El cineasta chileno Pablo Larraín acerca a Sitges el filme fantástico antropológico que produce en «Brujería»

José Luis Losa
José Luis Losa SITGES / E. LA VOZ

CULTURA

Fotograma del filme del realizador chileno Christopher Murray «Brujería».
Fotograma del filme del realizador chileno Christopher Murray «Brujería».

La japonesa «Best Wishes to All» sorprende como terror edadista con entrañables abuelos, en realidad torturadores

11 oct 2023 . Actualizado a las 10:28 h.

Cuando entras en una película firmada -o en este caso, apadrinada- por Pablo Larraín ya sabes que te vas a encontrar inteligencia, pespuntes históricos ácidos, rigor. Se cumple la regla con Brujería, que dirige el también realizador chileno Christopher Murray. La acción se remonta a una revuelta indígena que tuvo lugar en el siglo XIX en la remota isla de Chiloé, y en la cual la nación huilliche derrotó a las fuerzas de la República chilena -militares, jueces, continuidad del Imperio español- y los terratenientes llegados en colonia nutrida desde Alemania. Y los vencieron no a través de armamento convencional sino de magias ancestrales.

Una comunidad de hechiceros nativos, conocida como La Recta Provincia, fue quien de doblar el pulso al poder. Todo eso está desarrollado en Brujería con convicción y solvente ambientación histórica. Desnuda de efectismos de género, esa sociedad secreta indígena acaudillada por la Niña Santa protagoniza una lucha que es imposible no conectar en su triunfo insólito de los desheredados de la tierra con las derrotas que jalonaron las luchas obreras en el siglo XX chileno, de la matanza de los salitreros de Santa María de Iquique al golpe contra la Unidad Popular.

Del filme japonés Best Wishes To All agradeces que se salga de los cauces del terror más bizarro y plantee conflictos humanos -o existenciales- de cierta hondura. Mucho más si valoramos que es la ópera prima de su directora, Yuta Shimotsu. Y que en ella apunta maneras que podrían ir en la línea de un grande del cine de su país como Kiyoshi Kurosawa, cuya capacidad para perturbar a partir de fantasmagorías sutiles es bien conocida.

Best Wishes to All comienza a modo de cine de terror edadista cuando la protagonista viaja al pueblo de sus abuelos y encuentra que estos, bajo su apariencia entrañable, son capaces de mantener encerrado a un hombre y de someterlo a torturas bastante sofisticadas. Luego entra en cierta deriva mística que te puede expulsar de la película. Pero el muy bien construido sustito de los abuelos raptores ya te lo llevas puesto el resto del día.

Wéstern folk andaluz, entre el terror y «Los santos inocentes»

Es en verdad sorprendente lo que te propone el director andaluz F. Javier Gutiérrez en su agro-wéstern con infiltraciones meteóricas de terror titulado La espera. Realmente, el territorio argumental en el cual aspira a moverse es el drama rural folk de rasgos embrutecidos a lo Puerto Hurraco. Esto es, Furtivos, Los Santos Inocentes o El séptimo día.

Gutiérrez (autor de Tres días y de Rings, dos largos de género de horror o de apocalipsis bastante olvidables) está -claro- muy lejos de Borau, de Camus o de Saura. Pero La espera sí quiere partir de esos presupuestos del drama social, de los jornaleros explotados por el señorito, aquí hasta extremos que superan cualquier relato del Bienio Negro y que semejan invitarte a pensar en una lucha contra una fuerza poco menos que satánica.

Lo que pasa es que el director, embarcado en esa tragedia -o sucesión de catastróficas desdichas- comienza con un infanticidio y -como Cecil B. De Mille en Los diez mandamientos- de ahí solo puede ir hacia arriba. De hecho, termina con una estampa a modo de coro griego que lidera el siempre brillante Pedro Casablanc.

Pero, entremedias, La espera se ha hecho interminable, también porque F. Javier Gutiérrez se debió de olvidar el reloj en la roulotte y hay que ver cuánto sufre Víctor Clavijo, actor fetiche del director, por aguantar tantos planos en los que no corre otra cosa que el sudor por su rostro. Clavijo es aquí el padre lacrimoso y justiciero, aspirante a protagonista de un revenge en toda regla que se demora, se demora y no llega ni en el descuento.

En medio de ese desierto de ideas, hay unos insertos de inmersión directa en el cine de terror -metamorfosis de licantropía, zombis o niños muertos resucitados como templarios de Amando de Ossorio- que son unas decisiones tan locas que llegas a pensar que están específicamente rodados e incluidos para que la película esté en Sitges. Y que -como las dobles versiones del tardofranquismo- en cuanto abandone este territorio, F. Javier Gutiérrez tiene otra copia en donde ya no hay rastro de hombres lobos ni trenes de la bruja y que será la que exhiba en otros festivales. Todo puede suceder en el tiempo de la posverdad.