Óscar Martínez: «Para poder controlar la inteligencia artificial debemos temerla»

Héctor J. Porto REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Óscar Martínez (Almansa, Albacete, 1977), autor de los exitosos ensayos «El eco pintado» y «Umbrales», se pasó recientemente por Galicia para participar en el ciclo que coordina Javier Pintor «Somos o que lemos».
Óscar Martínez (Almansa, Albacete, 1977), autor de los exitosos ensayos «El eco pintado» y «Umbrales», se pasó recientemente por Galicia para participar en el ciclo que coordina Javier Pintor «Somos o que lemos».

El profesor ensayista afirma que la materialidad de la pintura la salvará frente el envite digital

28 ago 2023 . Actualizado a las 08:58 h.

«La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria, con una potencia como no ha tenido otra en la historia de la humanidad. Puede servir para hacernos la vida más sencilla, pero no creo que haga desaparecer el arte». El profesor, historiador del arte y ensayista Óscar Martínez (Almansa, Albacete, 1977) desecha el catastrofismo con que el pintor italiano Giacomo Balla preconizó el fin de la pintura ante la aparición del cine y la fotografía. Asegura que es pronto para saber qué se puede esperar de la inteligencia artificial, pero entiende que en el ámbito artístico será una herramienta más que se irá incorporando a las que existen. «Los procedimientos en el arte se suman. Se siguen haciendo esculturas, pintura, se unieron hace tiempo la fotografía, el cine... o los videojuegos, que para mí también son una forma de creación», incide.

Sostiene Martínez que ya están ahí las obras digitales, el arte calificado NFT (non-fungible token), término que alude al sistema que certifica la copia de una pieza digital, que le confiere autenticidad. Y no ha acabado con otras formas de trabajo manual, aunque sea capaz de ofrecer obras que replican el estilo de Picasso, Matisse o Da Vinci, como avezado falsificador. La inteligencia artificial posee una potencialidad aún no del todo explorada, pero, ¿tanta como para aguardar una extinción del arte?

En términos generales, advierte, «sí hay que temer la inteligencia artificial, porque si no no podremos controlarla, para poder controlarla debemos temerla. Si somos capaces de controlarla será una gran ayuda y si no, nos provocará problemas. Confío en que estemos a tiempo de controlarla y hacer que sea útil», anota Martínez, autor del exitoso trabajo Umbrales. Un viaje por la cultura occidental a través de sus puertas, publicado en el 2021 por el sello Siruela, que este año editó El eco pintado. Cuadros dentro de cuadros, espejos y reflejos en el arte, un ensayo sobre la metapintura también muy bien acogido.

Volviendo sobre la pervivencia del arte de siempre ante al arrollador mundo digital, alega frente a los agoreros: «Veo la pintura con esa mala salud de hierro que se le achaca al teatro. Esa materialidad que tiene la pintura la va a hacer resistir mejor el envite de la inteligencia artificial y el mundo virtual que a la fotografía, que tiene menos armas para la lucha». De hecho, Joan Fontcuberta dice ya que lo que se hace en este mundo digital ya no es fotografía, sino postfotografía u otra cosa. Pero la pintura, el teatro, la danza... aquello que tiene algo de material, de corporalidad —matiza—, va a resistir mejor y es algo que el ser humano demandará.

Las humanidades

En esta medida, prosigue Martínez, se siente afín a las ideas que el pensador italiano Nuccio Ordine —fallecido en junio de modo inesperado— expresaba acertadamente en su libro La utilidad de lo inútil. «La presencia de las humanidades en el currículo está lamentablemente en retroceso y esta deriva tiene que ver con el mundo híper tecnológico y obsesionado por la productividad en que vivimos». Es un fallo del sistema —afirma— y habría que corregirlo: «Hay que dar a las humanidades el valor que necesitan, tampoco hay que mitificarlas ni divinizarlas. Pero nos enseñan a pensar, a reflexionar, porque los problemas a los que nos enfrentamos hoy ya los ha enfrentado el ser humano en el pasado. No es que la historia se repita, pero a veces rima, como señala esa frase atribuida a Mark Twain».

Los problemas son muy similares y las humanidades —arguye— permiten saber qué pensaban los seres humanos cuando encararon esas dificultades hace cientos de años. «Por tanto, no hay que despreciarlas, y la historia del arte es una más de las humanidades y a veces abarca gracias a las imágenes muchas de esas cuestiones candentes», arguye el profesor.

«Hay que sacar el arte del museo y hacer ver que todavía puede decirnos algo»

Tras abordar el asunto de los umbrales, Óscar Martínez se decidió por la metapintura, que reconoce que está más tratado, incluso hubo en el 2016 una exposición en el Prado, «con un catálogo increíble y fabulosamente organizada»: Metapintura. Un viaje a la idea del arte. Martínez se propuso darle su peculiar enfoque a esos elementos metapictóricos que no fueran solo espejos, también cuadros dentro de cuadros, estampas, carteles, fotografías, tejidos, mapas, tapices... intentar un acercamiento original para seducir al lector como seduce a los alumnos en sus clases en la Escuela de Arte Superior de Diseño de Valencia. «La vocación didáctica está siempre ahí detrás. Arrancar una mirada de asombro en los estudiantes es una droga, un alimento que te hace ver que la de profesor puede ser una profesión maravillosa», ensalza.

No es fácil conquistarlos, dice, porque hoy están versados, saturados, de imágenes y ya nada les causa sorpresa. «Vivimos en un mundo en que la imagen se ha banalizado por la sobreexposición a la que estamos sometidos. Y es complicado criticar por un lado ese caos que nos aturde y por otro dedicar un libro a las imágenes. Lo que hice es elegir bien unas pocas, 23, e intentar que al menos quien se enfrente al libro consiga detenerse en ellas unos minutos. Imaginemos un museo imaginario, entramos, intentamos ver cientos de cuadros y al final no vemos ninguno. Hay muy poca gente que dedique cinco minutos a un cuadro en un museo, diría que prácticamente nadie... y es que vamos por la vida raudos, veloces. Pero el buen arte, la buena pintura todavía nos puede plantear preguntas, incluso esbozar alguna respuesta a cosas que nos pasan». Al escoger estas 23 imágenes, las salva de ese maremágnum, les da, confía, cierto marchamo de validez porque «no todo lo que hay en un museo tiene por qué ser válido, ya que los museos son a veces mastodónticos y las piezas que cuelgan en sus muros no siempre tienen el mismo nivel».

El eco pintado, en cualquier caso, quiere ser entretenimiento —no hay prácticamente una sola descripción de un cuadro en sus 270 páginas—, una demostración de que el arte todavía puede relacionarse con la esfera contemporánea, con cuestiones que están al cabo de la calle, en las redes sociales, y le sirve de pretexto para reflexionar sobre muchas otras. No solo de arte sino también de la cultura popular, conexiones que diviertan, que llamen la atención, como la canción de Bola de Dragón, la sintonía de patatas Pringles («cuando haces pop, ya no hay stop»), versos de Sabina y Drexler, temas de The Cure y REM, grupos de música de su generación: «Hablo de redes sociales, de la vanidad y el narcisismo que mueven, de la catástrofe climática... Y es que hay que sacar el arte del museo y hacer ver que todavía puede decirnos algo».