Stravinski, el Picasso de la música

Se cumplen este martes 6 de abril 50 años del fallecimiento del gran compositor ruso

El músico Ígor Stravinski
El músico Ígor Stravinski

Redacción / La Voz

«La palabra experimento tiene significado en el campo de las ciencias. En la composición musical no quiere decir nada. Ninguna composición musical buena podría ser meramente experimental; es música o no lo es; hay que oírla y juzgarla como cualquier otra». Así, con esta rotundidad, resumía su ideario Ígor Stravinski a su asistente, amigo y confidente Robert Craft, también director orquestal, y cuyas proteicas conversaciones editó en castellano el sello Alianza en 1991 (Acantilado hizo lo propio tiempo después con Ígor Stravinski y Robert Craft. Memorias y comentarios). Con aquella sentencia avanzaba el compositor ruso que no aceptaría ser clasificado como un mero vanguardista por una obra que supuso para la música, en cierto modo, lo que la de Picasso -con quien mantuvo una estrecha relación: le dedicó una pieza y le encargó la escenografía para su ballet Pulcinella- representaba para la pintura y el arte en general. Es decir, respeto y conocimiento de la tradición y, sobre ella, trazado de una senda de transformación, ruptura y continuación.

Stravinski (Oranienbaum, actualmente Lomonósov, Rusia, 1882) falleció a los 88 años, un día como este martes, 6 de abril, en Nueva York, en su apartamento en la Quinta Avenida, tras dejar una obra que renovó la música al, entre otras aportaciones, asumir la dodecafonía de Schönberg y el atonalismo de Anton Webern y Alban Berg para impulsar sus propuestas y convertirlas en aceptadas, desde una posición de marcado neoclasicismo. La capacidad totalizadora de Stravinski para deglutir, para procesar, para crear, desde sus raíces -su etapa de aprendizaje con el maestro Rimski-Kórsakov y su colaboración posterior con los ballets rusos de Serge Diaghilev-, su espíritu afrancesado -sus vínculos con Gide, Debussy, Valéry, Ravel- y su última experiencia estadounidense, era proverbial.

Su partitura y su virtuosismo para crear imágenes musicales lo asimilaba todo -el acervo popular y el jazz tampoco le fueron ajenos- con naturalidad canónica. Sin su audaz camino, difícilmente se entienden figuras y obras del ámbito contemporáneo como las de Olivier Messiaen y Pierre Boulez.

La consagración de la primavera, que se estrenó el 29 de mayo de 1913 en el teatro de los Campos Elíseos, en París, con un monumental escándalo -por la incomprensión general de público y crítica-, se mantiene entre las más importantes piezas orquestales escritas en el siglo XX, y se la reconoce por su poder inaugural.

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