«García y García»: Lo más divertido, el tráiler

CULTURA

Sorprende que Mota no entienda que poner cara de palo en la tele es una cosa y otra hacerlo en una pantalla grande durante hora y media

05 sep 2021 . Actualizado a las 09:53 h.

En el negocio del cine hay dos momentos de los que se habla poco, pero son claves para el redondeo final de un artefacto, sustantivo al que el diccionario de la RAE da cuatro acepciones, y en todas puedes pescar algo que colgarle a García y García: objeto, aparato, máquina, petardo… El fin estaba muy claro: hacer taquilla, pese al covid-19.

Regresando a ese par de momentos, el primero es cuando se muestra el filme acabado al equipo -actores y técnicos-, la prueba del algodón para el responsable -aquí una directora, Ana Murugarren-, y que suele acabar de dos maneras: besos y abrazos a tutiplén, o un significativo mutis por el foro, que los más espabilados evitan, saliéndose de la sala antes de los títulos de crédito para evitar decirle: «Querida, menudo pestiño».

El segundo, después de la mencionada evaluación, es la promoción y, en particular, el tráiler. Los grandes de Hollywood -léase Scorsese, Spielberg, Nolan, Fincher y demás- lo confeccionan o lo supervisan, aunque la gran mayoría lo ceden departamento de márketing, y allá se las compongan.

Y pasa lo que pasa, que aquí el tráiler gana por goleada a la película, que se presta al chiste fácil del cambio de letras: gracia y gracia es lo que no tiene. Sorprende al frente del guion a dos señoras: la propia Murugarren y Ana Galán, como sorprende que Mota no entienda que poner cara de palo en la tele es una cosa y otra -son como el día y la noche- hacerlo en una pantalla grande durante hora y media. Cierto que Pepe Viyuela saca su lado payaso y lo borda, pero el resto tienen un problema: sus personajes van pasados de frenada sobre superficie helada y los actores, desbocados. No diré ya sobre la estructura del gag, el crescendo de la trama y sus valores como comedia, aquí más próximos a la astracanada. Con estos mimbres, otro cesto era posible.

La parroquia quiere descojonarse, pero no con una confusión de identidades entre un inversor con mucha pasta y un mecánico desgraciado, una compañía aérea en crisis y algunos golfos sueltos. En fin, qué lástima cuando las butacas lo que necesitan es humor del bueno y mucho cariño.