Un segundo de Zhang Yimou y seis minutos de Saura miran al siglo XX

josé luis losa SAN SEBASTIÁN / E. LA VOZ

CULTURA

El cineasta Carlos Saura con su hija Anna, en San Sebastián.
El cineasta Carlos Saura con su hija Anna, en San Sebastián. Vincent West | Reuters

Un corto del realizador aragonés sobre la Guerra Civil y un «cinema paradiso» del director chino abren la sección oficial del Festival de San Sebastián

18 sep 2021 . Actualizado a las 09:40 h.

Los nombres de Carlos Saura y de Zhang Yimou, como sello de apertura de este festival, son una mirada hacia el siglo XX. Saura lo ha sido todo en la segunda mitad de esa centuria como capitalizador de una obra que lo sitúa entre los grandes creadores internacionales, como constructor de un cine político y poético entreverado de metáforas que le permitiesen zafar de la censura franquista. Y, más adelante, en su aggiornamento del cine musical no narrativo. Es un titán. En tres meses cumpliría noventa años y en su cabeza continúan bullendo ideas. Proyectos cuya inviabilidad hay que anotar como culpable incuria de nuestros productores y la ceguera eterna de los ministerios de Cultura. A punto de estrenar una antología sobre la música ancestral mexicana, Saura presentó aquí Rosa Rosae: la Guerra Civil, un sencillo esbozo de seis minutos sustentados en una serie de dibujos propios que reflejan un conflicto bélico a los ojos de un niño y con el texto de una balada militante del añorado Labordeta. En su ausencia de pretensiones siempre congratula ver a Saura repasar con mirada naíf nuestra guerra, médula de buena parte de su mejor cine, desde La caza a Ay, Carmela, pasando por La prima Angélica o El jardín de las delicias.

La relevancia de la obra de Zhang Yimou es sustancialmente menor, tanto en tiempo como en peso específico. Fue el nombre más prominente de la llamada Quinta Generación del cine chino, cuando se ignoraba si Pekín iba a seguir el rumbo de la perestroika de Gorbachov. Tiananmen dejó claro con sangre y orugas de tanque que ese no iba a ser el camino en China. Pero Yimou, que tuvo su puesta de largo en 1988 con el Oso de Oro en Berlín a Sorgo rojo, continuó ofreciendo cine muy vivo durante una década en la que ganó por dos veces el León de Oro en Venecia y un Gran Premio del Jurado en Cannes.

Luego se fue eclipsando, se perdió en las mañas del cine de espadachines y brujerías. Y en un amaneramiento de su estilo genuino hacia lo abiertamente ñoño e ideológicamente ramplón, con reiterados excursos donde sus protagonistas sufrían las impiedades de la Revolución Cultural. De hecho, este rescate por parte de San Sebastián del chino para protagonizar la inauguración es un brindis al sol que calentaba hace 20 años. En lo que va de siglo, los grandes festivales lo abandonaron o lo relegaron a proyecciones especiales. Y solo Hollywood le brindó alguna nominación al Óscar que no hacía más que resalta la caída en el kitsch occidentalizado de los mundos de Zhang Yimou.