Nanni Moretti se desmelena en Cannes con su melodrama «Tres pisos»

josé luis losa CANNES / E. LA VOZ

CULTURA

Moretti, en Cannes, a la izquierda, con parte del equipo del filme «Tres pisos»: el productor Domenico Procacci y los actores Adriano Giannini, Margherita Buy y Anna Bonaiuto.
Moretti, en Cannes, a la izquierda, con parte del equipo del filme «Tres pisos»: el productor Domenico Procacci y los actores Adriano Giannini, Margherita Buy y Anna Bonaiuto. REINHARD KRAUSE | Reuters

Hace veinte años, el director italiano hizo llorar al Palais con «La habitación del hijo», en esta ocasión, desde las butacas inmisericordes, se vivió y escuchó el festival del humor

12 jul 2021 . Actualizado a las 08:59 h.

Hace veinte años, Nanni Moretti ganaba su Palma de Oro con La habitación del hijo. Ayer presentaba en la Croisette Tre piani [tres pisos], cuyo epicentro son también el dolor y las tragedias paterno-filiales. Y lo que acompañaba la proyección eran risas en momentos de buscada trepidación dramática. No sé si se trata del paso del tiempo que agota la inspiración. A mí me parece que el filme es un despanzurramiento artístico del director italiano. Pero no desde un tercero, sino desde un ático de rascacielos. Está basado en una novela del israelí Eshkol Nevo, publicada en España. En ella se pretende un ambicioso -y muy petulante- acercamiento freudiano a la enfermedad que aqueja al lado oscuro de la paternidad. Y los tres pisos del título serían el ello, el yo y el superyó freudiano.

Para superyó ya está Nanni Moretti. Su traducción en imágenes de ese texto es algo así como un 13 Rue del Percebe de las calamidades. Una acumulación de desgracias. El hijo de un juez, encarnado este por Moretti, atropella y mata en estado de embriaguez a una joven. El vecino del segundo A se obsesiona con que el anciano del rellano ha llevado a su hija pequeña a un bosque para abusar de ella. Y, a su vez, comete estupro con la hija de los del primero.

Nada de Freud. De lo que tiene alma Tre piani es de folletín teatrero-desmelenado. Pero para ello no se arma desde la sublimación, sino desde una torpeza supina. Donde debería mandar la locura egregia de un Ripstein o el descaro del primer Almodóvar, lo que rige es la solemnidad del ridículo. Y así es que la función se vive de modo muy cómico como unas matrimoniadas recitadas por actores con voz de psicodrama. No, no es Freud. Ni siquiera Arniches.