Un monumental diccionario rastrea sus orígenes, significado e importancia
13 dic 2021 . Actualizado a las 08:41 h.En la portada del voluminoso libro se ve una fotografía a color de la faena de un diestro que torea con una ikurriña por muleta. Contra lo que pudiera parecer, no es un montaje, sino una escena real del torero Antonio Barrera en San Sebastián, en agosto del 2012. La obra es el Diccionario de símbolos políticos y sociales del siglo XX español (Alianza Editorial), dirigido por los catedráticos de Historia Contemporánea Juan Francisco Fuentes y José Carlos Rueda Laffond. «Nos pareció una imagen impactante, que sintetizaba muy bien la esencia del diccionario», explica Rueda a La Voz. «Nada tan español, en apariencia, como una corrida de toros; y nada tan aparentemente contradictorio como una muleta convertida en bandera, en ikurriña en este caso», agrega. «La verdad es que el inventario simbólico visual del siglo XX es infinito», apunta.
¿Cómo surgieron los gritos de «¡No pasarán!» y «¡Arriba España!»; ¿qué significado simbólico y político tienen los colores rojo y azul, negro y morado; ¿a qué político socialista se le ocurrió que el yugo y las flechas tenía que ser el símbolo del fascismo español? La obra responde estas y muchas otras preguntas. Recoge en un volumen de 830 páginas un centenar de voces (símbolos, mitos, lugares de memoria, imágenes, sonidos...) y cómo fueron capaces de movilizar a grandes masas sociales en la historia española reciente y de conformar el imaginario de varias generaciones.
Diferentes especialistas abordan cada término a través de ensayos breves con el máximo rigor histórico. Hay desde fechas emblemáticas —el 23-F, el 14 de abril, el 20-N o el 15-M, que «evidencian cómo el número se ha hecho símbolo»— hasta lugares cargados de historia (la Puerta del Sol, el Valle de los Caídos, Guernica o Paracuellos), pasando por un coche emblemático (el seiscientos), colores (rojo, azul), banderas (rojigualda, tricolor), objetos (sombrero, tabaco) e incluso letras (la k y la ñ).
Rueda argumenta que los símbolos «tienen una importancia capital como catalizadores del sentimiento de la política y, también, de la política de las emociones». Explica que «la simbología del siglo XX español es, como ocurre fuera de nuestras fronteras, muy rica y potente; asume símbolos nacionales, regionales o locales, y otros muchos internacionales, que se socializan y, en ocasiones, se re-exportan con más fuerza aun».
«Hay que apreciar los símbolos como un imperio de los sentidos, son descargas visuales sonoras (La Internacional, Cara al Sol); olores diversos (el humo del tabaco, tan importante en la Transición; tan significativo de la emancipación femenina durante décadas», señala. «E igualmente se han comido o se ha suspirado por comerlos; pan blanco y pan negro evocan tener o no tener hambre en la posguerra, y como realidades opuestas, a los vencedores y a los vencidos», añade Rueda.
Para el historiador, «España es en cierto modo el símbolo de los símbolos, en cualquiera de sus declinaciones, en activa o en pasiva, para glorificarla o denigrarla; es el símbolo que subyace en el resto de voces del diccionario», corrobora.
La República y la Guerra Civil, eje vertebral de la simbología
La mayoría de los símbolos que recoge el diccionario son de la República y la Guerra Civil, entre 1931 y 1939. Los autores señalan que es una aparente paradoja que el período más breve en que se suele dividir la historia del siglo sea «la más fecunda en la creación de símbolos y lugares de memoria, algo más de veinte, como 14 de abril, 18 de julio, Pasionaria, No pasarán, Quinta columna o el yugo y las flechas. Cifra muy superior a los que provienen de la monarquía de Alfonso XIII (tres), el franquismo posbélico (siete) o la democracia (siete).
Rueda lo explica: «Porque es el momento de mayor inflación simbólica; en ese instante confluye, y parece vivificarse, toda una carga simbólica previa —la bandera tricolor o la rojigualda—; además, entre 1936 y 1939 se socializan a gran escala símbolos recientes (el yugo y las flechas), o se crean otros ex novo (el víctor franquista, el mito de José Antonio), con gran recorrido en el tiempo». El historiador asegura que «durante la guerra se movilizaron y amplificaron símbolos nacidos fuera de nuestras fronteras (la hoz y el martillo, el puño, el brazo en alto...); y otros son sencillamente inexplicables sin el conflicto (caudillo, Guernica, paz)». «Están también los ligados, como lugares de memoria materiales o inmateriales, con la propia Guerra Civil (el Valle de los Caídos, el millón de muertos)», prosigue. «Conceptos con evidente eco simbólico —reconciliación nacional— son igualmente hijos de la guerra, aunque se sitúen ya en los años cincuenta-setenta», explica. «En gran medida, la propia Transición va a ir moldeándose simbólicamente a la sombra —muy alargada— de la Guerra Civil; lo mismo ocurrirá después con memoria histórica, otra de las entradas estudiadas en el diccionario...», señala. En resumen: «La genealogía simbólica del siglo XX español tiene su eje vertebral en los años de la República y esencialmente de la Guerra Civil, que constituyó una lucha encarnizada de símbolos y alegorías a escala nacional e internacional».
Hitos de memoria: de Paracuellos y Guernica al Seat 600 y la Puerta del Sol
«No deben olvidarse los lugares de memoria que, con el paso del tiempo, incorporan una naturaleza simbólica», señala Rueda. «No solo son espacios físicos —Guernika/Guernica o Paracuellos, por ejemplo—, sino igualmente entes inmateriales —pensemos en un determinado programa de radio o televisión—», añade. «El Seat 600 es otra muestra perfecta de lugar de memoria que denota para muchas generaciones de españoles significaciones nostálgicas», explica. Fue el coche más representativo del desarrollismo español, que reflejó «una sociedad de consumo en la que se operó una transformación que tal vez ni el propio régimen fue capaz de prever», como escribe la autora de la entrada, Isabel Martín Sánchez.
Rueda destaca que «ciertos espacios pueden asumir una sucesión de estratos simbólicos, de capas geológicas sentimentales que se superponen; una muestra sería la madrileña Puerta del Sol, allí han confluido desde la movilización popular a los emblemas del poder político». «No deja de ser paradójico —asegura— que, durante décadas, se celebrara la fiesta del cambio de año con una multitud pendiente de la hora que marcaba el reloj de la Dirección General de Seguridad; ahí se proclamó, simbólicamente, la Segunda República en 1931, ahí se quiso visualizar la «liberación» de Madrid y el fin de la Guerra Civil; y ahí se arremolinó el 15-M o Podemos reunió su marcha del cambio a inicios del 2015».
La Roja/Rojo
Rueda resalta varias entradas: La Roja/Rojo, que son «independientes, pero sucesivas en el diccionario» y con las que el lector «puede establecer todo un juego tupido de conexiones y particularidades entre ambas voces, además de advertir los terrenos en los que transcurre el libro, atento a los más explícitamente político y a la dimensión simbólica más aparentemente banal».
Lo mismo pasa con Bandera rojigualda/Bandera tricolor. Se refiere también a dos «letras extrañas», la k y la ñ, «que han metaforizado lo español y lo foráneo y en el caso de k, cómo ir desde el universo de lo autoritario la lenguaje rupturista anti-sistema». O a los colores (rojo/azul/morado/negro), una «escueta paleta cromática representando la polisemia simbólica»; y objetos (sombrero, camisa, tabaco), «o la vida cotidiana hecha símbolos políticos y sociales de extraordinario calado popular», concluye.