Pilar Eyre: «Las madres de mi generación dieron pasos de gigante y se rebelaron contra su origen»

Gabriela Consuegra REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

La escritora y periodista Pilar Eyre en la presentación de su libro Cuando éramos ayer, en Barcelona
La escritora y periodista Pilar Eyre en la presentación de su libro Cuando éramos ayer, en Barcelona Marta Pérez | EFE

Su nueva novela, «Cuando éramos ayer», retrata la Barcelona de 1968 a 1992 y las pequeñas vidas de una «generación olvidada», que es la de la propia autora

18 abr 2022 . Actualizado a las 08:53 h.

Pilar Eyre (Barcelona, 1951) lleva Galicia en vena. Es lo primero que dice, incluso antes de comenzar esta entrevista: «Mi padre era gallego y a mí me encanta Galicia». Y lo cierto es que se intuyen sus veranos mirando el Atlántico, los retrata bien en algunos pasajes de su más reciente novela. Cuando éramos ayer (Planeta), que califica como una «larguísima confesión», cuenta cómo se rompe una época para abrir paso a otra. Ambientada en Barcelona, narra los cambios políticos y sociales que sucedieron desde 1968 hasta 1992, a las puertas de los juegos olímpicos. Comienza con Silvia, una joven que se dirige a su puesta de largo pero que nunca llega. En el camino se le atraviesa la historia viva, la política, el amor. Recuerda a Últimas tardes con Teresa, si los protagonistas de Marsé se hubieran querido un poco.

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Esta novela muestra la otra cara de la crónica oficial que documentó una época, pero que, en palabras de Eyre, se olvidó de contar las «pequeñas vidas» que sucedieron mientras tanto. Por eso, la autora admite que este libro quiere ser el retrato de una generación olvidada, que es la suya.

—Quien espere encontrarse con una novela rosa se equivoca.

—El libro empieza de una forma suave, con señores elegantes fumando y hablando en una torre, las señoras con sus perlas, y parece un poco una novela rosa. Luego se va endureciendo, como se fue endureciendo esa época. Y hay muchos símbolos, como la casa, que representa la decadencia de las familias burguesas, o la propia imagen de Barcelona. Y todo va en la línea de lo que sucedió esos años, que fue una transformación a todos los niveles. Intento reflejarlo a través de la vida de todos los personajes, pero también a través de los objetos que los rodean.

—En estas páginas hay historia, burguesía, decadencia, juventud. Pero también hay muerte y hay enfermedad, hay sida. Es la vida de su generación.

—Con toda la modestia, te diré que sí, es el retrato de una generación, que es la mía. Una generación que ha pasado sin pena ni gloria, porque de nosotros no se acuerda nadie, pero de esa generación vienen los que estáis ahora. Somos porque fuimos. Yo me buscaba, intentaba verme reflejada en algo y no lo conseguía: ni en novelas, ni en documentales, ni en trabajos periodísticos. Aparecen las luchas, las cosas que se han conseguido, las rupturas, los muertos, pero lo que sufrimos o lo que vivimos o lo que hicimos durante esos años, no. Esa vida pequeña que parece que no tiene tanta importancia... Pero al final la historia son vidas y esas vidas no salían en ningún sitio.

—¿Es ficción?

—Tiene todos los ingredientes de una novela de ficción: una trama narrativa, suspense, intriga y eso hace que avance el relato. Pero está apoyada en los mimbres de mi propia vida, de mi experiencia. Refleja sucesos de la vida o de personas que conozco y que me ha costado mucho describir. Es como una especie de larguísima confesión. Todo lo que sale en el libro me ha pasado a mí o le ha pasado a alguien que yo conozco, o me lo han contado. Que quisieran echar a un niño de la escuela porque su madre tenía sida fue un caso que conocí. Los personajes son inventados, pero los hechos son reales.

—Cuenta la historia de Silvia, una mujer joven que se rebela contra todo lo establecido. Pero no me quedó claro si la protagonista era ella o Carmen, su madre.

—En principio, pensábamos que era Silvia, pero al final creo que la madre se ha comido ese protagonismo. Carmen es quien más se transforma. Viene de un matrimonio y de una forma de ser muy convencional; entonces, cuando cambia es más radical y rebelde. Además, lo hace a una edad en la que parece que ya no le tocaba, pero coge las riendas de su vida y se convierte en una profesional, encuentra un gran amor. En cambio, Silvia quizá se deja atropellar por los acontecimientos históricos y es un personaje más pasivo que su madre.

—La transformación de Carmen no sucede a ritmo de revolución. ¿Representa un feminismo menos político pero más real?

—Es que la madre siente ese vacío vital del que habla Betty Friedan, mujeres que lo tienen todo y que en realidad están vacías por dentro. Creo que incluso mi madre, y en general las mujeres de su generación, sentían eso, pero se conformaban, se resignaban, no intentaban luchar. Sin embargo, el caso de Carmen y de otras muchas mujeres como ella, es otro: se van fortaleciendo a través de la lucha de sus hijas. Y al final, las que dan el paso de gigante son esas madres. La hija, Silvia, en realidad no llegó ni a trabajar ni a hacer nada. Entonces, yo creo que realmente la mujer empoderada y la que se rebeló contra su origen fue Carmen.

«La insatisfacción también es un motor para avanzar»

Durante una época a Pilar Eyre la llamaron camarada Carlota. Fue cuando intentó afiliarse al PSUC. La «gran humillación» de su vida llegó cuando la rechazaron. Argumentaron «frivolidad, comportamientos burgueses, que salía por las noches, ligaba y fumaba». El mismo Partido Comunista que la hacía ir con minifalda para recaudar «dinero por la causa». Por eso, el «machismo» de esos que decían ser sus compañeros de lucha también está recogido en la novela: «He conocido muchos políticos de izquierda que en realidad eran unos trepas. Decían que querían cambiar la sociedad, pero lo que querían era medrar».

—Silvia hace proselitismo de la liberación de la mujer, pero al tiempo vive amores muy sumisos.

—Primero, creo que la liberación de la mujer, como se entendió entonces, nos perjudicó. Yo necesito el amor romántico, pero en esa época pensaba que era un resabio burgués, que tenía que abominar de él. Además, había machismo en los que supuestamente eran compañeros de lucha. Silvia se mete en esto porque detrás hay un chico. ¿Tiene ideales políticos? En principio sí, pero en el fondo envidia la vida burguesa, aunque luego descubre que tampoco le satisface.

—La suma de insatisfacciones que recoge el libro nos trajo hasta aquí.

—Sin duda. Es el vacío del que hablábamos, hace que los personajes no se resignen. La insatisfacción también es un motor para avanzar. La necesidad de amor, de referentes, adelantarte a tu época, transgredir las normas, rebelarte contra la generación anterior... Por eso avanza la civilización. El progreso es esto: romper con lo anterior e intentar hacer un mundo nuevo. No siempre se logrará, pero intentarlo significa que alguna transformación se habrá conseguido.