Jilma Madera, la asturiana que erigió el Cristo de La Habana y que merece salir del anonimato

Martín Fernández Vizoso

CULTURA

La vida y obra de una escultora que se acabó ganando la vida como traductora

08 mar 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

El 13 de marzo de 1957 un comando del Directorio Revolucionario (la organización cubana que coordinó acciones armadas con el Movimiento 26 de julio de Fidel Castro para derribar a Batista) asaltó el Palacio Presidencial de La Habana. Querían eliminar al dictador y tomar la emisora Radio Reloj para anunciar su muerte y llamar a la revolución. Eran 50 hombres que, dirigidos por Gutiérrez Menoyo, hijo de asturianos, llegaron hasta la 3ª planta donde el presidente tenía su despacho. Aterrorizada por la balacera, su esposa, Marta Fernández Miranda, prometió levantar una gran estatua de Jesucristo si su marido salvaba la vida.

Batista escapó milagrosamente por una escalera interior de su oficina y los asaltantes fueron detenidos o abatidos.

Año y medio después, en la bahía de La Habana, en la cima de la Loma de la Cabaña, a 50 metros sobre el nivel del mar, se levantó la imponente figura de un Cristo de 20 metros de alto. Era la mayor escultura del mundo en mármol blanco de Carrara realizada por una mujer, Jilma Madera Valiente, de origen asturiano. El azar, que es caprichoso y le gustan las simetrías, quiso que el propio Batista inaugurase el monumento el 25 de diciembre de 1958, cinco días antes de que los castristas llegasen a La Habana y él se viera obligado a huir, de modo precipitado, en un avión, en plena noche…

Dos mujeres fueron las responsables de levantar esa efigie que rompió cánones y se convirtió en emblema de La Habana y punto de atracción turística por sus bellas vistas de la ciudad. La promotora fue Marta Fernández Miranda -la segunda esposa de Batista, que había nacido en La Habana en 1923. La otra, la autora de la talla, fue Lilia Jilma Madera Valiente, una de los ocho hijos del asturiano Severiano Madera García y de la cubana Eufemia Dolores de Jesús Valiente.

Nació en 1918 en Pinar del Río donde su padre había comprado por 2.800 pesos oro la finca La Victoria, de 11 caballerías -una equivale a 134.202 metros cuadrados- dedicadas al tabaco, la ganadería y las maderas preciosas. La solvencia económica de la familia permitió que sus hijos estudiasen en La Habana. Jilma lo hizo en el Centro Gallego, fue maestra y ejerció durante 25 años. En 1947 realizó cursos de Bellas Artes en Nueva York donde fue alumna del escultor español José de Creft. Luego visitó diferentes países y culturas de América y Europa e importantes museos y galerías.

Cuando, tras el fallido atentado, el gobierno convocó un concurso y Marta Fernández Miranda portó 200.000 pesos al patronato que recaudaba fondos para levantar el Cristo, Jilma presentó una propuesta que resultó ganadora por su singularidad e innovación.

El Cristo de La Habana se inauguró el 25 de diciembre de 1958, cinco días antes de la llegada de las milicias de Fidel Castro a La Habana y de la huida de Batista la Nochevieja de 1958.

Era un Cristo diferente. No tenía los brazos abiertos, como los del Corcovado, en Río, el de Lubango, en Angola, o el de Lisboa, en Portugal. Su figura está de pie, con una mano en alto bendiciendo y la otra en el pecho mirando hacia la ciudad. Sus ojos están vacíos para dar la impresión de que mira a todos desde cualquier lugar donde alguien se coloque para observarlo. Los pies calzan unas sandalias de meter el dedo, al estilo de los años 50, en lugar del calzado de la antigüedad. Y para esculpirlo, Jilma se inspiró en su ideal de belleza masculina: es un Cristo grande, fuerte, al que se le ven dorsales en el pecho y se le notan las rodillas, tiene ojos oblicuos y una cara dulce con labios gruesos y carnosos en sintonía con el mestizaje racial de Cuba.

La propia Jilma lo definió así: «Seguí mis principios y traté de lograr una estatua llena de vigor y firmeza humana. Al rostro le imprimí serenidad y entereza, como para dar a alguien que tiene la certidumbre de sus ideas. No lo vi como un angelito entre las nubes sino con los pies firmes en la tierra». La hija del emigrante asturiano se definía enamorada de la vida, anticlerical pero simpatizante con un Jesucristo al que veía como defensor de los pobres. En su discurso, el día de la inauguración, dijo: «Lo hice para que lo recuerden, no para que lo adoren: es mármol».

La escultura tiene 24 metros de altura pero, teniendo en cuenta la explanada sobre la colina en la que está situada, se eleva a 51 metros sobre el nivel del mar. Pesa 320 toneladas y para esculpirla, Jilma Madera utilizó 600 toneladas de mármol blanco de Carrara (Italia) en cuyas canteras cinceló, durante un año, las 67 piezas que la conforman.

Al concluir el trabajo, las envió a Cuba perfectamente protegidas y las acompañó de un enorme bloque de mármol para futuras emergencias. Años después tuvo que utilizarlo para corregir el daño hecho por tres rayos en los años 60. La imagen se instaló en el poblado de Casablanca, en el municipio de Regla, al otro lado de la bahía habanera.

Con la llegada del castrismo, el monumento fue abandonado y el descuido, la dejadez y la negligencia se apoderaron de él durante mucho tiempo. Estaba cubierto con árboles y no era visitable al estar dentro de una zona militar. La libertad religiosa de los años 90 y el turismo revocaron esa decisión y en la Semana Santa de 1996 se realizó un Viacrucis y un acto de desagravio por parte de jóvenes católicos habaneros. Pero desde 1959 hasta esa fecha, el descuido fue total y solo en 2017 fue declarada Monumento Nacional.

Muerte en el 2000

Tras el golpe de Fidel Castro, Jilma Madera permaneció en Cuba, en su casa del barrio de Lawton, hasta su muerte el 21 de febrero del año 2000. Sin embargo, no volvió a trabajar más como escultora y se ganó la vida como traductora de inglés. Algunas fuentes dicen que fue una decisión personal debida a un glaucoma que padecía y otras que fue silenciada y marginada por las nuevas autoridades que no le perdonaron ni su relación ni su amistad con la mujer de Batista. Sus obras figuran en varios países y museos del mundo. Una de las más relevantes es el busto de José Martí situado en el Turquino, hoy Museo de la Revolución en La Habana.