«Basada en hechos reales», series que golpean con crímenes del pasado

«La infamia» y «22 de julio» dan brillo a una fórmula muchas veces denostada


Basada en hechos reales. Hubo un tiempo en el que esas cuatro palabras eran una especie de maldición para películas y miniseries. Una etiqueta para producciones baratas destinadas a rellenar la parrilla las tardes estivales o de fin de semana en las que destacaba más el morbo del suceso que la historia. Pero las plataformas cuentan ahora con series gourmet que se sustentan en crímenes que han dejado cicatriz social y que presumen de que su narración está basada en documentos judiciales e informes de la policía. El «basada en hechos reales» es el pilar sobre el que erigen estructuras sólidas, crudas y conmovedoras, que muchas veces golpean el estómago del espectador sin el gancho de lo escabroso o del sentimentalismo fácil y que hacen que resuene la misma pregunta. ¿Cómo pudo suceder? No son aptas para todos los días ni apetecibles por todos los públicos. Pero necesarias.

La infamia

Abusos a menores en el Reino Unido. La infamia (Filmin) es una miniserie de tres capítulos dirigida por Philippa Lowthorpe que se centra en cómo el sistema cerró los ojos ante la red de abuso sexual de menores de Rochdale, cerca de Manchester. Cruda y sin barnices, muestra el desamparo de las víctimas en una maquinaria que sí sabe de clases. Sobre el relato planea la misma idea planteada en el documental Jeffrey Epstein: Asquerosamente rico (Netflix). El delito se mantiene durante años, porque, aunque tengan 13 años, a las chicas se las trata como prostitutas por el simple hecho de estar en uno de los escalones más bajos de la sociedad, víctimas sojuzgadas y porque son consideradas por gran parte de los adultos white trash, basura blanca. También tiene ecos de Creedme (Netflix), serie en la que la protagonista vive un doble calvario: el de su violación y el de la lucha porque se le conceda credibilidad a su testimonio.

«22 de julio»

El atentado de Utoya, un trauma para toda Noruega. Los autores nórdicos, ya sea del ámbito literario o del audiovisual, se encargan de recordar que los sistemas de esos países, con los mejores niveles de bienestar del mundo, tienen grietas muy oscuras en las que crecen todo tipo de delitos. Pero masacrar un campamento juvenil de las juventudes socialistas en una isla idílica causando 77 muertos sobrepasa cualquier expectativa del horror. La serie 22 de julio (Filmin), basada en los atentados perpetrados por el ultraderechista Anders Breivik en el 2011. Más que centrarse en el epicentro del terremoto, prefiere observar todo lo que tiembla y se resquebraja a su alrededor en un país supuestamente modélico como Noruega. Y los seis episodios conmueven sin estruendo. Basta con ver la escena de los chavales nadando baja la lluvia de balas desde la otra orilla, donde los campistas disfrutaban del verano unos instantes antes. O las lágrimas de los policías que han peinado la isla para contar muertos. O el silencio de la caravana de coches fúnebres. Pero es también un reconocimiento al servicio público, el sanitario y el periodístico, ambos con sus pesares.

Muerte en salisbury

Un ataque con un agente nervioso en suelo británico. El 4 de marzo del 2018 un hombre y una joven fueron encontrados en estado inconsciente el banco de un parque de la localidad británica de Salisbury. Los síntomas parecían encajar con el consumo de heroína o crack en mal estado, pero aasí no los perfiles de los pacientes. Se trataba de Sergei Skripal, de 66 años, y su hija, Yulia. Skripal era un exespía que había sido acusado por los rusos de trabajar para los británicos. Las pruebas detectaron que los dos fueron envenenados por un agente nervioso de nauraleza militar que puso en riesgo a todos los habitantes de la ciudad. La miniserie Muerte en Salisbury (Movistar) cuenta cómo aquel episodio dejó a miles de ciudadanos al borde del abismo. No necesita sangre para aterrorizar ni épica para retratar el heroísmo. Es más perturbador el hecho de que por momentos parece que en la pantalla asomara un documental en lugar de una serie.

Delhi crime

Una agresión salvaje que hizo que se cambiara la ley en la India. Con 23 años, Jyoti Singh Pandey se subió a un autobús nocturno en un barrio de Delhi el 16 de diciembre del 2012. Poco después apareció en una cuneta, junto a su acompañante. Estaba desnuda. Había sido violada y torturada. Su estado era muy grave. Fue un ataque tan brutal que incluso se salía de los parámetros salvajes de otros crímenes anteriores. Provocó la indignación de gran parte de la sociedad y cambios en la legislación india. Una mujer, mando intermedio de la policía de la metrópoli, se encargó de llevar el caso. De la mano de esta protagonista, el espectador se mete en una investigación que se desarrolla un mundo distinto al que le suelen proporcionar las series y largometrajes, con luces y sombras propias, en el que hay agentes que se echan a la bartola y otros trabajan sin horario y pagan la gasolina del coche policial. El personaje principal pertenece a esa nueva generación de mujeres fuertes que asaltan la pantalla tomando decisiones y tirando del hilo de la historia. En este sentido, es una hermana lejana, por ejemplo, de la Catherine Cawood de Happy Valley, con todas sus diferencias.

Todas son potentes miradas que golpean con hechos conocidos como si fueran nuevos, que vuelven a llamar a la puerta de conciencias e inquietudes. Porque nada hay como el asombro de lo real cuando parece increíble.

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