Inaceptable gatillazo artístico de Florian Zeller en Venecia con la decepcionante «The Son»
CULTURA
«The Ghost of Richard Harris» recupera la leyenda de un actor de culto del cine airado y hoy en el olvido
08 sep 2022 . Actualizado a las 09:17 h.Florian Zeller es, seguramente, uno de los talentos más sobreestimados del cine de estos años. Ha subido a los altares con una sola película, The Father, que coescribió en el 2019 junto al veterano y muy prestigioso guionista y dramaturgo británico Christopher Hampton, quien sí tiene detrás una trayectoria de relieve.
Alrededor de aquel filme sobre cómo la realidad se le descomponía en medio de la irrealidad a un Anthony Hopkins con demencia senil -y que es una película simplemente correcta, con varios actores soberbios dentro-, este Zeller cimentó su figurada brillantez. Y la acrisoló con un bastante injusto Óscar al mejor guion, mientras Anthony Hopkins -este sí con merecimiento- ganaba otro.
Pero no era inesperado que saltase pronto la libre con Zeller. Y lo ha hecho con The Son -su nuevo filme, de nuevo coescrito junto a Hampton-, que parece pretender la composición de algo así como un díptico de las edades peligrosas -todas lo son- junto a su cinta anterior, esta vez centrada en la desequilibrada adolescencia del hijo de Hugh Jackman y Laura Dern.
La liebre mencionada recorre todas las incompetencias que nutren The Son. Y dejan caer el traje nuevo de ese pretendido emperador súbito de los guionistas llamado Zeller. La escritura de su película es de una vagancia y una ramplonería insólitas que lo desnuda. Además, en un tema que -si no se trata con algo de profundidad- semeja carne de telefilme.
Me pasma el encefalograma plano del guion de esta película donde el conflicto psiquiátrico y vital que debería elevar la tensión choca una y otra vez con las ganas de no trabajar de Zeller y de Hampton. Del primero no esperábamos nada. Pero lo de Hampton firmando este libreto vacío es un expediente X. Supongo que los derechos que seguirá cobrando por Las amistades peligrosas sería suficiente para que no tuviese que mirar su cuenta bancaria a final de mes. Tal vez sea el agotamiento creativo.
Y no es solo que las dos horas de repetitivas situaciones esclerotizadas -que niegan el progreso dramático del relato de este adolescente al borde del precipicio- te irriten porque los guionistas ni están ni se los espera. Para remachar, Zeller y Hampton se guardan para el desenlace de su película una de esas trampas emocionales que se atreven a mostrar, como buhoneros de la escritura, lo que verdaderamente nunca ha pasado. Parecía esta una ajada argucia ya poco menos que prohibida por el Sindicato de Guionistas. Para mí que Zeller -con su aire de príncipe francés de las letras- no está mucho por la sindicación.
Es muy reseñable por llamativa una situación fugaz que se produce en The Son. En medio de los 120 minutos de cine desconectado a plomo, se produce una repentina carga de electricidad y de magnetismo. Son los apenas dos minutos en los que entra en plano Anthony Hopkins, quien debe ser capaz de representar -solo con cinco frases- la reverberación del pasado doloroso, la imagen de la impiedad en estado puro. Y es un prodigio asistir a cómo Hopkins es capaz de reflotar y de dar vuelo de pronto a la apagada función. Se respira como asombroso el momento de plenitud invernal que vive este actor, algo ya constatado con su aparición secundaria que se enseñoreaba de Armaggedon Time, la formidable película de James Gray vista en Cannes. Por eso hay que aferrarse a cada segundo que Hopkins nos regale antes de su previsible retirada. Porque va a ser materia áurea e inmortal.
También en la sección oficial, la cinta francesa Saint Omer, propone una reflexión sobre la maternidad, en relación con la figura trágica de Medea. Por si hubiese dudas, la directora, Alice Diop, incorpora a su película innecesarias imágenes de la versión cinematográfica de Pasolini con María Callas.
Está construida Saint Omer no como un despliegue de trama dramática sino como un dispositivo de fría ejecución. La práctica totalidad de la acción es la representación ficcionada de las declaraciones en un proceso judicial de una madre que ha dejado morir a su hija en una playa. Y vemos el testimonio de esa mujer, su mar de sombras, su apelación a la brujería. Y el rol del fiscal, en quien parece querer focalizarse la idea de la violencia institucionalizada del aparato judicial contra el género femenino.
Entiendo lo que Alice Diop, procedente del cine documental, quiere hacer en Saint Omer. No me parece que esa rígida estructura -que tiene ciertos contenidos de lucidez- termine de funcionar en la pantalla. Pero este tipo de propuestas aspiracionales a vanguardistas suelen llevarse en algunas ocasiones el oro de los festivales.
Y no recuerdo un jurado internacional que me haya generado más dudas sobre su veredicto que el de esta Mostra. Preside una actriz proteica -Julianne Moore-, pero de cuyo gusto cinéfilo refinado o mainstream todo lo desconocemos. Y la acompañan figuras ya no sospechosas sino culpables como cineastas malos o retorcidos del calibre del español Rodrigo Sorogoyen o el argentino Mariano Cohn. Esperen para el palmarés una gran astracanada.
Rescate del irrepetible Richard Harris
Hubo un tiempo en el Reino Unido en el cual -tras los años de pobreza y de gran dolor social de la posguerra- la caldera artística explotó de ira. Del movimiento cinematográfico -primero literario- de los angry young men surgió un grupo de actores volcánicos, cuyas actuaciones salvajes, irredentas, rasgaban los viejos cortinajes y desafiaban al sistema con sus órdagos a la grande. Esa lava la destilaron nombres como Richard Burton o Peter O ‘Toole -que son los más célebres y, en consecuencia, a los que antes domesticó el sistema-, Richard Harris, Robert Shaw y Oliver Reed.
Harris saltó al centro del escenario con El ingenuo salvaje, de Lindsay Anderson. Y lo que vino después fue su leyenda. Porque -como Peter Sellers de otra manera- la excentricidad vital, estética y artística lo elevaron a hombre-acontecimiento. Luchó por no ser devorado por la industria y de ello es gran cartel su protagonismo en Desierto rojo, de Antonioni, en Mayor Dundee, de Sam Peckinpah o en The Molly Maguires, de Martin Ritt. De su rey Arturo de Camelot heredó una vocación canora que desplegó en varios discos hoy de valor incalculable.
En los setenta -para pagarse los Rolls Royce caprichosos, las ingestas de alcohol o los viajes en su avión privado- encadenó cine comercial sin perdón. Se multiplicó en películas de catástrofes o en sucedáneos de Tiburón. Recuerdo ver en sala aquellas películas suyas muy malas. Pero salir siempre sabiendo que ver a Richard Harris, aunque fuese para que se desempeñase como asesino de orcas, valía la entrada. Ya mayores, coincidieron él y Richard Burton en el rodaje de Los patos salvajes, en la Sudáfrica del apartheid. Cuentan que hubo que importar cajas de whisky de la Gran Bretaña.
Aquí en la Mostra han presentado un excelente documental The Ghost of Richard Harris, que debería ayudar a la cinefilia joven a recuperar a este monstruo de tiempos remotos. O quizás, a algunos les suene su cara de un par de harry potters que rodó ya prejubilado.