Vega: «He tirado la toalla tantas veces que ya ni me acuerdo»

CULTURA

La artista publica hoy «Mirlo blanco», un disco que es todo tripas, en el que se despoja como nunca de prejuicios emocionales y sonoros

24 mar 2022 . Actualizado a las 18:28 h.

El mirlo blanco es un animal esquivo. También lo es, a su manera Mercedes Mígel, Vega. Esquiva con la industria y, quizá en demasiadas ocasiones, consigo misma. Pero esta vez ha sentido la necesidad de remontar el vuelo, «aunque sea volando raso». El disco que hoy publica es el décimo de estudio en 20 años de carrera. Un disco grabado desde las tripas, un estriptis emocional aderezado con momentos de desbordante intensidad rockera y con otros de sereno, pero a la vez intenso recogimiento.

 —Has escrito que es un placer que en este disco Mercedes y Vega sean idénticas. No es frecuente. Lo habitual suele ser marcar distancia entre la artista y la persona.

—Es que lo son. Igual he tardado un poquito en darme cuenta. Ha sido como darme un zapatazo a mí misma. Decir «ya está bien». No soy una marioneta que sale al escenario para después ser otra persona. La que canta, la que compone, la que siente y la que vive son la misma. Es absurdo que tengan expectativas distintas. En este disco, por primera vez, Vega ha cantado el disco de Mercedes, no Mercedes ha cantado el disco de Vega.

—El disco se grabó en estudio pero con los músicos tocando en directo, ¿por qué?

—Es que me cansé de oír eso de «me gustan tus discos pero me gustas mucho más en directo». Yo me preguntaba pero ¿qué diferencia hay? Pues que en el disco siempre había ese anhelo de que suene perfecto, que suene bonito... Y luego en directo canto con las tripas y sueno como un toro desbocado. Así que le pedí al productor sonar como en mis directos. Ser creíble.

—La palabra y la idea que más se repite en este «Mirlo blanco» es renacer.

—Sí. Es que este es un disco de eso. Para ser totalmente libre y estar desprovisto de los anhelos de otros, a veces hay que hacer ese ejercicio de renacer. Te aseguro que yo, como artista independiente, he dicho mil veces cuando he sacado un disco «este es el último». Cuando acabé La reina pez dije «ya no hago más discos». Pero cuando hice Diario de una noche en Madrid me lo pasé tan bien y disfruté tanto que dije «al carajo, yo tengo que hacer otro». Esa es la historia de mi vida: renacer y renacer.

—O sea que llegaste a tirar la toalla...

—Yo he tirado la toalla tantas veces que ni me acuerdo. Muchas veces voluntariamente y otras porque, como digo en Mirlo blanco, esta industria me arrancó las plumas a tiras y me lo puso muy difícil.

—Dices que el disco se sustenta en tres patas: Madrid, tu casa; Andalucía, tu patria, y Galicia, que ¿en qué está presente?

—El tiempo que viví en Galicia -y el que sigo pasando ahí, porque a mí me das cuatro días y a Galicia que me voy- fui bebiendo y enamorándome de esa tierra. Yo soy de las que creo que a una tierra la hace su gente. Y Galicia es tremendamente afable, generosa y cariñosa con el que llega de fuera. De todos los sitios donde yo he vivido es donde me he sentido más como en casa. Eso despertó en mí interés por la cultura, la gastronomía, el folklore... Y al final son tantos años que lo acabas interiorizando como propio. Por eso también en estas canciones asoman palabras en gallego. Porque vermello es mucho más bonito que bermellón. Y bolboreta la prefiero a mariposa. Hay otra que me encanta, que es sapoconcho, pero veo más complicado meterla en una canción.

—En el disco hay una canción con Manu Carrasco. ¿Es un guiño a tu etapa de «OT»?

—No. A esas cosas les hago pocos guiños. Simplemente tenía ganas de cantar con mi colega. Son 20 años de amistad. Hemos sido amigos, vecinos, encontramos a nuestras parejas siendo vecinos... Un día cenando con nuestras familias le dije «tú te has dado cuenta de que habiendo salido de donde hemos salido, donde todo el mundo cantaba con todo el mundo, tú y yo no hemos cantado nunca juntos». Él me dijo «cuando quieras». Y cuando escribí Contigo dije «esta es la canción».

—¿La página de «OT» está pasada desde hace mucho?

—Para mí, sí. Para los demás, tengo dudas. Muchas veces me han dado a entender que es un estigma, una mochila que llevo acarreando constantemente. Y hace mucha pupa. Pero para mí, te aseguro que es una anécdota dentro de mi carrera.

—En el 2017 dijiste que no irías a Eurovisión porque «en España ya lo damos por perdido y yo como artista quiero que mi país confíe en mí». Tras lo visto este año, ¿tienes algo que añadir?

—Llámame nostálgica, pero yo creo que Eurovisión es un festival de la canción y yo soy una tía súper procanciones. Yo abogo por las canciones. Y creo que quien organiza Eurovisión, no. Reconozco que no soy objetiva, que yo me gasté el dinero en votar a Tanxugueiras. Pero es incuestionable que la suya es una gran propuesta cultural. Con una gran canción, una letra con mensaje y en una lengua que, me da igual que alguien se ofenda, yo también la siento mía. A mí que me represente una canción que suena a otro lugar, con una letra pobre, o lo siguiente, y que no aporta nada original, por mucho que el o la artista la cante bien y se mueva a las mil maravillas, no me representa. Por cierto, que el día que actúo en A Coruña, en el Inn Club [26 de marzo], actúan Tanxugueiras en Pelícano. Puerta con puerta. Estoy pensando que a ver si les sobra gente (se ríe) y se vienen a la sala de al lado.

—Entre estas once canciones las hay épicas, guitarreras, con aires fronterizos, de corte más indie, más cantautoriles... ¿Sientes que es un disco más rico en lo musical que en lo conceptual?

—En lo conceptual no deja de ser una evolución de La reina pez. Aborda más temáticas sociales que aquel, eso sí, pero musicalmente sí que es más variado. Es un reflejo también de quien soy yo como artista. Siempre intento decir que anhelo que una canción mía me sobreviva y me da igual el género. El género quiero ser yo. Quiero que cuando pongan una canción mía sepan que soy yo.

—En la escena musical actual hay muchísimas divas del pop pero no acaban de surgir mujeres estrellas del rock. ¿Por qué?

—Me encantaría saberlo. Lo que sí es verdad es que tenemos menos credibilidad porque parece que solo podemos ser soft y blanditas. Sin embargo hay mucha historia musical en este país de mujeres que han agarrado una guitarra y han puesto sobre el escenario no solamente un sonido sino una actitud. Yo puedo haber pecado de no haberlo transmitido en mis discos anteriores por ese anhelo de perfección. Pero ¿de actitud? Soy una bestia parda. Pero ni aun así. Como que no te escuchan, no te dan el sitio.

—¿Te sientes más indie o más independiente?

—Independiente cien por cien. Yo pago las facturas de todo, hago y grabo lo que quiero, cuando quiero y con quien quiero. El indie es más un género y te repito que en mi caso el género soy yo. Hay artistas del indie que tienen una multinacional detrás y que funcionan exactamente igual que un artista mainstream. El indie y la independencia hoy son cosas muy distintas.

—Hace unas semanas Elvis Costello, con quien ya grabaste un tema, dijo en una entrevista que «si pudiera escribir una canción para Vega, lo haría ahora mismo».

—Sí, aluciné. Le escribí nada más leerlo. ¿Que quieres hacerme una canción?... ¡Hazme veinte! (se ríe). Es cierto que él cada vez que tiene una oportunidad habla bien de mí. Para mí es increíble haberme ganado el respeto de alguien a quien admiro tanto.

—«Mirlo blanco» se abre con una versión de «Txoria txori», el poema de Joxean Artze que musicó para la historia Mikel Laboa. ¿Por qué elegiste ese tema?

—Fue una petición mía. En una ocasión yo escuché a una cuadrilla cantar esa canción y se me voló la cabeza. Encontré el poema, busqué la traducción y cuando entendí lo que estaban cantando me parecía que lo habían escrito para mí. Yo no me atreví a cantarlo porque le tengo un respeto enorme a los idiomas, pero busqué un coro que lo cantara, lo grabamos en mitad del campo y lo coloqué para abrir el disco. No he llorado más de emoción en mi vida.