«Sueños de una escritora en Nueva York»: Otra tierna soñadora de provincias

eduardo galán blanco

CULTURA

La delicada película de Philippe Falardeau, protagonizada por Margaret Qualley, trata con mimo el viejo oficio de descubrir talentos literarios

10 jun 2021 . Actualizado a las 09:18 h.

«Escribir de todo y sobre nada, ese es el futuro que nos espera», sentencia -adivinando el mal de las futuras redes digitales- una anticuada agente literaria, interpretada por Sigourney Weaver. No en vano, su principal cliente es Jerry Salinger, legendario ogro que no soporta ver un texto escrito en ordenador.

Estamos en 1995, en Nueva York, a donde ha llegado una chica con sueños provincianos. La universitaria que quiere ser escritora está interpretada por Margaret Qualley, aquella hippy que rebuscaba entre las basuras de Beverly Hills y se encontraba a Brad Pitt en la tarantiniana Érase una vez en…Hollywood. Ella es lo mejor de Sueños de una escritora en Nueva York que sin duda es un título castellano muy reduccionista, alejado del original que traduciríamos por un más evanescente Mi año Salinger. Todo ojos -ventanales enormes, acuosos, en relieve, asombrados y golosos ante el mundo que comienza-, la encarnación gestual de Qualley es un buen resumen de las primeras ilusiones creativas juveniles, justo antes de que llegue la inevitable primera herida. «No quiero ser ordinaria, quiero ser extraordinaria», dice el tierno cervatillo, pletórica de buenos instintos, saltando arriba y abajo por la Gran Manzana y fregando los platos en la bañera de su apartamento bohemio.

La película del director de la agradecida Profesor Lazhar está basada en un texto parcialmente autobiográfico de Joanna Rakoff que cuenta su año de trabajo en una prestigiosa agencia, contestando la correspondencia de fans, gestores culturales y asesinos en serie -recordemos que el homicida de John Lennon estaba leyendo El guardián entre el centeno-, decenas de cartas diarias, dirigidas a J. D. Salinger, «el escritor más solitario del mundo», que es una bonita frase y una manera poética y equívoca de definir a un gigante maniático, misántropo hasta el delirio.