Relata la historia de una chica, ella misma, que creció en una comunidad judía ortodoxa
15 oct 2022 . Actualizado a las 11:15 h.Es una de las escritoras argentinas más rompedoras. Tamara Tenenbaum (Buenos Aires, 1989) enseña Escritura Creativa en la universidad, trabaja como periodista y ganó el Premio Ficciones al mejor libro de cuentos inéditos con Nadie vive tan cerca de nadie. Su primer ensayo, El fin del amor. Amar y follar en el siglo XXI, se ha convertido en una serie en Amazon Prime. Su último libro, Todas nuestras maldiciones se cumplieron (Seix Barral), es una ficción autobiográfica en la que la narra, con un estilo seco e irónico, la historia de una chica, ella misma, que creció en una comunidad judía ortodoxa de Buenos Aires y que a los 5 años vio morir a su padre en el atentado a la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina).
—¿Cómo se complementa esta novela con el ensayo «El fin del amor», porque ambos libros parten de su experiencia personal?
—En el ensayo uso mi historia a modo de analogía para hablar de un mundo que es distinto del mundo en que vivimos y, a partir de ese contraste, poder examinar cómo es el mundo en el que vivimos. Pero no me dedico a narrar el detalle de cómo es el universo del que vengo. A quien le haya quedado curiosidad, la novela le complementa. Y, además, hay una parte que no aparecía en mi ensayo, la muerte de mi papá.
—¿Le marcó ser una niña judía?
—Por supuesto, pero ya nadie me distingue de otras chicas. Cuando era adolescente te podías dar cuenta de que yo era medio rara, había cosas que me costaban socialmente. Pero mi adaptación al mundo real fue muy rápida. Me gusta observar a la gente, por lo que no me costó copiar la vida de las chicas comunes. Así que hoy me pasa al revés, me cuesta recordar cómo me sentí entonces, porque hace 20 años que me fui.
—¿Cómo es el barrio del Once de Buenos Aires donde creció?
—El Once es un barrio judío ortodoxo situado en el centro de la ciudad, por el que pasa todo el mundo todo el tiempo. No es un lugar oculto ni misterioso necesariamente. El misterio es justamente que está todo a la vista.
—¿Cuáles son todas esas maldiciones que se cumplieron a las que alude el titulo de la novela?
—Me gusta el título porque habla de la ambigüedad que recorre el libro, que si te pasa una cosa buena puede ser mala y viceversa. La muerte de su padre le parece a la protagonista un acontecimiento triste pero a la vez si no hubiera sido por eso no habría podido hacer su vida. ¿Qué es lo bueno y qué es lo malo? ¿Que se cumplan todas tus maldiciones es bueno o malo?
—En el libro no hay dramatismos, sino una suerte de desapego de la realidad, no hay principio ni final ni moraleja, crea una sensación de cierta inquietud.
—Es lo que pretendía, integrar inquietud me gusta, incomoda. El melodrama es un género hermoso, pero es un lugar adonde ir, la gente quiere verte llorar la muerte de tu padre y eso lo entiende. Mi personaje es más desconcertante, no te genera mucha empatía, puede parecer fría, soberbia, lo interesante es qué pasa con ella, cómo tramita ese sufrimiento.
—La frase del libro «yo tengo con la escritura la misma relación que tienen con Dios los ateos, que se están por morirse y empiezan a rezar», ¿qué expresa?
—En primer lugar, como todo lo que aparece en la novela, la meto porque me gusta cómo suena. Luego significa que la escritura es como otra religión absurda, que si está bien hecha no sirve para nada, no tiene ninguna moraleja, ningún aprendizaje. La literatura puede ser tan absurda como ir a misa. Los que van no piensan que se van a ganar el cielo, van porque hay que ir. Dejar una religión para hacerse escritor es ir de una práctica absurda a otra, que finalmente tiene ese mismo componente de la fe un poco irracional.
—¿Cree realmente que la literatura no sirve para nada?
—Yo sé que le da sentido a mi vida, pero es como enamorarte, le da sentido a mi vida, pero ¿sirve para algo? Pero poner objetos nuevos en el mundo me parece fascinante, nos hace pensar, sentir placer. Es increíble que uno pueda hacer eso solo con palabras.
—Tras editar «El fin del amor» se la considera representante de una cuarta ola del feminismo. ¿Qué es el feminismo para usted?
—El feminismo es tomar en serio la igualdad, que las mujeres y las identidades sexualmente diversas tengan la misma libertad, igualdad y acceso a derechos que los varones. No es mucho más que eso.
—Es algo que debería defender todo el mundo; sin embargo, el feminismo crea mucho rechazo.
—Es lógico, porque las desigualdades son muy útiles y queridas. A nadie le gusta ceder privilegios. No es verdad que los varones no pierden nada si las mujeres ganan algo. Si la mitad de los trabajos son para nosotras van a perder. Hay más competencia para todo. Si antes limpiábamos los platos gratis, obvio que van a perder. También es lógico que muchas mujeres sean machistas porque hay un lenguaje muy importante en el estereotipo de género, yo lo he experimentado. Una chica me contaba que cuando está en una cita con un chico le da la razón en todo, sin darse cuenta. Son lugares cómodos de habitar. Es lógico que haya rechazo al feminismo, que es un lugar incómodo de habitar.
«Trato de que las chicas no sigan mi ejemplo»
Tamara Tenenbaum considera que para muchas mujeres la pareja ya no es el centro de sus vidas. «Todavía nos importa mucho enamorarnos, es una de las experiencias más fantásticas del mundo, pero, digamos, ya no hay mujeres dispuestas a trabajar a tiempo completo para eso, por suerte», afirma la autora.
—La maternidad tampoco es ya el único objetivo de las mujeres.
—Si se quiere tener eso como objetivo está buenísimo, pero no es obligatorio, aunque siga siendo difícil elegir no ser madre.
—¿Acuden a usted muchas mujeres para pedirle consejo?
—Sí. Yo les digo que por favor no me pregunten, porque yo no sé nada. Trato de que la gente entienda que no escribo El fin del amor porque aprendí algo, sino que lo escribo como un alcohólico escribe sobre el alcohol. De hecho, si pregunta a alguna de mis amigas le dirán que yo soy la peor, la más fanática de los tipos a niveles vergonzosos. Trato de que las chicas no sigan mi ejemplo.
—Dice que la mayoría de lo que dice en el libro ya no lo piensa o lo hace de forma distinta. ¿Es una «boutade» o es verdad?
—Mitad y mitad. Un poco es cierto, porque no pienso lo mismo que pensaba hace cinco minutos. Me cuesta sostener opiniones, el mundo cambia todo el tiempo y uno también. Pero los libros también son documentos de un momento, me parece que está bien que lo sean, no hay que actualizarlos.
—¿Se considera una escritora comprometida políticamente?
—Me considero una persona políticamente comprometida y sé que eso aparece en lo que escribo, me guste o no. Pero no me gusta la literatura panfletaria. Tampoco que ser escritora me obligue a opinar de lo que no sé.