«Tres pisos»: En particular, las mujeres

CULTURA

Moretti traza aquí un claroscuro social bajo la coartada de un edificio de tres plantas habitadas por familias de clase media. Se mantiene fiel a una suerte de neorrealismo, con un especial cuidado en los diálogos

26 dic 2021 . Actualizado a las 17:50 h.

Nanni Moretti nunca deja indiferente, incluso cuando no hace pleno -escasas veces-, sean comedias o sean dramas, y sacudiéndose esa molesta comparación con Woody Allen... porque cada uno en lo suyo. Comienza en los años setenta del pasado siglo cual verso suelto, cuando ya los grandes del cine italiano estaban de retirada o mostraban síntomas de agotamiento. Tengo a la desinhibida Caro diario (1993) y a la doliente La habitación del hijo (2001) como sus cumbres, sin menosprecio del resto.

Con Tres pisos regresa a su geografía personal, Roma, para trazar un claroscuro social bajo la coartada de un edificio de tres plantas habitadas por familias de clase media, distantes de lo que el tópico dicta como gente ejemplar, lo cual no implica mala gente. Y en esa radiografía, Moretti y sus dos guionistas -sobre novela del israelí Eshkol Nevo- recogen varios retratos de mujer, entre los que despunta con especial fuerza la ya veterana Margherita Buy, fija del autor desde hace casi dos decenios.

Al margen de las incidencias de vecindad, con la inevitable interrelación de algunos personajes, el autor se mantiene fiel a una suerte de neorrealismo, metiendo su cámara en interiores naturales cotidianos o sacándola a la calle con una luz próxima al documental -formato que también trabaja-, y con un especial cuidado en los diálogos, en particular cuando se acerca al universo femenino, claramente sin un atisbo de oportunismo -nada tiene que demostrar, la cuestión de género siempre fue exquisita en su cine- pues son ellas las que le permiten acercarse a la realidad de una manera más lúcida, aun con sus imperfecciones.

Son esposas, son madres, son ellas, conviviendo con hombres un punto atolondrados o anclados en un mundo de prejuicios, dogmas e inútiles rencores. Es tal el número de tipos -en modo caleidoscopio- que no podemos detenernos aquí en uno concreto, pero añadamos que la fluidez inculcada al relato hace que al final, cuando sobre todos ellos transcurren, primero cinco y después diez años, pareciera que la vida sigue su curso en una sociedad cuyo arreglo no puede ser y además es imposible.