«Vertikal» en horizontal

Yolanda Vázquez REDACCIÓN

CULTURA

Vertikal
Vertikal Karo-Cottier

La compañía francesa Käfig conquista el aire y lo baja al suelo en una función esplendorosa en el Campoamor

01 may 2021 . Actualizado a las 19:07 h.

¿Saben de ese comenzar cuando uno_a está sentado en un teatro y se desplaza despacio, del centro hacia los lados, algo parecido a unas gigantescas puertas que se abren para mostrar a los ojos del público una nueva lección de danza -de posibilidad romántica-, tan desafiante en su abandono del suelo como para estudiar de qué va lo de no estar en gravedad? Pues algo así es lo que se vio el pasado miércoles en la tercera función del Festival de Danza de Oviedo, que, en llegando a su ecuador, programó el Vertikal de la compañía francesa Käfig (Centro Coreográfico Nacional de Créteil), de la mano de uno de los mejores conocedores de la danza aérea y urbana, el coreógrafo y bailarín francés Mourad Merzouki. 

Querer trasladar la pulcritud de una coreografía tan original, y saber cómo trascender lo que aparentemente se ve, no resulta, de mano, nada fácil. Lo primero que a uno_a le llama la atención es el buen grado de empaste que hay entre componenda escénica, sonido y luz; eso, empezando por el aspecto más externo del producto. De la ejecución y puesta a punto de los bailarines intentaremos hacerlo (a ver si nos sale) más adelante. Pero adelantamos que está mucho más que bien. 

Break dance, Parkur, acrobacia (todo el circo está aquí) y gimnasia: en eso es en lo primero que se repara; en eso, y en que hay mucho arnés. No en vano esto va de danza aérea (como se ha venido llamando a este género en las dos últimas décadas). Pero ese titularse Vertikal para explicar qué es bailar en horizontal hay que fiarlo en largo. Gran parte de la cultura hip-hop (incluida la pintura y la música) está muy presente -y muy delante-  para ser vista de otro modo, gracias a la transformación que sobre ella opera la danza, contada en secuencias y fraseos que van más allá de una intervención urbana, por bien improvisada que esté. 

Vertikal
Vertikal Laurent-Philippe

Aventurarse a decir que la pieza tiene como cuatro grandes zonas o áreas es un intento de contar verdad bailada. Pero son los territorios musicales y su diferencia lo que nos da las pistas para hacerlo; se hace casi imposible trasladarlo de otra manera. Y es que la música, elemento único y principal de todo ese discurrir, nos va avisando, igual que si lo hiciera la carne, de los cambios en los rapeos y vuelos, que, plenos de su propia necesidad, subyacen en el interfaz de la base rítmica, muy acústica en ocasiones y prefabricada en otras sin serlo. Esa misma base rítmica, llena de la aparente dureza del metal, nos da cuenta de por qué la coreografía crece como crece. Y lo hace de forma hermosísima; eso del frío metal que tan imprescindible es para que medre el sonido (y todo lo demás que está fuera de él). 

Merzouki, un hombre cuya casa natural y de entrada a la danza más formada es el hip-hop, es veterano en estas lides, y un coreógrafo que sí ha sabido componer danza urbana con sentido discursivo dentro de caja escénica. El inicio de su formación es el circo y las artes marciales, pero de ahí derivó a su verdadero hábitat, el hip-hop, a principios de la década de 1990. Fue entonces cuando comenzó a sopesar la posibilidad de unir géneros cuya especialidad no radicara tanto en el efecto como en la continuidad de un encadenado ligado a una acción que tuviera significado, que no solo fuera una acción combativa, defensiva o expuesta, sino que nombrara algo: vale decir, danza.

Esto es lo que le llevo a plantearse qué podía hacer con lo aprendido para dotarlo de algo que lo hiciera trascender su propio origen y género. Y lo encontró encerrándolo todo junto en una jaula con música para ver qué salía. De ahí el nombre de la compañía, Käfig, y la idea de la cual partió todo. Un nexo que aún se conserva y que en buena medida se vio el pasado miércoles en el teatro Campoamor.

Apresar el aire

¿Se puede apresar el aire? ¿Es posible? ¿El aire está quieto? ¿Se apoya en algún sitio? La respuesta, para el director francés, es que sí. Y además no hay contradicción en ello. La danza aérea, el imperio de la horizontalidad sobre un eje vertical -si no esta arquitectura y su baile serían imposibles, al menos desde la Tierra- es el motivo en el que se suspende, nunca mejor dicho, un deseo hábil, de virtud aeróbica, donde la gracia del cuerpo atrapa el aire y adquiere un sublime ralentí para dignificar el amago de una acción, una palabra o un tacto en pleno vuelo; o sea: volar besando. Así de difícil y así de fácil.

La pregunta que cabría hacerse es: ¿entonces dónde radica la diferencia? Pues en el caso que nos ocupa está claro, clarísimo: en los brazos y en la plástica elasticidad corporal de todo el elenco, que es alta y muy pareja. Sorprende enormemente el tratamiento; siendo más exactos, el delicadísimo tratamiento que todos los bailarines hacen de ese armazón alado (los brazos), pleno de sensibilidad y dulzura, y cómo se lo lleva a un increíble extremo de engarce con la dureza. Esto es así, y además mezcla súper bien. No todas las compañías, ni artistas que se dicen de ballet contemporáneo, tienen la doctrina y ejecutoria que estos franceses exhibieron en Oviedo. Ni por asomo. (No sale lo que sale si no se sabe bailar, y eso lo saben hasta los ratones de campo.)

Y lo siguiente sería: ¿dónde está el romanticismo, entonces? Pues en el hecho de hacer ver al espectador que con algo tan potente, agresivo incluso, es posible una nueva lección amorosa de estar en la danza en cota cero; es decir, con un cuerpo, sin peso y sin masa, al que solo sostiene un arnés; uno que aquí funciona como línea de vida: la atadura que en muchas profesiones de riesgo (construcción, ingeniería civil o minería) se utiliza para no perder el contacto ni el equilibrio. Y aquí el equilibrio también entiende de dimensiones emocionales. De eso va Vertikal. 

Sonido y luz, protagonistas de la aceleración gravitatoria

La obra, de unos setenta minutos de duración, está en todo momento conducida, más bien mecida, por la incuestionable composición musical de Armand Amar, un relato tan claro y explícito que nos hace mantener la atención en el seguimiento, sin solución de continuidad, de unos cuerpos que vuelan, trepan, giran y abrillantan el suelo, de forma esplendorosa y total, ofreciendo un mundo de posibilidades, todas escritas, ensoñaciones incluidas. (No es de extrañar, lo del músico; con ese nombre.)

La complicidad de la luz, una planimetría lumínica de modélica belleza, engrosa literalmente la proyección, no solo de las sombras (que sí, eso es evidente), sino del guion de encadenados y acoplamientos en el suelo y en el espacio. Y verlo es una gozada, no se pierde ripio. Así, por ejemplo, se dan grupos escultóricos que forman masa, o bien se deshojan para volverse a reunir. Pasos a dos, a cuatro (volados o no) se encuentran siempre con una pared, monolito divisible que encarna la parcialidad de la desaparición-aparición de los bailarines. Es muy bueno ver cómo esa mole se convierte en la única pared posible, entre las posibles, para agarrarse a algo y que ese algo sea cambiante. Su código fuente. 

Así que tenemos que los diez bailarines nos aferran a su mundo con ánimo de hacernos ver que no hay otro; hacen por subir sin bajar, y bajar sin subir, un itinerario tan reiterativo como elegante, que pone toda la potencia en el movimiento como modo de vida, de calle, de estar, de continuar…

Su pegada, mire por donde se mire, es completamente envolvente; y eso es algo que no atiende a razones que no sean las de la música inserta en un cuerpo de baile tan lleno de fluido aerostático como pleno de verosimilitud. Eso es Vertikal, una horizontal que no se puede parar y que lo que propone es romper un marco de referencia. El que te llevas (completico) a casa.  

Ficha artística: 

Vertikal (2018)

Dirección artística y coreográfica: Mourad Merzouki

Diseño musical: Armand Amar

Escenografía aérea: Fabrice Guillot / Compagnie Retouramont

Asistente coreográfico: Marjorie Hannoteaux

Diseño de iluminación: Yoann Tivoli asistido por Nicolas Faucheux

Escenografía: Benjamin Lebreton

Diseño de vestuario: Pascale Robin asistido por Gwendoline Grandjean

Entrenamiento aéreo: Isabelle Pinon

Artistas: Francisca Alvarez, Rémi Autechaud, Kader Belmoktar, Sabri Colin, Nathalie Fauquette, Pauline Journé, Maud Payen, Manon Payen, Teddy Verardo, Médésséganvi Yetongnon.

Producción: Centre chorégraphique national de Créteil et du Val-de-Marne ? Compagnie Käfig.

Teatro Campoamor, 28 de abril. Oviedo, 2021