El limbo de los cines

Mercedes Corbillón

CULTURA

Patio de butacas del cine Avenida
Patio de butacas del cine Avenida XOSE CASTRO

¿Pero quién va al cine?, me preguntó una vez una amiga. Lo dijo como si fuera algo tan extemporáneo como viajar en diligencia o llevar la ropa a lavar al río. Durante unos segundos me miró como si fuese un animal extraño, ni siquiera uno en extinción, sino uno de esos de morfología rara que están condenados a recibir ojeadas furtivas pero curiosas. Gente normal, le contesté yo, balbuceante y sorprendida de mi propia condición. La mirada de los otros siempre nos ofrece una descripción de nosotros mismos si estamos atentos y conviene hacerlo, una cosa es lo que creemos ser y otra cosa es el lugar que ocupamos en el mundo.

Desde entonces, cada vez que voy al cine me siento extraña, que es el título de aquella película en la que Rocío Dúrcal y Bárbara Rey retozaban y que nunca he visto, pero qué bellísimas eran, caray, despertaban a un muerto. Dice Cristina Peri Rossi en un cuento de Desastres íntimos que la gente muere cuando su cuerpo no encuentra eco en otro cuerpo.

Nadie habla como esta mujer del deseo, del deseo como fuente de todas las cosas, como fuego primigenio. Sin deseo estamos muertos, pero no hablo de sexo, o no del todo o no siempre. Al menos no ahora que estoy camino del cine pensando en el placer. Lo normal, por el interés masivo que suscita, es buscarlo en el deporte. Los gimnasios están a reventar, en las afueras de Santiago hay uno que abre 24 horas, como si estuviéramos en el Lower East Side de NY. A una anarcovaga como yo, permitidme el neologismo, ese vicio con horarios le pone los pelos de punta, pero, oigan, igual es inofensivo.

En el cine no hay peleas para entrar, al contrario que en clase de Pilates, pero ahí estamos los raros disfrutando de ese placer tan sencillo que no hay que programar, el de sentarse en una sala tibia, oscura, en sofás de terciopelo y esperar a que te cuenten una historia. El teléfono está apagado, el mundo queda afuera, a veces regresas a él aturdida, como si volvieras de un largo viaje. Será ese limbo del que habla Luis Mateo Díez en ese precioso libro publicado por Nórdica. Seré rara, pero al menos no acabé muerta como el personaje que pierde la vida en la fila catorce del cine Claridades.