Paloma Sánchez-Garnica: «Hitler ha tenido un Núremberg, pero el estalinismo ha quedado impune»

HÉCTOR J. PORTO REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

La novelista madrileña Paloma Sánchez-Garnica (Madrid, 1962).
La novelista madrileña Paloma Sánchez-Garnica (Madrid, 1962). Quique García | Efe

La novela «Últimos días en Berlín», finalista del Premio Planeta 2021, indaga los efectos de la historia en el ciudadano de a pie

19 oct 2021 . Actualizado a las 09:52 h.

Decía Juan Eslava Galán que la novela finalista del premio Planeta -que ganaron los tres guionistas que se ocultan tras el seudónimo Carmen Mola- contribuye a entender «qué clase de locura hizo que el país más culto de la tierra siguiese a un tipo loco como Hitler como si se tratase de un flautista de Hamelín». El libro es Últimos días en Berlín, y lo presentó Paloma Sánchez-Garnica (Madrid, 1962) con el título Hijos de la ira y bajo el seudónimo de Yuri Zhivago, en un claro homenaje a la novela de Pasternak. Coincide la autora con Eslava Galán en que la literatura ayuda al lector «a comprender un poco mejor el mundo», aunque, matiza, ella escribe «para aprender, para entender la vida a pie de calle»; le interesa especialmente «cómo afectan a la gente normal determinados acontecimientos históricos».

A ella, dice, le atraía conocer cómo se vivió en «esa Alemania aparentemente culta pero muy vulnerable», después de la Primera Guerra Mundial y lo mal que se cerró el conflicto, cómo pudo ocurrir lo que llegó a ocurrir y «cómo los alemanes no se dieron cuenta de la amenaza que se cernía sobre ellos». Y no solamente en el caso de esos alemanes arios, los beneficiarios de las políticas de Hitler, sino también los judíos alemanes. «En el año 33 había unos 500.000, cerca de cien mil en Berlín, muy integrados en la sociedad. En ese primer año salieron del país solo 37.000, y en los siguientes, cuando ya iban acorralándolos social, civil, legal, laboral y patrimonialmente, salieron en cinco años una media anual de 25.000. En 1938, cuando la situación era asfixiante, se les había privado de sus derechos, no se les dejaba ejercer su profesión, no se podían sentar en determinados bancos, no podían entrar en cines, museos, bibliotecas... ¿cómo no trataron de huir?, ¿cómo confiaron en que aquello se acabaría pronto? Quería investigar cómo gestionaron todo eso», insiste.

En la otra cara de la moneda, el bolchevismo. La destrucción brutal que supuso la Revolución rusa y la posterior guerra civil. Pero sobre todo le interesaba el estalinismo en los años 30. «El hecho de que Stalin encabezara la parte vencedora posibilitó que quedase sin ser juzgado, que muriese en la cama. La única condena se la hizo, ya fallecido, el propio Partido Comunista, a puerta cerrada, estratégicamente: para minimizar daños le echaron la culpa al muerto. Y ahí se quedó; el resto del mundo no supo eso hasta mucho después. Hitler y el nazismo están juzgados, se conoce absolutamente todo, su estructura, su mecánica... Pero sabemos muy poco del entramado del estalinismo y su partido, de cómo funcionaba. Hitler tuvo un Núremberg y una condena, pero el estalinismo ha quedado impune».