Ramiro Pinilla, un clásico tardío y tranquilo que ya es centenario

H. J. P. REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

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Tusquets celebra al escritor vasco editando una novela póstuma y un relato biográfico elaborado por su viuda María Bengoa

19 nov 2023 . Actualizado a las 10:17 h.

Apenas nadie sabía quién era aquel octogenario cuando irrumpió en las librerías en el 2004 con su novela de casi ochocientas páginas La tierra convulsa (Tusquets), primer volumen de su monumental trilogía Verdes valles, colinas rojas, que solo un año después completó —sumando más de dos mil páginas— con Los cuerpos desnudos y Las cenizas del hierro. Para entonces, y tan rápidamente, Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923-Baracaldo, 2014) se había convertido en una figura imprescindible e incuestionable en el panorama de las letras vascas y españolas. Una dimensión similar a la que, curiosamente, había alcanzado, y que ya nadie recordaba, en la década de los años sesenta, cuando protagonizó una fulgurante aparición con Las ciegas hormigas, una historia de supervivencia en la España de posguerra que se alzó con el premio Nadal 1961 —tenía 38 años.

El pasado 13 de septiembre Pinilla se hubiera convertido en centenario. Para conmemorar tal efeméride el sello Tusquets llevó a los escaparates una novela inédita que el escritor bilbaíno había dejado lista para la imprenta: El hombre de la guerra. El libro relata la historia de Urko Pínaga, que vuelve del exilio para asistir al entierro de una tía con la que vivió antes de marcharse a Inglaterra. El retornado se topa un Getxo diferente al que conoció y una casa —la de su tía Flora— que ahora se le presenta como un lugar de repente sumido en enigmas. El contraste entre lo que ella le contaba por carta y lo que se encuentra alimenta las sospechas en torno a una mujer a la que quizá desconocía por completo. El texto reúne lo mejor del universo literario de Pinilla: el mundo de Getxo —y la añoranza nostálgica por una Arcadia perdida—, los conflictos larvados de la posguerra y su querencia por las novelas policíacas, de las que a partir del 2009 publicó una trilogía: Solo un muerto más, El cementerio vacío y Cadáveres en la playa.

Un niño de la guerra

«Ramiro Pinilla fue un niño de la guerra. En julio de 1936, cuando se produjo el golpe de Estado, tenía trece años. Su protagonista, algo más joven, abandonó Getxo con nueve. Podría pensarse que Urko Pínaga comparte ciertos rasgos del buen amigo de Ramiro, José Javier Rapha Bilbao (Getxo, 1943-2022), con quien fundó la editorial romántica y reivindicativa Libropueblo-Herriliburu en 1977. José Javier vivió y trabajó seis años en Londres, donde fue corresponsal de la agencia Efe. Regresó a Getxo a principios de los setenta, era escritor, fumaba en pipa, y tenía su casa familiar, Goñibarri, como el caserón Mallatu de El hombre de la guerra, amenazada por una expropiación», explica en el epílogo del libro la periodista y escritora María Bengoa Lapatza-Gortazar —que fue compañera de vida de Pinilla durante once años.

Precisamente Bengoa es la autora de la narración biográfica El mar de Arrigunaga, que Tusquets acercó el pasado día 15 a las librerías y que aborda los años de infancia y juventud de Pinilla, a quien conoció en 1997 cuando, impresionada por la lectura de Las ciegas hormigas, decidió entrevistarlo para El correo. Iniciaron una amistad que la llevó a proponerle elaborar una biografía sobre él —que rechazó inicialmente y casi ofendido: «Mi vida no tiene ningún interés»— y que derivó en enamoramiento mutuo. Cuando la cercanía hizo aflorar más tarde en Bengoa las dudas sobre su capacidad para dar cuenta del pe

riplo existencial de su pareja, Pinilla la tranquilizó expresándole su confianza absoluta: «Tú eres mi memoria, nadie mejor que tú puede escribir sobre mi vida».

Cuando Pinilla falleció, y tras un tiempo sin hallar consuelo, supo que la mejor forma de duelo era compartir con los demás el tesoro de conocimiento sobre el escritor que solo ella poseía. Las lagunas las cubriría con ficción, la forma elegida fue la novela. El mar de Arrigunaga alcanza el premio Nadal y, además de la infancia y sus lecturas de Thoreau, Dickens y Faulkner, relata sus años embarcado en mercantes.