Leticia Dolera ha vuelto a demostrar que la Vida perfecta es un abrazo a tres en una cuneta de camino al pueblo
22 nov 2021 . Actualizado a las 09:11 h.Esther ha guardado sus cuadros en el altillo. Cree que ya no pinta nada en ese mundo que se había quedado suspendido tras un parto. Han pasado seis meses y María sigue ignorando un sentimiento que la vuelve incapaz de mirarse al espejo y de ponerle palabras a un lobo que sigue agazapado en medio del bosque, pero que ya no tiene piel de cordero. Cris ha vuelto a casa y mientras Pablo seca los platos, queda al descubierto que sabe, muy al fondo, que su hogar tiene que estar en ese mensaje que ilumina de manera intermitente la pantalla del teléfono.
Y en el quinto pino las parejas que parecían irrompibles están repartiéndose el coliseo y la góndola a través de una videollamada. Un divorcio tan cuerdo y sereno que no se atreven a contar a su hija, que está preparando una boda que, ironías de la vida, cada vez le recuerda más que a una cárcel cuando lo que ella buscaba era una escapatoria.
Y en un fin de semana de retiro que comienza como terminan los días, leyendo un cuento, se pierden los móviles, las carteras y todos los miedos. Y de pronto, pies para qué os quiero. Un tatuaje irresponsable, el susurro de un te quiero, un kebab mojado en lágrimas en medio de una feria de pueblo. Leticia Dolera ha vuelto a demostrar que la Vida perfecta es un abrazo a tres en una cuneta de camino al pueblo.