de lo que parecía diáfano. Protesta y alabanza es el resultado de una convicción que ha ido perfilándose en los últimos tres o cuatro años: somos dialéctica medida de todas las cosas; luz y oscuridad, vida y muerte. Cuando estaba a punto de dar por terminado el libro, encontré la cita de Sophia de Mello que abre el poemario y en la que resume, certera y en unas pocas palabras, todo esto que digo. La gran poeta portuguesa piensa, y yo con ella, que estamos hechos de louvor e protesto, es decir, de alabanza y protesta. Cada día de nuestra vida es, a la vez, himno y elegía.

-Hay muchas reflexiones y emociones en su poemario. En muchos poemas impera el recuerdo y la memoria. ¿Qué importancia tiene el pasado en su Protesta y alabanza?

-Un poema es poco si no transmite algún tipo de emoción, incluida la estética, claro. A mí me gusta, además, que sea también meditación y que nos entregue alguna experiencia de vida. Así que me alegra cuando dice que en Protesta y alabanza hay muchas reflexiones y emociones. Bueno, el pasado es siempre lo que nos trae hasta aquí, hasta un presente precario que está siempre desvaneciéndose. Y por eso recordamos, para saber que hemos vivido y que la vida sigue con nosotros. Digamos que todos tenemos una novelista particular a la que llamamos memoria. El ser humano es razón, con sus consensos civilizatorios (de la democracia a la compasión), y ficción. Una y otra se imbrican. Casi todos los poemas, no solo los de Protesta y alabanza, están atravesados por esa tensión.

-Porque hay también una recurrente reflexión sobre la vejez, sobre el paso de los años y la asunción de que la juventud queda muy atrás. ¿Es una inmersión en otra etapa de la vida?  

-En una ocasión, casi en broma, dije que envejecer bien exige un talento casi revolucionario. Gil de Biedma nos dijo en uno de sus más repetidos poemas, con descarnada lucidez, cuál es el único argumento de la obra. En este sentido, tampoco yo me engaño. Sí, el paso del tiempo -ese «nunca más volveré a ser joven» del poeta de Las personas del verbo- está presente en algunos de mis poemas. Pero hay que oponerse, con esa astucia revolucionaria a la que me refería, a que la vejez nos convierta en insufribles contadores de batallitas o, lo que es peor, en insoportables cascarrabias. Y escuchar, escuchar siempre a quienes tienen algo verdadero que decir, sean viejos o jóvenes.

-También aparece en los poemas el contemplador de la vida al pasar, el observador de las aceras y las calles y de los gorriones, no sé si influido por su faceta periodística.

-Sí, me gustan mucho las calles, las aceras… Y, como buen mierense, las terrazas. A los mierenses nos encanta sentarnos en las terrazas. José Hierro lo captó perfectamente nada más poner pie en la plaza de Requejo, en Mieres, y lo dijo en una frase que ha tenido eco. En Gijón, sigo haciendo bastante vida de terraza. El poema Camarada gorrión nació, precisamente, en una terraza de la calle Corrida. Los treinta y tantos años de ejercicio periodístico han sido, por supuesto, toda una escuela: me han disciplinado para poder ver y escuchar mejor, para tratar de comprender con mayor amplitud a los demás y para saber que debemos estar siempre con las víctimas, con los perdedores de tanta injusticia social y con los creadores de algún tipo de felicidad genuina. Es imposible escribir a diario en los periódicos durante tanto tiempo sin un punto de modestia y empatía. Es una profesión que te enseña a cada hora la obligación de entender cabalmente las cosas para contarlas bien.

-¿Cómo se conjuga el periodismo y la poesía?

-Supongo que periodistas y poetas se parecen en que buscan, por caminos distintos, algún tipo de verdad que oponer a la incertidumbre del no saber o de saber muy poco. Los periodistas se agarran al relato de lo que consideran hechos probados, a los datos, y los poetas cavan en su interior en busca también de alguna certeza o asidero. Los diferencia entre unos y otros está en el uso del lenguaje y en la relación que tratan de mantener con las palabras, aunque he leído reportajes, columnas  o crónicas que logran el mismo resultado que la mejor poesía: conmover, emocionar, iluminar. El periodista se sirve del acontecimiento y lo explica, mientras que el poeta quiere provocar ese acontecimiento a través de una experiencia verbal nueva y singular.

-Escribe: «La vida no me ha hecho en nada sabio/, y solo desaprendo, ya perplejo/, las palabras que extienden tanto lodo».  ¿Todo ese ruido diario es un buen acelerador de su poética?

-Son los tres últimos endecasílabos de un soneto de aniversario, uno de esos momentos en que nos paramos a pensar un poco en nuestra andadura y nos fijamos algún buen propósito. Entiendo por ruido lo que nos distrae de lo fundamental, así que estoy en contra del ruido, incluido el periodístico, el de las redes sociales o el de los malos poemas. Contra la palabrería que solo arrastra lodo, las palabras necesarias que portan el agua y la música de algún tipo de entendimiento que nos ayude a mejor caminar por la selva oscura de la que habló Dante.

-¿Qué debe hacer un poeta ante ese lodo?

-Aprender a detectarlo para impedir que te arrastre. Hay que estar siempre en guardia. Un gran poeta como Manuel Machado escribió sonetos a Franco; otro muy grande poeta, Neruda, dedicó odas a Stalin. Poseían una alta destreza retórica, una inteligencia verbal muy aguda, pero fueron incapaces de no dejarse arrastrar por ese lodo, por el peor ruido de su tiempo. Del lodo y el ruido más terrible del siglo XX, Celan extrajo en cambio el que es uno de los tres o cuatro mejores poemas del siglo XX, Todesfuge (Fuga de la muerte).

-Hay además metapoesía, poesía que habla de poesía. Cita a Ben Lerner. ¿Cree que la poesía suscita odio? ¿Quién puede odiar la poesía?

-El título del poema más largo de Protesta y alabanza está tomado de ese librito de Lerner, El odio a la poesía, que no es gran cosa como ensayo pero que tiene el acierto de preguntarse el porqué de la manifiesta animadversión de mucha gente hacia la poesía. Mi opinión, como he dicho en otra parte, es que ese rechazo está muy relacionado con el retroceso de la enseñanza de las humanidades y el triunfo de una tecnocracia basada en la ilusión de la falsa rentabilidad económica, la ansiedad de consumismo, el narcisismo incompasivo y el espectáculo del que habló Guy Debord con tanto acierto. Hay ahí todo un bloque de odiadores de la poesía, en alianza con los mercaderes de la literatura y los profetas del culto a la supuesta novedad que no tiene nada de novedad. Pedro de Silva ha hablado muy acertadamente de la «miseria de la novedad». En ese poema al que se refiere y que enlaza quizá con Zagajewski en Oviedo, otro texto de Gran desconcierto, mi anterior libro, defiendo la necesidad de la poesía como forma de un conocimiento de índole muy especial.

-Abundan las referencias a otros autores: Cernuda, Whitman, Geoffrey Hill, Antonio Machado, Szymborska… ¿Qué hay de ellos en Protesta y alabanza?

-Todos los que cita son nombres de maestros a los que por una u otra razón admiro, poetas a los que he leído y sigo leyendo. Son autores de estilos muy distintos, pero me gusta pensar que comparten una visión de la escritura que hago mía: la poesía como intensidad verbal contra la muerte y, por tanto,  como intento de reparación del daño que nos acompaña.

-¿Cómo ve el panorama de la poesía en Asturias?

-Defiendo desde hace tiempo una tesis que no ha tenido mayor eco, pero que creo acertada: en Asturias está todo en crisis menos la creación artística, de la música al cine. Y la poesía no es una excepción, tanto en asturiano como en castellano. Resulta difícil dar con otro momento en el que hayan coincidido a la vez tantos y tan buenos poetas. La última antología preparada por Miguel Munárriz,  Los últimos del XX, en la que reúne a quince poetas asturianos nacidos después de 1980, es solo un ejemplo. Y no hay más que detenerse en las selecciones de poesía española de los últimos años para ver que en casi todas están incluidos poetas nacidos en Asturias. La verdadera fortaleza del Principado son sus creadores y su muy potente acervo cultural, pero a este lado del Payares seguimos instalados en el lamento por la industria perdida y los recurrentes diagnósticos sobre las causas de nuestra decadencia. ¿Conoce a algún político que hable de estas cosas?

-¿Se atreverá a escribir en asturiano?

-Preparé en su día la antología más amplia sobre los poetas del Surdimientu, Toma de tierra, publicada por Trea, y he sido jurado durante años de algún premio importante, como el Teodoro Cuesta, pero no he escrito más allá de cuatro o cinco poemas en asturiano, todos convenientemente extraviados. Por edad pertenezco a una generación que fue educada en castellano, cuando aún vivía Franco y en las escuelas se reprimía toda palabra en asturiano. Es una lengua que leo con fluidez y hablo con la naturalidad con que se emplea en Mieres, pero en la que lamentablemente escribo con mayor torpeza e inseguridad que en castellano. Y así lo admito. Mi experiencia biográfica me lleva a pensar que por eso es deseable, además de necesaria, la oficialidad del asturiano.  

-Describa su proceso creativo. Sus manías, sus rutinas, sus horarios…

-En realidad y a diferencia de lo que ocurre con los textos informativos, de opinión o de crítica, no tengo fórmulas precisas. Los poemas suelen surgir a partir de un grupo de palabras con una determinada secuencia rítmica que, con mayor o menor extensión, anoto en un papel cualquiera. Y los doy por concluidos cuando creo que esos textos no me piden más correcciones. Publicar es una manera de poner en limpio todos esos materiales, aunque con los años sienta a veces la tentación de volver a algún poema para mejorar este o aquel verso. Es inevitable. Como casi todos los periodistas de la vieja escuela, llevo siempre conmigo un bloc y un bolígrafo, así que puedo tomar notas, apuntar ideas, en cualquier sitio. Pero los poemas los cierro en la mesa de trabajo de mi casa, después de desechar versiones que voy pasando al ordenador e imprimo. No tengo especiales manías, rutinas u horarios. Y lo que de verdad me gusta es leer.

-¿Cuál ha sido su lectura principal durante estos meses de pandemia y recomiende un trío de lecturas para este comienzo de año dominado por la pandemia?

-Leo bastante: poesía, por supuesto, pero también ensayo, novela, diarios… Durante la pandemia he leído más novela negra o policiaca de lo habitual, pero también las impresionantes memorias de Arthur Koestler, que tenía pendientes desde hacía tiempo, o las de Daniel Bensaïd. También a un conservador tan inteligente como Roger Scruton, a un clásico como Boecio o la monumental biografía que Benjamin Moser ha escrito sobre Susan Sontag, que fue un personaje ineludible del final del siglo XX. Y recomendaría algunas lecturas de asturianos para empezar el año: el hermoso libro que Ricardo Menéndez Salmón ha escrito por encargo del Museo de Bellas Artes de Asturias, Este pueblo silencioso; el potente ensayo que Pablo Huerga Melcón ha dedicado al rock desde la perspectiva del materialismo filosófico, Welcome to the Machine, y la poesía completa de Juan Ignacio González, En tierras como estas. 

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