«La teoría universal» toma por asalto el espíritu de Alfred Hitchcock

josé luis losa SITGES / E. LA VOZ

CULTURA

Un fotograma de «La teoría universal».
Un fotograma de «La teoría universal».

«Alcide», mestizaje perfecto de cine de catástrofes de los 70 y las actuales distopías

10 oct 2023 . Actualizado a las 09:15 h.

No te pilla por sorpresa que una propuesta de la envergadura de The Theory of Everything (en España se estrenará como La teoría universal) se haga con el protagonismo de la jornada en este festival. En ella, el hasta ahora desconocido director alemán Tim Krögger te plantea un desafío que semeja inalcanzable: conseguir una mimetización de la cosmogonía creada por Alfred Hitchcock en más de medio siglo de películas que irradiaron una idea del suspense y unas figuras fantasmáticas ya inmortales. En concreto, Krögger busca la estética del período hitchcockiano de los 40, en blanco y negro y algunas con tramas de espías alemanes al servicio del III Reich. Ambienta su historia en las cumbres suizas, durante una posguerra mundial en la cual los nazis todavía deambulaban como zombificados robinsones de una isla perdida por la Mitteleuropa de montañas nevadas.

La acción centrada en una muy misteriosa convención de físicos cuánticos que se celebra en los Alpes es el marco idóneo para que Krögger realice el prodigio de revivificar el territorio Hitchcock. Y esa mimetización está servida con tal nivel de virtuosismo que sientes no como una copia u homenaje sino como una revisitación verosímil esa exactitud en la puesta en escena, en esos rostros de personajes centroeuropeos que parecen entresacados de Sabotaje o de Encadenados. Tienes la sensación de que el mago del suspense muy bien podría morar como redivivo entre esa nieve espectral de la guerra fría. Tan espectral como esos personajes que interactúan como fantasmas, sombras oníricas de pesadilla envolvente en una conspiración científica que es un purísimo mcguffin, la excusa perfecta de Hitchcock para articular sus vorágines. La banda sonora suena como otra resurrección, la del compositor Bernard Herrmann. Y hay una pianista de jazz enigmática que hace entrar en bucle algo más que melancólico al protagonista, quien como James Stewart con Kim Novak en Vértigo se desespera por recuperarla de entre las tinieblas.

La jornada de gran cine se complementa con Acide, una formidable casación de dos modalidades del apocalipsis que han sido tratado en pantalla en dos oleadas temporales: una, la del cine de catástrofes de los 70, asociada a la primera crisis energética del petróleo y al Watergate (a través del miedo colectivo al caos que ambos movimientos telúricos generaron) con obras maestras como La aventura del Poseidón, y la otra, el reciente horizonte de las distopías asociadas al covid y al cambio climático. Su director, el francés Just Philippot —su película anterior, La nube, ya magnífica, era casi un remake de Los pájaros metamorfoseados en plaga de langosta— acierta a armonizar ambas épocas de la disaster movie. Y algunas de las implacables decisiones de guion de Acide, con ese diluvio de lluvia corrosiva que cae como lava sobre los últimos días de una Pompeya francesa, entran en la antología de este subgénero y demuestran que en 100 minutos se puede orquestar una road movie de la supervivencia tanto o más poderosa que la celebérrima The Last of Us en 10 horas.