Edurne Portela: «La memoria siempre nos atrapa, porque la llevamos con nosotros»

En su última novela, profundiza en su reflexión sobre la violencia y el silencio


Edurne Portela (Santurce, 1974) es una de las voces más poderosas, reconocibles y particulares de la narrativa española. Doctora en Literaturas Hispánicas por la Universidad de North Carolina-Chapel Hill (EE.UU.), profesora en Lehigh University (Pensilvania) hasta el 2015, es autora de El eco de los disparos: cultura y memoria de la violencia, un ensayo sobre la violencia en Euskadi; y las novelas Mejor la ausencia y Formas de estar lejos. Ahora publica la tercera, Los ojos cerrados, en la que vuelve a explorar sobre la violencia y el silencio, el pasado y el presente, con dos protagonistas: Pedro, un anciano que guarda terribles secretos, y Ariadna, una mujer que llega al pueblo en busca de respuestas.

-¿Cómo surgió esta novela?

-La idea ha ido evolucionando mucho. Al principio la naturaleza no tenía tanta presencia y la novela era sobre la confrontación entre presente y pasado centrada en la figura de un anciano, Pedro, que había sufrido un drama siendo niño que tenía que ver con la represión de la Guerra Civil. Esa voz fue creciendo y los personajes que estaban a su alrededor también. Y allí es cuando apareció Ariadna, que es la clave del presente.

-El escenario es un lugar imaginario llamado Pueblo Chico.

-Se basa en tres fuentes. Una tiene que ver con la memoria. Durante la parte más dura del confinamiento todas las tardes hablaba con mi padre, que es de Navallos, un pueblo pequeñito de la sierra de Meira en Lugo, le pedí que recordara su infancia y me hablara de sus sensaciones, de cómo era vivir en la naturaleza, cuidar de las ovejas y las abejas. Su memoria me sirvió para sentir cómo era vivir en esos pueblos en los años cuarenta y cincuenta. En segundo lugar, desde hace más de un año vivo en medio de unas montañas, en Gredos. Escribir la novela aquí me ha marcado mucho, porque es una forma de vida totalmente diferente. He visto cómo la naturaleza puede trastocar tu vida, las nieblas, las nevadas, las lluvias torrenciales, lo telúrico. Eso se ha colado en la novela. Y, por último, la imaginación.

-La naturaleza cobra mucha importancia en la novela.

-Sí, porque le sirve de canal a Pedro para actuar, pero también para expresarse. Por ejemplo, cuando cuenta cuentos, la violencia de la naturaleza le sirve para expresar otras violencias. La naturaleza marca las existencias de los personajes, porque dependen de ella.

-La violencia vuelve a estar presente en primer plano, como en sus libros anteriores.

-Hay momentos de violencia extrema en la novela, hay personajes que sufren la violencia directa, la sexual y la que tiene que ver con la represión política del final de la guerra. Pero lo que pesa sobre todo es el silencio en torno a sus traumas, cómo la comunidad convive durante las siguientes décadas siempre con el peso del silencio, con todas esas cosas que se saben pero que nadie dice. En esos contextos, el silencio es una forma de aislar todavía más a las víctimas. Todo esto se podría aplicar a El eco de los disparos o a Mejor la ausencia. Aunque creo que esta novela es muy diferente a las anteriores en cuestión de estilo, estructura y ejercicio de imaginación, porque es todo ficción, en las otras había algún ramalazo de experiencia. Pero, como sigo sin entender muchas cosas y sin encontrar respuestas para estas obsesiones que tienen que ver con las violencias, los silencios, la convivencia, han vuelto a salir.

-El silencio también es violencia.

-Sí, porque al final la víctima siente que no puede compartir en público su dolor, su trauma y que es incómoda. Nadie quiere reconocer su condición a la víctima, porque se convierten en cómplices. Para no serlo, tienen que amparar a la víctima, y eso siempre supone un riesgo, porque te pones de su lado. El silencio nos indica que no se quiere tomar partido, se calla porque es más seguro. En todas las sociedades que han sufrido una violencia que ha afectado directamente a la sociedad civil, la comunidad queda muy dañada. El silencio, a veces, es la forma de aparentar que hay una paz, pero la víctima no está en paz.

-El padre de Ariadna le dice: «Lo que dejas atrás te persigue, aunque tarde siete décadas en alcanzarte». ¿Es un buen resumen de la novela?

-No lo había pensado, pero tiene sentido. La memoria siempre nos atrapa por mucho que el tiempo pase. Tu memoria está ahí, por mucho que la quieras reprimir y al final sale, de una forma u otra. Siempre hay un catalizador que hace que recuerdes, sobre todo si son recuerdos dolorosos, traumáticos, vergonzosos. Nadie puede huir de su pasado. Pedro tampoco. La memoria al final te persigue.

-¿Le costó mucho encontrar la forma de contar la novela?

-La voz de Pedro, una vez que me metí en su cabeza, en ese lenguaje peculiar y esa forma extraña de contar y ver la realidad, me gustó mucho desde el principio y me parecía que me permitía un desarrollo más poético de la narrativa. La otra voz me costó muchísimo más, la tercera persona focalizada en Ariadna pero que va cambiando, la estructura, los saltos al pasado. Ahora parece simple, fluye bien, pero para montar eso me volví loca, cómo contar la historia para que se entendiera bien sin tener que explicar esos saltos.

«Nos hemos quedado sin saber muchas historias íntimas»

 

 

«Algo que me están diciendo los lectores es que se sienten muy identificados con la historia y con la búsqueda de Ariadna», asegura Edurne Portela. «Me dicen que cuando eran niños jugaban en el pueblo al que iban todos los veranos y oían a su abuela y sus amigos contar historias tremendas a media voz, sabían que a su abuelo le había pasado algo durante la guerra, pero nadie quería contar nada», explica. «Lo terrible es que sus abuelos ya están muertos, toda esa memoria la hemos perdido», añade. En su opinión, «se ha escrito mucho sobre la Guerra Civil, se han hecho un montón de películas, pero aun así muchas de estas historias no las hemos conocido». «Creo que el personaje fue adquiriendo tanta fuerza mientras escribía porque pensaba en esos ancianos que hemos dejado morir este año, se han ido con un dolor terrible y con unas historias que no han podido contar a nadie. Hemos llegado tarde», sostiene. «Nos hemos quedado sin saber muchas de esas historias íntimas y cómo han afectado a nuestras familias», concluye.

-Lo que pasó hace de 80 años sigue presente todavía hoy.

-Encima ahora hay una resurrección de zombis, momias y fantasmas falangistas y fascistas que asusta. Eso nos indica que no hemos hecho un ejercicio de memoria democrática como deberíamos. ¿Por qué se ponen como energúmenos cuando se pide que se abran las fosas comunes y se identifique a los muertos, asesinados hace 80 años? ¿Qué hay de malo en cerrar todas esas heridas? Lo que hay de malo, para ellos, es el reconocimiento de la barbarie.

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