224 años después de su nacimiento, la escritora sigue siendo una de las figuras más influyentes y reverenciadas de la historia de la literatura
31 ago 2021 . Actualizado a las 09:16 h.Mary Shelley nació de la unión entre dos mentes pensantes. Su padre, William Godwin, fue un filósofo que dedicó su vida a desarrollar una definición profunda y concienzuda del concepto de justicia política, teorizando sobre la libertad de los individuos, el uso de la violencia o la moralidad de la democracia. Su madre, Mary Wollstoncraft, pasó a la historia como una de las más vehementes y combativas defensoras de los derechos de la mujer del siglo XVIII. Shelley fue digna sucesora de la estela marcada por sus mayores. En una Inglaterra plagada de asfixiantes convenciones y prejuicios, donde el sufragio femenino no era más que una tímida demanda lejana exigida por unos pocos y la liberación de las mujeres no se vislumbraba ni en los horizontes más remotos, una escribiente y su pluma entintada consiguieron sobreponerse a las barreras de su tiempo.
Frankenstein o el moderno Prometeo
El gran hito que dejaría cincelado el nombre de Mary Shelley en las tablas de la eternidad fue la creación de la notoria y muy analizada novela de terror Frankenstein. La obra, publicada en 1818, figura entre los más destacados trabajos de ficción del siglo XIX, y fue un epicentro en torno al que pivotarían miles de creaciones posteriores. Los arquetipos que marcó Shelley en su pieza magna siguen siendo continuamente revisitados y versionados. La novela marcó un punto de partida argumental, estético y filosófico. Pero la propia Shelley, a su vez, se sirvió de la tradición clásica para construir el que sería su mayor legado. Podría ser, hasta cierto punto, justo definir Frankenstein como una reescritura (o actualización) del mito griego de Prometeo, lugar muy recurrente en la historia de la literatura y la poesía. En apenas doscientas páginas, la novela introduce, a caballo entre lo gótico y lo romántico, profundas reflexiones sobre los límites morales del progreso, los terrenos corrosivos de la culpa y los efectos desoladores que la organización social puede tener sobre el individuo.
La lectura conservadora
Frankenstein es una pieza literaria que, como exponente destacado del romanticismo decimonónico, es claramente susceptible de ser analizada desde un prisma tradicionalista y conservador. Su núcleo teórico y argumental gravita en torno a la necesidad de aplicar frenos al avance científico. Incluso coqueteando con postulados que rozan el terreno de lo teológico, Shelley argumenta de forma no demasiado soterrada acerca de la separación necesaria entre lo divino y lo terrenal. Pintando escenarios fatalistas y lúgubres, traza un atlas detallado de aquellos lugares que deben permanecer deliberadamente inexplorados por el ser humano. Frankenstein es una fábula taciturna y bañada en sollozo que, por momentos, parece implorar con voz desesperada el apuntalamiento de la voluntad de conocer. Un lamento añorante de tiempos menos crípticos y artificiales.
La lectura disruptiva
Sin embargo, en las páginas de esta novela también se colorea una batería de planteamientos contestatarios y atrevidos para el canon de la época. Seguramente influida por la escuela de pensamiento rousseauniana de la que su padre fue lustroso exponente, se entrevé la voluntad de la autora de hacer una sentida defensa de la bondad innata del ser humano. Cuando Víctor Frankenstein da vida a su monstruosa criatura, esta se muestra como un ser horrendo en apariencia pero tierno y puro en espíritu. Es el contacto con la violencia y los horrores del mundo lo que propicia su descenso hacia la sociopatía revanchista. El mensaje que permea, por lo tanto, es el de la inocencia inicial que es destruida por el entorno. Esta línea entra en colisión directa con los planteamientos más reaccionarios y absolutistas de pensadores como Thomas Hobbes, que fueron el cimiento ideológico del absolutismo.
Frankenstein trasciende como una obra llena de dualidades, conflictos internos y dilemas sin resolver. Es un quiebro exquisito que hace germinar en el lector las raíces de la duda razonable. Una vivisección lírica de la especie. Un ejercicio de contorsionismo literario. Un ramillete de sofisticados pensamientos furtivos. El legado de una mujer triste y brillante que cambió las letras para siempre.