Un biopic de Rocco Siffredi, machismo vigoréxico con sello Netflix

José Luis Losa
José Luis Losa BERLIN / E. ESPECIAL

CULTURA

Netflix

El filme «Gloria¡» enfada en la Berlinale como manipulación de la lucha feminista

22 feb 2024 . Actualizado a las 08:51 h.

Posee la Berlinale una larga tradición de festival muy político. Aquí siempre se primó el cine que -además de los entendidos como valores artísticos- llevasen dentro militancias sobre pueblos oprimidos, democracias en riesgo, culturas minoritarias. O la diversidad sexual mucho antes de que defender esos derechos se conociese con esa denominación y que hasta tienen u premio especial LGTBI, los Teddy Bear. Con la decadencia que vive desde hace tiempo este certamen se rebajaron también esas expectativas. Pero todavía en los preliminares de esta edición se vivió cierta movida con la cuestión de si los políticos de la extrema derecha pujante de AfD tenían derecho o no a ser invitados a las galas. Al final, después de mucha yenka dudosa, se les excluyó. Y también se criticó lo que se valora como equidistancia de la Berlinale frente a la matanza que se está produciendo en Gaza tras el atentado terrorista de Hamás. Ya se sabe, la cuestión judía en este país es un tabú, un elefante en la habitación de la comprensible mala conciencia histórica nacional.

Y -sin embargo- la bronca estalló esta jornada por donde menos se esperaba. Tomó forma de una guerra cruzada entre el macromachismo sangrante y la utilización artera del feminismo cuando alguien se sirve de su nombre no como lucha necesaria sino como bandera oportunista para colar de matute cine finalmente tramposo, lisonjero, muy irritante. En el fondo -y ya es triste- la polémica la incendian y protagonizan dos películas que son lamentables tanto en su dimensión artística como en su nula honestidad moral o intelectual.

La primera de ellas, Supersex, es un biopic de la principal estrella que ha conocido la industria del porno en el mundo, el italiano Rocco Siffredi. La produce Netflix y aún me pregunto cómo esta plataforma, que tanto mira por la corrección política, puede haberse metido en semejante fangal. Porque Supersex, que quiere abarcar la vida de Siffredi desde su infancia en un pueblito del sur de Italia, está ahormada como una visión machista del relato que semeja asombroso como persistente todavía. Y alucinas con que se vaya a ver en todo el mundo, en los sofás del consumo doméstico inerme. En todo momento, las mujeres que van apareciendo en pantalla de Supersex son como atrezzo, mobiliario complementario de Siffredi. Y sus roles -literalmente- los de madre latina, los de prostituta o los de figura enamoradiza y anulada, siempre subalterna a la voluntad de la futura estrella del hardcore o su entorno. Ah, el estado de las cosas italiano. Y cómo el berlusconismo y su secuestro televisivo ha quebrado la cultura colectiva envidiable de aquel país hace solo cuarenta años para instalar asertivamente la idea de la mujer-objeto.

Las pullas le han caído a este engendro en las reacciones posteriores. No escuché quejas durante la proyección de Supersex, que es artísticamente igual de necia que en lo conceptual. Las interpretaciones se miden como propias de televisión local de comunidad de vecinos de Milano Due y el argumento folletinesco encubre lo que es el motor tantas veces citado en la pantalla pero nunca explicitado visualmente porque Netflix no muestra las dimensiones de un miembro sexual masculino, aunque sí vemos algunas mujeres en desnudo integral. Qué nauseabundo todo.

En un rápido cambio de escenario, escucho después los abucheos sonoros que acompañan la parte final de Gloria¡, la contraparte de la polémica que acompaña a Supersex. Es un filme también italiano -de la directora Margherita Vicario- y éste posee el delito mayor de participar en la competición y aspirar al Oso de Oro. Cuenta como en la Venecia de comienzos del siglo XIX un sector de la Iglesia tutelaba -y explotaba- a las mujeres más frágiles, en este caso las huérfanas, en labores diversas. En Gloria¡ se las emplea como atípica orquesta para las ceremonias religiosas. Y una visita del Papa se convierte en la ocasión para que estás jóvenes se rebelen, se hagan con los mandos de la función e interpreten una música abiertamente profana. Es nada menos que una instrumentación propia del siglo XX o de éste, acordes de jazz o dodecafónicos. Un anacronismo que se podría pensar aceptable. Pero que delata las intenciones non sanctas de su directora cuando los créditos finales ?después de un crescendo women power lamentable y falsario, como un folclórico Viva la gente- se dedican a los millares de mujeres que compusieron partituras sacras pero quedaron en la sombra. Hombre, pues si haces un filme sobre eso, qué menos que incorporar algo de ese patrimonio cultural femenino sojuzgado. Y no de ponerte estupenda. Pero Gloria¡ es ofensiva no solo por esa grave incoherencia central. Resulta un atentado a la inteligencia la forma en que Margherita Vicario construye este drama y esta historia de un sometimiento, con una superficialidad como de bufa comedia de enredos. A ratos su asalto al feminismo como rapiña está a la altura de Orquesta de señoritas, aquella película de Nini Marshall- una actriz que dedicó buena parte a hacer de gallega en Argentina, como estereotipo de un ridículo- que data de 1941. Entiendo perfectamente las motivaciones de Gloria¡. Se presentará por ahí como película de lucha histórica de la mujer por su igualdad. Y colará entre alguna audiencia pese a que es una burla amoral en torno a todo lo que predica. En la sala del Berlinale Palast, normalmente muy complaciente, se escucharon increpaciones sobre la ausencia de vergüenza de Vicario y su negociete fílmico.

Adam Sandler en el espacio

La jornada la remató otra faena de Netflix. En esta su protagonista también busca asaltar los cielos o sentirse una deidad. Pero no a golpe de orgasmos, como Rocco Sifredi, sino porque es un astronauta en misión especial. Adam Sandler protagoniza Spaceman, una adaptación de la novela del checo Jaroslav Kalfar que parece que tiene cierto predicamento en el género de la literatura de ciencia-fición. No he leído el libro pero lo que nos muestra en pantalla su director, Johan Renck -y cómo lo cuenta- es una barrabasada importante.

Sandler sufre mucho la soledad en ese viaje al filo del sistema solar. De pronto se le cuela a bordo una criatura alienígena, un ser arácnido enorme y con seis ojos que antes había poblado una de sus pesadillas. Te preparas para una función de teniente Ripley. Pero la araña resulta ser un personaje existencialista. Habla inglés y no solo eso. Actúa como psicoanalista de Adam Sandler, muy atribulado porque lleva tiempo sin recibir noticias de su mujer, a la que encarna Carey Mulligan. Paso a paso, surge una hermosa amistad entre el monstruo del espacio y el humano. La idea es original. El miedo no está en la nave. Proviene de la Tierra, de la crisis de pareja, que se nos va desvelando muy profunda, entre Adam Sandler y Carey Mulligan. Y este octavo pasajero, por el contrario, es el remedio a todos los temores.El pegamento para que no se rompa la pareja. Pero hace falta audacia y mucho talento para que esta buddy-movie de tarántula y cosmonauta no se salga de cualquier órbita dramática razonable. Te preguntas qué gana la Berlinale vendiendo su alma a Netflix por materia de derribo como el ascenso y caída de Rocco Siffredi y también los de Adam Sandler. Con Netflix caben dos posturas comprensibles: la de Cannes, que es de rechazo radical a todo lo que no se va estrenar en cines. Es decir, la guerra abierta con la plataforma, que le reporta a la Croisette el plus de pureza y el halo de resistencia. Y también se explica la política de Venecia, que aprovecha el espacio y abre de par en par las compuertas del Lido para que naveguen por él fastos como Roma, de Alfonso Cuarón o La forma del agua, de Guillermo del Toro, que luego ganan los Oscar. Pero esto de la Berlinale solo puede tener la categorización de ser un pagafantas.